La Roja jugó como antaño y deslumbró

Antón Castro / La química del gol

El combinado nacional recuperó las sensaciones, la efectividad y el brillo de sus mejores días ante Turquía

Hay jugadores que tienen talismán. O un espíritu aliado en algún lugar del universo y de la imaginación. Y el caso es Nolito, un futbolista que es puro tesón, insistencia, trabajo, convicción en su disparo; está tocado por el relámpago de la suerte y protegido por su abuelo Manuel. Y algo así sucede con Morata: encarna la calma, la generosidad y el sacrificio. Domina el desmarque y el control sobre sí mismo: parece desplegarse como un molino de aspas inabordables y solo se le puede detener con una falta táctica. Siempre está implicado y golea. Ayer lo hizo por partida doble y se permitió el lujo de correr más de 50 metros en la recuperación de un balón.

 Turquía, al principio, no quiso repetir la estrategia de Chequia y decidió estirarse, salir al venenoso contragolpe y engancharse a la ambición y la dirección de Arda Turan, desaparecido y desubicado este año en el Barcelona y odiado por la grada. Esta España otra: a veces tiene leves lagunas, parecen faltarle medios que sepan regresar, pero ha recuperado no solo el pentagrama que le llevó a la victoria con Luis Aragonés y Del Bosque, sino la confianza, la paciencia, la brillantez y el vértigo en la elaboración. Algunos de sus futbolistas han recuperado las certezas de antaño: saben que poseen recursos, ese fútbol trenzado y preciosista, de caligrafía y toque. España cuenta con dos auténticos puñales por las alas. A Nolito le dobla Jordi Alba; a Silva, Juanfran Torres. Y los dos se aplican, insisten, multiplican el peligro y el desconcierto de Turquía. Ayer, sus laterales, con o sin coberturas, estaban rebasados.

Los turcos habían salido a por todo. Con rudeza, con ganas de sorpresa pero España se encontró con dos tantos de sus dos grandes apuestas: Nolito sirvió al templado Morata y este puso a fin a su ansiedad goleadora, un poco a la manera de Piqué. Y luego fue el  propio Nolito que aprovechó un servicio de Cesc Fábregas y un fallo defensivo. En ese instante, el gaditano miró más allá del cielo y de la tierra. La noche en Niza era tan hermosa que resultaba casi inconcebible. En la mejor jugada del partido, iniciada de nuevo por la maestría de Andrés Iniesta, Morata amplió la ventaja. Este jugador posee olfato, todo un surtido de recursos, hambre de gloria y una madurez impropia de sus 23 años. Lo anunciamos aquí hace unos días: con un poco de suerte y este nivel de los chicos de Del Bosque, Morata podría ser uno de los héroes de la Eurocopa de París.

Si España jugó bien o más que bien ante la República Checa, ayer estuvo a un nivel impresionante en todas sus líneas. Sólida en defensa, con un Piqué de nuevo majestuoso y muy atento a todo, es uno de los líderes absolutos del equipo y está en un estado de forma impresionante. Con Busquets seguro y preciso, el mejor mediocentro de la tierra, que cataliza cualquier balón y lo atrae con magnetismo; Fábregas se alió muy bien con los dos magos, Silva, delicado y artista, e Iniesta, que volvió a impartir una lección de aplomo, pausa y visión. Con este futbolista se acaban los adjetivos incluso en sus días más normales. Es el intérprete ideal de cualquier choque, se disfraza de plasticidad y armonía.

Una de las aportaciones fundamentales ha sido la presión de los españoles. Han recuperado el balón muy arriba y ha seguido la pauta del mejor Barcelona. Otra novedad importante ha sido la incorporación de Bruno Soriano: el zurdo y capitán del Villarreal es un espléndido jugador de club, dirige, acompaña y es serio, comprometido, con experiencia, y será de mucha ayuda a Busi; por ahora, Koke aún no ha demostrado en la selección todo su potencial. Le seguimos esperando. España se ha clasificado ya por sus propios méritos. Si invitar al triunfalismo, se puede decir que es quien mejor ha jugado hasta el momento. Y casi llama la atención la felicidad de Íker Casillas: si había algún temor a que fuera el futbolista tóxico, en absoluto. Acepta su suplencia y se siente rabiosamente feliz. O liberado.

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* Este artículo se publicó en Heraldo de Aragón, el sábado 18 de junio de 2016.

Juanfran, el valor esencial de los modestos

Antón Castro / La química del gol

El lateral, que antes había sido extremo, es un ejemplo de adaptación y de integración en el bloque de Del Bosque

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En un buen equipo no solo son importantes las figuras. Un conjunto sólido empieza por sus hombres modestos. Jorge Valdano, que tanto bien le ha hecho al fútbol con su visión teórica y sus nomenclaturas, se aplicó a sí mismo un término más que interesante: ante la grandeza de Maradona o la de Burruchaga, bastante menor que la del Pelusa, él se sentía “un jugador complementario”. Un bloque empieza a armarse en los futbolistas inadvertidos, casi sin fama, que hacen bien su trabajo y que se vuelven tan necesarios como las piezas invisibles de un mecanismo de relojería.

En España, el jugador humilde por excelencia, más que Jordi Alba, Nolito o Pedro, es sin duda Juanfran Torres. Un futbolista alicantino que se inició en el Real Madrid, que jugó en el Español y Osasuna y que se ha hecho imprescindible en el Atlético de Simeone. Él, con el capitán Gabi, encarna el entusiasmo, la pasión por el juego, el coraje y el afán de vencer. Pertenece a ese grupo de extremos que acabaron retrasando su posición: como Rifé, como Lasa (aquel lateral del Real Zaragoza, del Granada y del Bilbao) o Salgado, pongamos por caso. Hay un instante en que el equipo tiene un apuro y realiza una prueba inesperada: fue Gregorio Manzano quien le retrasó de posición y fue Simeone quien le dijo que ahí iba a ser determinante. Dicho y hecho.

Juanfran Torres veía jugar a Dani Alves o a Lahm, quizá hubiera visto antes a Cafú, y se dio cuenta de lo importante que es su demarcación en el equipo y de las posibilidades que tiene un lateral o carrilero. Llega al fondo muchas veces, ayuda en el ataque, se desdobla y, además, debe saber retroceder. Juanfran es un perfeccionista y un profesional como la copa de un pino: desde los primeros días demostró que sabía marcar encima, que no concedería metros a sus adversarios y que iba a ser un auténtico hueso; Cristiano Ronaldo en más de una ocasión se encontró con su pundonor, con su compromiso, con su velocidad y con su sentido de la colocación; al atleta de Madeira si hay alguien a quien le cuesta el cielo y el infierno rebasar, el primero en la lista es Juanfran Torres.

Dicen de él que es puro optimismo. Ilusión. Brega. Cree en sí mismo: lo demostró ante el PSV, marcando su penalti e incluso cuando lo falló ante el Real Madrid, en la final de la Champions. Quizá se sintiese un poco intimidado por Keylor Navas y golpeó con imprecisión. Si hubiese marcado, el Atlético habría podido competir un poco más, pero a lo mejor hubiera cedido igualmente. Juanfran mandó una carta a los aficionados, lo cual demuestra su bonhomía, su angustia y su respeto. Y confesó que aquel fue “uno de los días más tristes de mi vida”. El gesto le honra: el fútbol es algo más que dinero, turbiedades de agentes o relatos de amaños y apuestas. El fútbol también revela el tamaño del corazón.

Juanfran debutó con la selección en mayo de 2012 ante Serbia. Estuvo convocado en la Eurocopa de Polonia y Ucrania-2012, en la que ganó nuestra selección, pero no jugó. También estuvo en el Mundial de Brasil-2014; en aquella desdichada competición jugó ante Australia, y la Roja venció 3-0. Ahora está en Francia y es el motivador, el hombre jovial que anima a todos. Representa la furia y el convencimiento. Es consciente de que España dispone de una gran oportunidad y que tampoco a él le quedan muchas ocasiones. Tiene 30 años y está en plena madurez: física, mental, y se ha fortalecido en sabiduría y experiencia. Se ha ganado su sitio y el cariño de sus compañeros y del míster. Es impetuoso, inteligente, constante, se asocia como pocos, y es un futbolista de equipo que conoce a las mil maravillas qué se le pide a un lateral moderno: defender, ayudar en las transiciones, colaborar en el despliegue con David Silva y ajustar el centro. Y ahí está: lo hace. Lo ansía, se desvive por lograrlo. Da gusto verlo jugar. Puede resultar deslavazado, pero cuando se le contempla con atención y se repasan sus 90 minutos queda una cosa muy clara: lo hace casi todo bien. O, mejor aún, lo hace muy bien con la dignidad de la clase obrera.

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* Este artículo se publicó en Heraldo de Aragón, el viernes 17 de junio de 2016.

Foto: El País.

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