Ibrahimovic, el delantero que quiso ser leyenda

Antón Castro / La química del gol

El extraordinario ariete sueco, uno de los nombres más pregonados de la competición, dijo adiós a la Eurocopa y a su selección tras caer eliminado ante Bélgica. 

zlatan ibrahimovic

Zlatan Ibrahimovic, uno de los mejores futbolistas europeos de todos los tiempos, se va de la Eurocopa por la puerta falsa: Suecia cayó eliminada, perdió por la mínima ante la Bélgica de De Bruyne y Hazard y él, que ha estado en el torneo con más pena que gloria, ha anunciado que abandona la selección. No es la primera vez que lo dice y lo hace: lo hizo dos veces y regresó, aunque ahora avanza hacia los 35 años. Ganador de todas las Ligas en las que ha participado –Holanda, Italia, España y Francia-, su paso por el combinado amarillo ha sido demasiado discreto para quien se ha considerado “el Dios del fútbol” y “el mejor futbolista del mundo”. Heredero de Van Basten, que le recomendaba que jugase para él y que lo consideró un maravilloso espectáculo de 1.95 metros, y de su paisano Henrik Larsson, pasará a la historia como uno de los personajes más peculiares de este deporte: en la línea de George Best, Paul Breitner, Di Stéfano o Paul Gascoigne, por citar algunos nombres.

Hijo de una familia de emigrantes bosnio-croatas, con seis hijos, nació en Malmö, Suecia, en 1981 y fue un muchacho de la calle, al que le apasionaba violar la ley por pura diversión. Fue ladrón de bicicletas, desvalijaba coches y le encantaba exhibir sus puños; las peleas, de un modo u otro, han formado parte de su vida. Parecía ir para púgil de boxeo o para campeón de artes marciales, pero también jugaba al fútbol. Vieron lo que hacía, regates y disparos increíbles, y lo llamaron. De inmediato demostró sus habilidades: tenía una elasticidad de gimnasta, mucha técnica y era capaz de marcar tantos de fantasía. De infantil o de juvenil ya poesía las virtudes que lo harían famoso. Empezó en el Malmö, pero no tardó en dar el salto al Ajax, donde tendría de entrenadores a Ronald Koeman, a Van Basten, que fue su referencia y su mejor consejero, y a Louis Van Gaal, a quien le destinó su insolente locuacidad: “Es un dictador sin sentido del humor”. Tenía tanta personalidad que increpaba a sus compañeros por sus fallos.

Siempre fue un tipo divertido y a la vez difícil, admirador de Cassius Clay y de su ingenio verbal, pero también de un narcisismo insoportable y a menudo grotesco y violento. Allá donde ha ido lo ha dejado claro: con él delante (como dijo Jorge Guillén del encanto de Federico García Lorca), no hacía frío ni calor, solo hacía Zlatan Ibrahimovic. Su carácter es tan poderoso e irreductible que en 2012 la Academia Sueca de la Lengua aceptó el neologismo “zlatanear”, que significa “dominar con fuerza”. Ibrahimovic no ha pasado inadvertido en ningún equipo: jugó dos campañas en la Juve y logró dos ‘scudettos’, de los que fue despojada la ‘Vecchia Signora’ por compra de partidos; pasó al Inter y logró tres ligas más y otros torneos menores. Y en 2009 dio el salto al Barcelona de Pep Guardiola, con quien no se entendió. En sus memorias, ‘Yo soy Zlatan Ibrahimovic’, abundó en el binomio Mourinho-Guardiola de este modo: “Para Mourinho yo estaba muerto. Él es excepcional, muy inteligente y un motivador increíble. Guardiola daba discursos filosóficos en el vestuario, pero eso es mierda para estudiantes superiores”, y al entrenador del Barcelona, al que amenazó en un ataque de furia que hasta al propio Ibrahimovic le hubiese dado miedo (así lo confesó), le reprochó en una ocasión: “Soy un Ferrari y me conduces como un Fiat”. Por cierto, cuando llegó a Barcelona en 2009 no pudo traer su flota de automóviles, trece del máximo nivel entonces, pasión que comparte con su esposa Helena Segner, una experta en marketing, once años mayor que él.

En Barcelona solo permaneció una temporada, se marchó al Milan, al que hizo campeón de liga, y, tras dos temporadas, fichó por el Paris St. Germain, donde obtuvo cuatro títulos consecutivos y los trofeos de máximo goleador. Se despidió poco antes de la Eurocopa con algunas frases antológicas: dijo que Francia era “un país de mierda”, observó que  “me quedo si sustituyen la Torre Eiffel por una estatua mía” y ensayó un feliz epitafio: “Vine como un rey, me marcho como una leyenda”. Eso sí, con ninguno de sus equipos logró ganar la Champions.

Con Suecia debutó en 2001, y participó en dos Campeonatos del mundo: en 2002 y en 2006, y en las cuatro últimas Eurocopas. En 2008, cuando España inauguró su senda de gloria, la Roja se midió a Suecia; ganaron los nuestros e Ibrahimovic marcó el gol escandinavo. A propósito de esta competición, pronunció una de sus frases más egocéntricas: “Yo no iría a una Eurocopa en la que yo no participase”.

Verlo jugar es un abonarse a la sorpresa y al asombro. Es un rematador excepcional que ha dicho: “Si quieren pararme, tendrán que matarme”. Ha marcado goles de todas las facturas: de tacón, de trallazo impresionante, de penalti (también ha fallado algunos, impulsado por su vehemencia), de falta, de cabeza o tras una cadena de regates inconcebibles. Es profundamente egoísta y a la vez genial, tiene raptos de locura y agresividad (ha zurrado porque sí a Antonio Cassano y a Rodney Strasser, entre otros,) y es un mandón que logra que sus compañeros, por afecto o por intimidación, se pongan bajo su protección. En las redes sociales circulan resúmenes de sus goles y parecen a veces arabescos de mago, de volatinero o de trapecista, porque se mueve como nadie en las alturas. Al fin y al cabo, no solo es Dios, sino “un gran hombre de fútbol, un campeón”, como lo ha definido el belga Eden Hazard.

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*Este artículo se publicó en Heraldo de Aragón, el viernes 24 de junio de 2016.

 

COURTOIS SE HACE GRANDE EN PARÍS

El Paris Saint Germain y el Chelsea empataron (1-1) en el primer duelo de la eliminatoria, en un enfrentamiento que decepcionó en el juego. Stamford Bridge volverá a ser el escenario en el que se decida el pase a cuartos de final.

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Sobre el papel, se trataba de la eliminatoria más interesante de todos los duelos de octavos de final, honor que en todo caso comparte con el Barcelona-Manchester City de la próxima semana. Y quizá el gran cartel de la eliminatoria fue uno de los elementos que jugó en contra del espectáculo. Los entrenadores, especialmente Mourinho, se obcecaron en sujetar a sus equipos, con la obsesión de no exponerse más de lo necesario ante un rival temible. Los dos equipos atendieron más a las grandes amenazas del rival que a sus propias virtudes. Y en el espeso terreno de la táctica, se fraguó un partido conservador, aburrido y plano, sin demasiadas variantes en el juego ni velocidad en la circulación. El Chelsea temía la pólvora de la delantera parisina, que tiene en su plantilla a dos grandes goleadores: un artista (Zlatan Ibahimovic) y un matador (Edilson Cavani). El Paris Saint Germain quería evitar los pases de Cesc, el regate de Hazard y los goles de Diego Costa. El duelo entre los nuevos ricos del fútbol, lejos de ser un combate desmelenado, fue una especie de tanteo entre dos púgiles demasiado precavidos. Y el tanteo se prolongó durante casi todo el partido, aunque Blanc se libró de sus miedos en las minutos finales, cuando descubrió que el Chelsea es un equipo más vulnerable de lo que creía, especialmente en el juego aéreo.

Mourinho reconoció que si alguien debió llevarse el partido, ese debió ser el Paris Saint Germain, fundamentalmente porque lo intentó más, o porque simplemente lo intentó. Y ya desde el inicio, dispuso de más oportunidades. El equipo parisino orientó el juego a su banda izquierda; en la que se despliegan el trotón Matuidi y el lateral Maxwel, y aparece de vez en cuando un extremo imprevisible, capaz de lo mejor y de lo peor: Ezequiel Lavezzi. Y desde allí llegaron sus mejores oportunidades durante todo el partido, especialmente en los minutos finales, cuando Marco Verratti, el menudo constructor del juego parisino, entendió que el lado débil de la defensa blue era el lateral que ocupa Ivanovic, un central reconvertido. En la primera mitad, Matuidi cabeceó un servicio de Cavani desde ese costado. Su remate puso a prueba los reflejos de un portero inmenso: Thibaut Courtois. El  belga reaccionó a tiempo y despejó el ataque de los parisinos, como hizo durante toda la noche. En la continuación de la jugada el balón volvió a partir de la banda izquierda y le llegó a Ibrahimovic, que se topó por primera vez con las manos de Courtois. Y antes de que llegara el gol del Chelsea, Cavani dispuso de una oportunidad, esta vez a la salida de un córner, desde el lado derecho. El centro de Lavezzi lo remató el uruguayo al primer palo pero de nuevo emergió el portero belga para evitar el tanto de los franceses.

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Antes de llegar al descanso, el equipo de Mourinho se encontró un gol en una jugada que parecía intrascendente. El Chelsea había administrado la posesión durante la primera parte con cautela, sin asumir riesgos, aunque fuese a costa de no inquietar al rival. Sin grandes noticias de Cesc Fábregas, el futbolista que le da sentido al juego del equipo londinense, la circulación del Chelsea la representó como nadie Matic, un mediocentro recuperador que se ha especializado en dar el pase más sencillo. El serbio se ha convertido en una pieza importante del equipo pero su labor es más bien silenciosa. No posee la capacidad de saltar líneas con un pase filtrado, un servicio necesario para encontrar a Hazard, que estuvo siempre muy vigilado, a William, más trabajador que otra cosa en París, o a Diego Costa, que menguó ante el marcaje de Thiago Silva y Marquinhos. Atascados en la posesión, sin mucha aportación de sus delanteros, los blues se pusieron por delante en una jugada que protagonizaron sus defensas. La acción fue extraña desde el inicio. El Chelsea, un equipo poderoso en el juego aéreo, optó por lanzar el córner en corto. El central John Terry recogió un balón pasado en posición de extremo y centró sin mucha convicción. Su compañero en la zaga, Tim Cahill, prolongó de tacón y el lateral Ivanovic batió de cabeza a Sirigu (1-0).

El Paris Saint Germain tuvo que dar un paso al frente en el partido, condicionado por la urgencia del resultado. El gol le dio al Chelsea el pretexto perfecto para esperar al rival en su propio campo. Quiso anular la posesión del equipo de Laurent Blanc, aunque fuese a costa de renunciar al segundo gol. Tras el descanso, el PSG se entonó, aunque mantuvo ciertas precauciones: nunca descuidó la marca de Diego Costa o Hazard. El equipo francés superó a su rival en la media, gracias al talento de Verratti en la distribución, al recorrido de Matuidi y a la presencia de David Luiz, que parece partir siempre con ventaja en la disputa. Verratti dirigió el juego con personalidad, David Luiz recuperó y se asoció en corto, Matuidi se desfondó, Ibrahimovic dejó destellos de su talento y Cavani siguió buscando el gol en cada jugada. El uruguayo es un purasangre del fútbol, un jugador que no entiende de discusiones tácticas: se vacía en cada partido y vive siempre en boca de gol. Es, además, generoso en el esfuerzo y solidario con el equipo, una virtud que parece ser una costumbre en los delanteros uruguayos. Cavani firmó el tanto del empate en otro centro de Matuidi, tras una larga posesión del conjunto parisino. El Matador volvió a ganar el balón de cabeza a los centrales y esta vez Courtois no pudo evitar que el remate acabara en sus redes (1-1). Contagiado por el entusiasmo de una grada ruidosa, el PSG vivió sus mejores minutos en el partido y dispuso de hasta tres oportunidades claras para completar la remontada. En la primera, Ibrahimovic sorteó rivales hasta toparse con Courtois, que le ganó la partida en el mano a mano. Tampoco acertó Lavezzi en el rechace, que fue despejado por Azpilicueta. Poco después, Cavani dejo atrás con un bonito quiebro a Matic y su disparo de puntera se marchó ligeramente desviado. Y cuando moría el partido, Maxwell encontró la cabeza de Ibrahimovic en el segundo palo. El genial delantero remató a bocajarro y Courtois cerró su gran noche en París con otra mano prodigiosa.

Paris St Germain v Chelsea - UEFA Champions League Second Round First Leg

Mourinho había advertido en la previa del partido que el Chelsea de este año es muy diferente al equipo que se midió al campeón francés la temporada pasada. Es cierto que el equipo londinense trata ahora mejor el balón y en fases de la temporada ha practicado un fútbol vistoso, bajo el foco de Cesc y de Hazard. Pero la duda que deja este equipo es si será capaz de utilizar ese registro en los partidos importantes, en los que se deciden los títulos. Ayer volvió a alimentar esas dudas, con un propuesta rácana que solo encuentra su justificación en el marcador. El técnico portugués reconoció que Courtois evitó la victoria del PSG en París, especialmente en la segunda parte. Con sus paradas finales, el belga les da la oportunidad de jugarse el pase a cuartos con todo a favor en Londres, ante un equipo que baja su rendimiento fuera de Francia. En el club parisino advierten que la eliminatoria de la pasada campaña les hizo madurar. Y esperan que esta vez sus dos delanteros, Zlatan Ibrahimovic y Edilson Cavani, puedan ganarle el duelo a un gigante de goma: Thibaut Courtois.

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Jorge Rodríguez Gascón.

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Foto 1: The Guardian. Foto 2: Skysports.  Foto 3: The Daily Telegraph.