Iniesta, el artista sencillo de España

Antón Castro / La química del gol

iniesta-eurocopa-afp

Enrique Costas fue un medio del Celta, del Barcelona y de la selección de los años 70, que rivalizó con Violeta, ‘el león de Torrero’. Definió así a Andrés Iniesta (Fuentealbilla, Albacete, 1984): «Es casi imposible saber qué es mejor, futbolista o persona. De hecho, es un detalle irrelevante. Es un número uno en todo». Luis Suárez, el centrocampista del Barcelona y del Inter y el diez inolvidable que ganó la Eurocopa de 1964, fue así de sutil: «Lo que hace con el balón siempre es trascendente». Eusebio Sacristán, centrocampista de talento y entrenador, ensayó un preciso retrato futbolístico: «Es imaginación, técnica depurada, habilidad, manejo del espacio, manejo del tiempo, visión periférica, intuición. Disfruta jugando y lo hace con una sencillez y naturalidad que emociona».

La maravilla de ser y jugar

Podríamos seguir buscando citas y opiniones, pero casi todas coinciden: Lionel Messi ha afirmado que «Iniesta lo hace todo bien, disfruto viéndole jugar y entrenando con él»; Marco van Basten, el Nijinsky del área, dijo que era más importante en el juego del Barcelona que el citado Messi, Suárez o Neymar. Todos se rinden a su talento: en Francia, tras la victoria española del lunes y su recital, sus compañeros dicen que encarna «la maravilla» y que jugar a su lado «es excepcional».

Podría parecer una exageración acerca de un juego que pasa del suelo al cielo, del infierno a la rutina o al sueño inefable. Lo que sucede es que Iniesta es distinto: es de otra química. Es, antes que nada, un ser humano especial: cuidadoso con todos, humilde sin afectación, el enigma dulce, detallista y tocado por una sencillez que le concede carta de naturaleza para ser el elegido. El elegido para marcar el impresionante gol de Stamford Bridge ante el Chelsea de un inapelable y milagroso trallazo; el elegido para culminar el sueño de toda una generación en el minuto 116 en Sudáfrica, cuando la Roja se coronó campeona del mundo, y rendir homenaje a su amigo, y rival en el Español, Dani Jarque, fallecido hacía no demasiado tiempo. Iniesta es el elegido en las grandes ocasiones: recuerden, entre decenas de tardes y noches de emoción, su gran partido ante los gigantes del Sevilla o Chequia.

andres-iniesta-spain-czech-republic-euro-2016_nsgbs30cstiy13e9jn97kl1g2

Iniesta es algo más que un futbolista especial: es el jugador natural, hermoso de ver, el virtuoso grácil o tal vez místico, el director del choque que él, con sus gestos y con su cambio de ritmo, con su melodía escondida y su sentido de la pausa, convierte en un concierto. Es el artista inspirado y sutil, sencillo, que no precisa aspavientos. Impone, sin violencia alguna, suavidad y armonía y aceleración. Su cabeza erguida vislumbra más allá de lo visible. En el choque ante Chequia hizo lo que había que hacer. Arriesgó, esperó que sus compañeros se escalonasen en ataque, escondió el balón, lo subió, lo sirvió a su extremo o a ese vendaval entusiasta y a veces desordenado que es Jordi Alba. Y salía con media sonrisa de los obstáculos: tumbaba checos el lunes como había sorteado sevillistas días atrás. Sirve, pica, pincha o profundiza con su regate depurado. Desborda con la derecha hacia la izquierda, recoge con la zurda y ofrece el pase letal. Y ese proceder, que hace pensar en Michael Laudrup, se llama «el regate de las cuerdas». Todos saben que va a hacer eso, ah, sí, es cierto, pero, ¿en qué instante o centésima de segundo lo hará con la perfección máxima?

La empatía  y fervor del público

Andrés Iniesta debutó en la selección en Albacete contra Rusia en 2006. A los 22 años. Y ahora, 10 años después, con el 6 a la espalda, está mejor que nunca. Posee sabiduría, exquisitez, sentido del juego, elegancia y, lo que aún es más importante porque exalta su modestia y su condición ejemplar, corre como un adolescente o un principiante. Ante Chequia dio el 91 % de pases bien; si tenemos en cuenta que son trazos límpidos y profundos es fácil de asimilar su compromiso y su apetito de mejora. El fútbol no solo es de magos silenciosos como él, único en la historia probablemente, sino de gladiadores que ayudan en la retaguardia y él se pone el mono de faena como el que más. Ha aprendido a hacer faltas tácticas. Este año quizá haya sido uno de las campañas más exigentes en cuanto a esfuerzo.

No ha acusado los 32 años ni más de doce temporadas al máximo nivel. Al contrario. Ahora mismo es el jugador español que posee más títulos, 31, que ha sido coronado aquí y allá y que tiene el favor y el fervor del público. Y a él, como arquitecto de espacios y malabarista tranquilo, se agarran Del Bosque y España para presentar su candidatura a todo. Andrés Iniesta posee otro don: la empatía con el balón, que se humaniza ante él y se siente su amigo más inseparable.

.
.
.
* Este artículo se publicó en Heraldo de Aragón, el miércoles 15 de junio de 2016.
.
Foto 1: amazona.news.com. Foto 2: goal.com

THIAGO SILVA HACE VOLAR AL PSG

El Paris Saint Germain consiguió el pase en Stamford Bridge en una declaración de ideales, un ejercicio futbolístico que ejecutaron los parisinos con buen gusto, pundonor y coraje. El equipo que dirige Laurent Blanc se sobrepuso a la tempranera expulsión de Ibrahimovic y supo reaccionar cuando la eliminatoria estaba en su contra. Thiago Silva cometió el penalti que ponía al Chelsea por delante en la prórroga y enmendó su error con un testarazo a la red de Courtois.

1426094599_130686_1426114019_album_grande

Si algo se le podía achacar al Paris Saint Germain, un equipo construido por la maquinaria económica del jeque Nasser Al-Khelaïfi, era que le faltaba su gran bautismo europeo. Se le podía reprochar también que le faltó carácter en las eliminaciones de las últimas temporadas, ante el Chelsea y el Barcelona. Pues bien, su partido en Stamford Bridge solventó de un plumazo todas las dudas que su generaba su juego, especialmente en los grandes escenarios. Su orgullo y su amor propio quedó reflejado en la figura de sus centrales: David Luiz y Thiago Silva, los autores de los goles que sellaron la reacción del conjunto galo. El Chelsea se empeñó en que no se jugara a nada, y olvidó que también tiene armas para atacar y no solo para resguardarse. No hubo noticias de Cesc en la circulación, no apareció Hazard para desequilibrar y Diego Costa se perdió en riñas con David Luiz. Por el contrario, cobraron protagonismo Matic y los guardianes de la zaga blue (Ivanovic, Terry, Cahill y Azpilicueta), los verdaderos hombres de confianza de Mourinho. Y con el Chelsea entregado a la pizarra de Mou, la media del PSG aceptó el protagonismo que concede el balón. Verratti, Motta y Pastore se juntaron en el medio y combinaron con exquisita precisión. Entre Verratti y Motta se reparten los papeles en la dirección del juego. Thiago Motta es un jugador de escuela, de esos que le da criterio a la circulación. Marco Verratti imprime su sello en cada pase. El menudo mediocampista italiano es un futbolista osado, de gran personalidad, que destaca en la lectura del juego. Tiene plena confianza en sus recursos técnicos y posee la facilidad de saltar la presión con un regate sutil o un pase medido. También entendió bien el partido Pastore, que acudió a generar superioridades en el medio e inquietó a Ivanovic desde el costado izquierdo. Por ese carril se desplegaba también Maxwell, un lateral fino y aseado, que sigue dando soluciones por más que pasen  los años. El trotón Matuidi cubría las espaldas y se aproximaba al balcón del área. Se ofrecía Cavani y jugaba de cara Ibrahimovic, que en el minuto 32 fue víctima de un error de bulto del colegiado. El balón quedó largo e Ibrahimovic llegó tarde en la disputa con Óscar, pero recogió las piernas visiblemente para moderar su entrada. Óscar exageró el golpe y los futbolistas del Chelsea fueron en manada a por el árbitro. Bjorn Kuipers cayó en la trampa y expulsó a Ibrahimovic. No se inmutó el PSG y siguió fiel a su plan de juego, basado en el buen trato del balón. Tampoco dio un paso hacia delante el Chelsea, que mereció la eliminación porque no presentó ningún argumento ofensivo. Jugó demasiado preocupado de proteger a Courtois, sin imaginación en el juego ni voluntad de herir al rival.

1426094599_130686_1426105263_album_grande El ideario de Mourinho viene avalado por un glosario de títulos, pero posee tantos apartados dedicados a los sistemas defensivos que olvida que el fútbol también es un juego basado en la improvisación y en el ataque. Darle un resultado a favor es darle una ventaja que se ha de conservar, que bajo ningún concepto se puede estirar más, si eso exige arriesgarse. Y esa fue la tumba del Chelsea en Stamford Bridge: un planteamiento basado en la precaución y la cobardía. El equipo inglés no quiso  sentenciar a un rival fatigado, que jugó noventa minutos en inferioridad numérica y lo pagó con la eliminación. El PSG, por otra parte, buscó la victoria sin reservas, con la pasión y la urgencia que impone un resultado adverso. El equipo parisino solo dejó de trenzar jugadas cuando Verratti tuvo que pedir el cambio, en los minutos finales del tiempo reglamentario. Minutos antes había tenido el gol en las botas de Cavani. Verrati salió de la presión con un giro plástico y cedió para Pastore. El mediapunta argentino atendió a la llegada de Cavani y el disparo del uruguayo se topó con la madera, después de sortear la salida de Courtois. Por un momento, el resultado pareció darle la razón a Mourinho, cuando Cahill fusiló a Sirigu tras un barullo en el área. El primer gol de la noche partió, como todos los que llegaron después, de un saque de esquina. Y parecía que el gol del Chelsea firmaba la clasificación de los blues, entre otras cosas porque su rival estaba asfixiado. Pero el equipo que dirige Laurent Blanc encontró aliento en los córners y apareció David Luiz para llevar el partido a la prórroga. Lavezzi centró y el defensa brasileño ejecutó un remate de cabeza inapelable a la escuadra de Courtois. Pese al empate, Mourinho mandó parar a los suyos en los minutos finales del partido, consciente de la ventaja que tenían al jugar una prórroga frente a 10 jugadores. En los minutos iniciales del tiempo extra, el Chelsea dio un paso al frente, empujado más por la inercia del partido que por la voluntad de atacar. Y una vez que consiguió la ventaja volvió a entregarse a la calculadora de su técnico. Thiago Silva saltó frente a Zouma con el brazo en alto. Es difícil saber si llegó a tocar el balón pero el gesto fue tan extraño y, al mismo tiempo tan alarmante, que el colegiado señaló penalti. Hazard, que fue el único rebelde en un equipo demasiado encorsetado, lo transformó con tranquilidad. Esta vez sí que parecía el gol definitivo, entre otras cosas, porque el PSG daba la impresión de estar entregado. Pero el equipo de Blanc se encontró con dos nuevos saques de esquina, en los que Thiago Silva emergió. El brasileño había cometido un error impropio de su nivel y había emborronado su gran partido. Pero el fútbol no hubiese sido justo con él si no hubiese premiado su esfuerzo durante los 120 minutos. En el primer lanzamiento, Courtois despejó su cabezazo con una estirada inverosímil. El segundo córner llegó desde el otro costado y Thiago Silva se elevó para batir a Courtois en el minuto 114. El brasileño firmó el gol que castigó a un Chelsea tan precavido que, a fuerza de no arriesgar, acabó asumiendo demasiados riesgos.

1426094599_130686_1426115219_album_grande El PSG consiguió superar a su verdugo de la temporada pasada y lo celebró en el mismo césped, con los aficionados que se desplazaron hasta Londres. Hasta el jeque, Nasser Al-Khelaïfi, bajó al campo en busca de futbolistas a los que abrazar. La victoria supone una liberación para la plantilla y es, en definitiva, justa para el fútbol. El equipo de Blanc ha dejado de ser una exótica constelación de estrellas. Tras su noche mágica en Stamford Bridge, el Paris Saint Germain se ha convertido en un serio aspirante.

.

.

Jorge Rodríguez Gascón.

.

Foto 1: Toby Melville (REUTERS). Foto 2: Ian Kington (AFP) . Foto 3: Gerry Penny (EFE)