Portugal burló a Francia con su lentitud letal

Antón Castro / La química del gol

Se cumplió el axioma: quien perdona tanto, pierde. Los franceses sucumbieron ante el trabajo parsimonioso que elaboró Fernando Santos, tras un gol de Éder en la prórroga.

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Fernando Santos, fumador empedernido, católico y sentimental, no cree en la enfermedad portuguesa que cantan los poetas. Es de la tribu dura y airada de los parias y los estrategas. Sabía que una vez allí, en la otra ciudad de la luz (él es de Lisboa: la ciudad de la luz abierta al mundo de los navegantes), todo era posible. Hasta que se cumpliera su profecía.

Sus chicos y él habían ido a por todo y a por todas. A veces parece un tipo colérico, mal encarado, casi violento, pero se le ven detalles de paternalismo, de afecto profundo hacia sus jugadores. Los protege, les enseña el camino, los cambia de sitio, les otorga responsabilidad, como hizo con Renato Sanches o con João Mario, o con Éder, ese delantero al que nadie esperaba y que incendió Francia y las esperanzas del mundo.

Fernando Santos sabe que a los azules franceses les cuesta pensar. Los jugadores de Deschamps son prodigiosos en cuanto a condición física, parecen de acero o de hormigón armado (incluso Dimitri Payet, que lesionó a Cristiano Ronaldo), a veces no se sabe si son motos, coches o caballos, tal como pareció insinuar un anuncio publicitario anterior al choque, y llegan a arriba por pura potencia, por desmelenamiento y agresividad. El caso más claro ha sido Moussa Sissoko, un torbellino incontenible capaz de destrozarlo casi todo, que asumió no la dirección de juego, que no la tuvo Francia, sino la intensidad, el desborde, la dentellada que provocaría tarde o temprano el gol.

Antoine Griezmann ni fue el mosquetero ni el cerebro ni el principio de la revuelta necesaria: anduvo un tanto errático, sin sitio, un poco huidizo y conformista, pudo marcar de un servicio impecable de Payet, tuvo dos o tres intentonas más, pero no se puede decir que compadeciese mucho en un día imperfecto. Quizá pensó, o sintió, que debía solidarizarse con Cristiano Ronaldo, herido en una rodilla. El hombre de Madeira dejó el campo teatralmente, entre lágrimas, que ya no le abandonaron hasta que se produjo lo inesperado: el gol de Éder. El milagro de todos los torneos. El delantero de Guinea-Bissau, de origen brasileño, ratificó un viejo axioma: cuando se perdona tanto, cuando no se aprovecha la superioridad y falta el autentico coraje, el sentido histórico y el orgullo del campeón en casa, el rival apuntilla. Y humilla a todo un país. Portugal, que había hecho poco y había resistido mucho, sentenció con una jugada espléndida. No se puede decir que Portugal haya jugado mejor que Francia. No. Pero quizá sí se deba decir. Fue más inteligente en sus limitaciones, empleó mejor sus armas, emborronó el juego cuando y cuanto quiso, lo volvió denso, insustancial y opaco, se abrazó a su extraordinario portero y le dio alas a Nani, que ha sido su mejor jugador con Rui Patricio. Francia quiso un poco, solo un poco, y se desfondó. Tuvo algunos arreones pero siempre fue un equipo demasiado impersonal, desarmado de claridad, un quiero y no puedo. Portugal se abrazó a sus certezas: los defensas Fonte y Pepe, sintió que William Carvalho, sin brillantez ni estridencia y sin errores, hizo su trabajo inmisericorde y gris, barrió su media luna y el centro del campo con serenidad y astucia. Santos intuyó que Quaresma está en el fútbol para lograr un milagro y que João Mário es ese jugador tranquilo y vibrante, de oficio, que alarga al equipo. Es sobrio, técnico, con sentido coral, que adormece al adversario. João Mário se vació para que Portugal fuese como un narcótico para Francia: el colectivo luso sobrevivió con agotamiento y ejecutó por aplastamiento.

Este partido lo hemos visto muchas veces. Portugal obtuvo el gran premio y Francia decepcionó: si a veces le sobró pundonor, le faltó auténtico corazón, aceleración y compromiso. En el fondo, le faltó fútbol y el verdadero ritmo que conduce al gol. Deschamps nunca se percató de que Francia carece de fantasía: no hay ingenio ni sutileza que alimente a sus atletas.

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(*) Este artículo se publicó en Heraldo de Aragón el lunes 11 de julio de 2016.

 

La noche total y dos destellos de Griezmann

Antón Castro / La química del gol

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Didier Deschamps podría decir aquello de «a veces tengo visiones». Y anoche fue uno de esos días donde lo vio casi todo: una Francia eléctrica e incontenible que parecía que iba a comerse el mundo en los diez primeros minutos. Luego durante media hora vería como sus futbolistas se  encogían y desaparecían en su campo, y observaba cómo los alemanes poseían un inagotable abanico de recursos. La paleta cromática del juego. Entraban por las alas, manejaban el pase interior, ensayaban centros mortales e incluso andaban por ahí, derramándose en contactos al borde del penalti. Francia, achicada ante la clarividencia germana, parecía un país de espejismo. Nadie era capaz de trenzar un pase o de aguantar un balón. Nadie salvo ese bajito de Maçon con cara de pícaro seductor, ángel de todas las esquinas o duende de los bosques hechizados: Griezmann.
Francia, por fin, a partir del minuto 40 recobró un poco de impulso y de dignidad. Y no solo esto: contó con un destello de la suerte y con un decisión discutible del juez de línea. Schweinsteiger quiso emular a Boateng ante Italia, sacó su maneta a pasear y… penalti. El artillero feliz tomó el balón con su sonrisa ligeramente meliflua o letal, lo colocó y miró al gigantón Neuer, otro tipo suave. Antoine Fabrizzio Griezmann ejecutó con serenidad, exactitud y hermosura. Y los alemanes, que habían parecido auténticos reyes de la imaginación, se fueron al descanso con una herida brutal. Sin suerte.
Francia volvió a salir corajinosos y al ritmo del vendaval. Fue un trampantojo, aunque a diferencia de lo que había sucedido en la primera parte, Alemania no fue capaz de recobrar el timón, se lesionó Boateng y Griezmann seguía por ahí, detrás de Giroud, a la espera de un pista libre para correr o de un claro del bosque para lustrar la bota. Y así lo hizo, tras un fallo defensivo, destello posterior de Pogba y despeje en falso de Neuer: siguió la jugada con un arrebato de felino en los ojos y sentenció con la puntera y una  seguridad glacial. Francia ascendió a los cielos: casi todos supieron entonces que el equipo iba directo a la final. Alemania aún no se daría por vencida, claro que no, ni tampoco Griezmann, que aún ensayó al menos una carrera de velocista que debió acabar en gol. No le importó su leve error: era el héroe de la noche, el tipo sencillo y dulce que le daba más sentido que nunca al emocionante himno de Francia. Alemania, por terquedad y oficio de competidor honesto, buscó un gol pero se halló con el majestuoso vuelo de Lloris, y se rindió poco a poco ante ese futbolista goleador y relámpago, inspirado y artista, que podría ser un violinista en las esquinas y el solista de la orquesta.
Francia no brilló pero se comportó como un equipo sacrificado, que sufre por alto, que le falta un poco de elaboración en la media, aunque le sobre todo lo demás: coraje, trabajo, energía, constancia y poderío; hubo un momento en que la media era como una muralla inexpugnable: Sissoko, Kanté, Pogba y Matuidi. Cuando retiró del campo a Griezmann, el gallo rubio del estadio, Deschamps volvió a sentir: «A veces tengo visiones: ¡pensar que fui yo quien envió al banquillo en el segundo partido a mi mejor jugador!».
El domingo espera otro ganador: Cristiano Ronaldo. Suceda lo que suceda, el príncipe valiente del torneo es francés, angelical, usa espada de mosquetero, lleva seis goles como seis soles y juega en el Atlético de Madrid.
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(*) Este artículo se publicó en Heraldo de Aragón el 8 de julio de 2016.

Un niño entre gigantes

renato sanches reuters

El fútbol está plagado de grandes descubrimientos. Las competiciones internacionales siempre han potenciado estas apariciones, quizá porque el tipo de torneo propone un camino más breve desde el anonimato a la fama. En esta Eurocopa ha habido dos grandes descubrimientos. El primero es Dimitri Payet, uno de los líderes del anfitrión. Su actuación es una gran noticia para el fútbol francés, pues antes del torneo no se le consideraba tan importante en el esquema de Deschamps. Su irrupción no estaba prevista, aunque exige una breve aclaración: Payet ya había demostrado todas sus cualidades en el West Ham; su disparo, su conocimiento del juego y sus recursos en el regate. La otra promesa anunciada era un mediocampista valiente y desordenado, por el que el Bayern Munich acababa de pagar al menos 35 millones: Renato Sanches.

Sanches presume de su juventud[1] y de su tanto ante Polonia. Juega con el descaro y la soberbia de los adolescentes, con el valor intuitivo del fútbol de barrio. El mediocampista se equivoca y se rehace, se ofrece y se despista. Asume responsabilidades impropias de un chico de 18 años y pide el balón a todo el mundo, sin distinguir entre João Mário o Cristiano Ronaldo. Se atreve a llegar al área y trabaja sin descanso, con el despliegue y la frescura de quien se sale de la norma. Ahí reside su gran virtud: Renato huye de los vicios del fútbol convencional. No ahorra en el esfuerzo y no piensa que el juego se basa en la sensatez. Parece impulsivo, caótico hasta cierto punto, y tiene la ambición de los que llegan para quedarse.

Ante Polonia logró el tanto que le convierte en el portugués más joven en marcar en un gran competición. El gol llegó como consecuencia de su imprudencia. ¿Quién iba a esperar que un debutante asumiera el liderazgo en la Portugal de Cristiano Ronaldo? Renato jugó sin miedo al error y llevó a su equipo a los penaltis. La tanda demostró también su personalidad. En un momento de máxima tensión, Sanches resolvió con absoluta frialdad. Su naturalidad ante los medios refleja la confianza en sus posibilidades: “El entrenador nos preguntó que quién quería lanzar. Ronaldo pidió el primero y yo quise el segundo. Estaba tranquilo, sabía lo que tenía que hacer”.

Antes del partido le había elogiado su compañero José Fonte: “Es el pequeñín, pero le sobran ganas». Su técnico, Fernando Santos, valoró tras la clasificación el protagonismo del joven futbolista: “Renato ha tirado del equipo en los dos últimos partidos. (…) Su potencial es enorme y demuestra sus cualidades dentro del campo, aunque debe ser más organizado. Es inmune a la presión, de lo contrario no estaría entre los 23 convocados”.

A Portugal le va bien que el juego de Sanches tenga un punto de rebeldía y desacato. Sería un error que siguiera todos los consejos de su técnico. Lo mejor de Renato es que, hasta el momento, nadie ha podido cambiarlo.

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Jorge Rodríguez Gascón.

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[1] El pasado lunes, el ex técnico Guy Rox aseguró que Renato Sanches tiene entre 23 o 24 años. Según su teoría, fue inscrito con cuatro o cinco años en el registro civil como si acabara de nacer. Se trata de un rumor que ha perseguido la carrera del jugador de Cabo Verde. Algunos diarios rescataron imágenes de su infancia, en sus primeros partidos con el Benfica para desmontar las declaraciones del técnico.

Cuentos de dragones

gales celebra

La Eurocopa camina entre la emoción y el aburrimiento. Los partidos prometen más de lo que cumplen y se valora más el pulso táctico que el talento. El torneo puede mejorar en semifinales, con dos duelos bien distintos: el primero enfrenta a dos selecciones que buscan su primer título y el segundo mide a dos clásicos del fútbol europeo. Alemania y Francia comparten la condición de candidatas desde hace tiempo. Portugal y, sobre todo, Gales son una irrupción inesperada. En todas las selecciones brilla algún jugador que procede de los equipos de Madrid, protagonistas de la final de Milán hace un mes. Cristiano en Portugal, Bale en Gales, Griezmann en Francia y Kroos en Alemania. A falta de La Roja en el tramo decisivo de la competición, la liga lo considera una pequeña victoria del fútbol español, que pretende reafirmar su éxito en Europa.

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Francia estuvo inspirada frente a Islandia, después de la agonía de la ronda anterior. Esta vez, su victoria llegó ante un combinado que entendía que la modestia era su mejor arma. Islandia se había ganado el favor del público neutral por su simpatía y su concepto voluntarioso del juego. El equipo de Lagerback mostró signos de rebeldía cuando el resultado ya estaba perdido. Poco podía hacer ante el 4-0 inicial de los franceses, que disfrutaban de la explosión de los grandes líderes de su ataque (marcaron Giroud, Pogba, Payet y Griezmann). Sin embargo, el segundo tiempo fue toda una demostración de carácter de los islandeses, empeñados en responder a su apodo de vikingos. El país que más ha seguido el torneo tiene argumentos para estar orgulloso. Islandia logró batir en dos ocasiones a Lloris y jugó sin complejos, con la valentía del que se siente modesto entre los grandes. Su actitud le diferencia de muchos equipos conformistas, que han traicionado su propuesta a menudo. La Bélgica de Wilmots, que tropezó ante Gales cuando tenía todo a favor, sirve como ejemplo.

Si parte del encanto de Islandia reside en su humildad, Francia convenció por su poca compasión ante el que parecía el equipo de todos. La selección de Deschamps valora la oportunidad que se le ha presentado. Con el favor de su público, y con sus estrellas (Griezmann, Pogba y Payet) a pleno rendimiento, la selección está a un paso de repetir éxitos en su terreno, como ya ocurrió en el Mundial 98 y en la Eurocopa del 84. Frente a Alemania se enfrentará a su historia y al que es el equipo más sólido de la competición. La selección francesa recuerda el choque de Harald Schumacher con Battiston y su eliminación en el pasado mundial para preparar su venganza.

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La Alemania de Löw demostró ante Italia que ha venido para ganar. Resolvió en una tanda de penaltis delirante, que premió el acierto final de Jonas Héctor entre un cúmulo de errores (en Italia fallaron Bonucci, Darmian, Pellè, Zaza y en Alemania Schweinsteiger, Müller y Özil). La victoria llegó con fortuna, después de que Italia se aferrara al partido como solo ella sabe hacerlo. El equipo alemán sabía de la capacidad de supervivencia de los italianos. Pero, como era de esperar, no pudo evitar el tanto  de Bonucci, que marcó desde los once metros, después de un error extraño de Boateng. En la prórroga, la Mannschaft quiso la victoria y, hasta cierto punto, la mereció. Una de las conclusiones del encuentro, además de que conviene ensayar más los penaltis, es que Alemania nunca debe renunciar a Özil o a Draxler. Los dos le otorgan imaginación a un bloque que se mueve en el terreno de lo esperado. A los de Joachim Löw les cuesta improvisar, viven preocupados de responder ante su fama de equipo fiable. Nadie representa esta tendencia como Kroos, que posee una rara inteligencia artificial. Su fútbol, lejos del área, se vuelve demasiado correcto y meditado. En el otro lado del espejo está Özil, que suele equivocarse. El mediapunta alemán parece irregular y tiene un perfil extraño o melancólico. En ocasiones, se ausenta de los partidos y le falta ambición para despegarse de su marcador. Pero tiene una virtud que compensa todos sus defectos: se ve a sí mismo como un jugador distinto, de esos que no temen los riesgos. Su lectura del juego y de los movimientos de sus compañeros es uno de esos intangibles que pueden ganar partidos. Ante Italia firmó su mejor encuentro en la competición (a pesar de que falló desde los once metros) y se le espera contra Francia, en el duelo del campeonato.

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En la otra semifinal se enfrentan Portugal y Gales, dos equipos que viven su sueño particular. El más inesperado es el de los británicos, que competían por primera vez en un gran torneo. Es un equipo entusiasta, que vive de la carrera de Bale, de la sociedad Ramsey y Joe Allen y de los movimientos de Robson-Kanu. Gales, como ya ha dicho Bale, es todo corazón y orgullo.

La ausencia de Ramsey en Gales será casi tan importante como la de Pepe en Portugal. El central del Real Madrid es el líder en la sombra de la selección. Su intuición en la disputa y sus marcajes han sostenido a su equipo en el torneo. Por eso su lesión se intuye como un factor determinante en las semifinales. La baja por sanción de Ramsey dará mayores responsabilidades a Joe Allen, el mejor intérprete del juego en la selección de Colleman.

El partido es también una gran ocasión para Cristiano Ronaldo y Gareth Bale. Compañeros en el Madrid, líderes de su selección, se medirán en busca de un sueño. Ningún país cree tanto en su estrella como Gales en Bale, que ha guiado al equipo hasta una oportunidad histórica. Para lograrla deberá vencer a Cristiano Ronaldo, que es una amenaza permanente.

Portugal juega para ganar y no le importa si agrada o defrauda. Sabe que la memoria es generosa con el campeón y, de momento, los resultados justifican su propuesta. También la selección de Colleman intuye que está ante una ocasión irrepetible. Portugal abraza el pragmatismo de Fernando Santos y busca un trofeo que siempre se le ha negado. Gales , por su parte, sigue creyendo en los dragones.

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La Eurocopa, entre lo imprevisto y lo esperado

islandia celebra

La Eurocopa llega a los cuartos de final y el desenlace se presenta emocionante. El torneo ha dado algunas sorpresas: la derrota de la vigente campeona a manos de Italia, la enésima decepción de Inglaterra o la eliminación de Croacia, que era uno de los equipos que mejor fútbol habían practicado. También han surgido fenómenos absolutamente inesperados como el de Islandia y Galés, dos equipos sin tradición en las competiciones internacionales. En el fondo, son grandes noticias para el fútbol, un deporte acostumbrado a la reafirmación de lo cotidiano. Alemania y Francia responden a su cartel de candidatas. La Mannschaft venció a Eslovaquia en su mejor partido del torneo y Francia descubrió que Griezmann es la mejor solución en los momentos de emergencia. Italia ya ha demostrado que siempre está en la pelea: especialmente en los torneos en los que menos se la espera. El equipo de Antonio Conte se medirá a la campeona del mundo, en uno de esos duelos que bien valen una Eurocopa. Portugal, que pasó con fortuna la fase de grupos, se enfrentará a la Polonia de Lewandowski. Cristiano Ronaldo tiene el camino más sencillo del cuadro y hay ilusión porque pueda guiar a Portugal a la final. Su gran obstáculo en el cuadro puede ser la Bélgica de Wilmots, que ante Hungría mostró todas sus virtudes: el talento de Hazard, la conducción de De Bruyne, la zancada de Carrasco, la amenaza permanente que es Lukaku, el recorrido de Nainggolan, la llegada de Witsel. El técnico Marc Wilmots dirige a una de las mejores generaciones del fútbol belga. Hasta los cuartos, a su equipo se le intuía más fútbol del que mostraba. Quizá su goleada libere a una selección sobre la que se ha llegado a sospechar. Muchos temen que nunca estará al nivel de las mejores predicciones. Al fútbol europeo no le iría mal que Bélgica dejara de ser una promesa interrumpida.

La derrota de España provoca una tristeza inmensa. No solo supone una tímida confirmación del fracaso de Brasil, sino que se intuye el fin de su imperio. La eliminación llegó producto del despiste ante Croacia y de la abdicación del campeón ante Italia. Dio la sensación de que la azzurra tenía más ganas de vencer que la selección de Del Bosque. Visto de otro modo, La Roja no le dio a Italia la importancia que se merecía. Ellos se tomaron el partido como la superación de una barrera psicológica, similar a la actitud que tuvo España hace 8 años, en los cuartos de final de la Eurocopa de Austria. Consumada su venganza, para los supersticiosos Italia pierde opciones por una razón caprichosa: todos los rivales la empiezan a temer. El duelo frente a Alemania, que remite a las leyendas de otro tiempo, es uno de los partidos más atractivos del torneo. En esta ocasión, es la Alemania de Joachim Löw la que quiere ajustar cuentas: nunca venció a Italia en un Mundial o una Eurocopa. El técnico alemán responde como si le asaltara un picor incómodo: “No tenemos un trauma con la selección italiana”. Con las dos selecciones se cumple un requisito histórico: su mejor nivel de juego ha llegado en el tramo decisivo del torneo.

Individualidades

Las aspiraciones de las selecciones se sostienen, en gran medida, en el nivel de sus estrellas. Alemania disfruta de la mejoría de Özil, del juego sosegado de Kroos y del desborde de Draxler. La aparición del joven mediapunta ante Eslovaquía fue una de las grandes noticias de La Mannschaft. Sustituye a Götze, que ha jugado todo el torneo melancólico, como si recordara que está lejos de ser el jugador que fue. En Italia se alegran de la sintonía que tienen sus dos delanteros: Graziano Pellè y Eder. Tan distintos y a la vez tan complementarios. Pellè es la amenaza en el remate y una fórmula de desahogo: su juego de espaldas ofrece grandes soluciones a sus mediocampistas. Eder es un velocista generoso y sacrificado. Tiene el desborde y la intuición de los delanteros pícaros y sabe aprovechar los servicios de Pellè. En Polonia esperan el despertar de Lewandowski. Mientras tanto, se nutren de la llegada constante de Blaszczykowski. Su rival en cuartos, Portugal, se aferra al don goleador de Cristiano Ronaldo y a sus surtidores, Nani y Quaresma.

Galés vive de la carrera y del disparo de Gareth Bale, un héroe para la nación. Arropado por un conjunto trabajador y sólido, la tarea de suministrar buenos balones a Bale es de Aaron Ramsey y Joe Allen. El Expreso de Cardiff es quizá uno de los futbolistas más determinantes de la competición. Su afición le estima tanto que hasta un pequeño pueblo ha cambiado su nombre para que coincida con el de su estrella. Bale, ambicioso, se ha convertido en el portavoz de una selección atrevida: “A la Eurocopa se viene para ganarla, no para jugar tres partidos”. Su rival en cuartos, Bélgica, debe integrar en el partido a Hazard, De Bruyne, Carrasco o Lukaku.

La selección francesa depende de la inspiración de Payet, Griezmann y Pogba. El primero es una de las grandes revelaciones del torneo: Payet encarna el dinamismo, el regate y el disparo. Pogba ofrece despliegue y un amplio repertorio de lujos técnicos. Griezmann es una garantía de peligro y uno de esos futbolistas que poseen un aura especial. Veloz, fino y atrevido, su mejor partido llegó cuando Francia más lo necesitaba. Su zurda es la mejor virtud del anfitrión. Sobre todo, ante una selección solidaria como Islandia, cuya fuerza reside en el grupo y en su resistencia defensiva. La selección del “país del hielo” está escribiendo uno de los relatos más bonitos de la competición. La belleza de Islandia no reside en su fútbol, algo anticuado y rudimentario, sino en la modestia de sus futbolistas y en el ruido de su hinchada. Un país de 333.000 habitantes, con apenas 100 jugadores que viven solo del fútbol, ha encontrado su hueco entre los 8 mejores equipos de Europa. A veces, el deporte es también una aproximación a lo imprevisto.

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Jorge Rodríguez Gascón.

España aniquila su leyenda

Antón Castro / La química del gol

españa fuera de la eurocopa

La Roja fue superada por Italia, 2-0, que ganó por ambición, rapidez, sentido táctico y mentalidad. El partido ratifica el fracaso de Brasil y parece el fin de un ciclo de fútbol maravilloso y épico. 

 ¡Qué día tan triste en París! Allí, a media tarde y bajo un leve aguacero, quizá como el del poema de César Vallejo, se consumó el ‘sorpasso’: España cayó ante Italia, que se la tenía jurada, porque no jugó bien sus bazas. Le faltó mentalidad y entró dormida al partido. Ahí los italianos dieron una lección: se organizaron bien, sabían a qué iban a jugar y con quién, y tuvieron dos o tres velocidades más y un deseo contumaz de ganar, de ajustar cuentas. España no se encontraba e Italia, con sus movimientos, con su claridad y con su ambición, la dejó en evidencia: la selección de Del Bosque estuvo desarbolada y pareció un equipo sin garra, lento, lánguido, justo lo que había que evitar ante los italianos; la languidez, la melancolía, la molicie, el derrotismo.

Los pupilos de Conte -encorajinado, guerrillero y hambriento de gloria- fueron más que futbolistas bravos, que manejan los codos como pocos: desarmaron a España con aperturas a las alas, con circulación rápida de balón y con claridad de ideas. Ayer De Rossi, que siempre había sido el protector feroz de Pirlo, se reencarnó en el cerebro milanista y juventino y empezó a servir a los costados con rapidez y precisión. Parecía otro: también él sabía exactamente qué debía hacer y en qué momento.

España, en la primera parte, estuvo al borde del naufragio absoluto. Y el gol adverso llegó de una falta rigurosa a cuyo rechace los italianos reaccionaron antes, a pesar de la buena parada de David de Gea, el mejor futbolista español de largo. Llegó antes Chiellini, un futbolista veterano que conoce su oficio y que no se duerme en los laureles de los héroes refinados. Los mejores jugadores del planeta son un poco peores si no corren, si descuidan los detalles, si se vuelven perezosos o blandos, y están superados por el susto. El primer tiempo dejó un mal sabor de boca tremendo. Y hasta el propio Del Bosque personificaba el desconcierto como nunca: el desconcierto, el enojo, los aspavientos. Inferecuente en él.

Con todo, la mejor noticia es que España llegó con vida y con esperanzas a la segunda mitad. No le sobraba ni coraje ni lucidez pero pronto se vio que mejoraba levemente. Este segundo acto, sin recuperar el buen pulso de los primeros días, hacía concebir esperanzas, aunque los italianos tenía clara su misión: al menor despiste, zurriagazo al contragolpe, verticalidad, presión arriba, asalto a los cielos.

David de Gea –excepcional– sostuvo al equipo en los momentos duros, detuvo otro ataque que hubiera acabado con el partido, y España vio las orejas al lobo y se afirmó en ese detalle para jugar mejor, para tomar el mando y para buscar el empate, que debió haber llegado en las botas de Piqué, en cabezazos de Sergio Ramos y Aduriz, en un pase en profundidad de Silva. Del Bosque hizo algunos cambios: sentó a Nolito, ayer casi nefasto y confuso, desbordado y sin rigor defensivo, por Aduriz, que tuvo la mala suerte de lesionarse. Del Bosque cometió un error extraño: mandó a Morata, que mejoró mucho en la segunda mitad, al banquillo, justo en el momento en que se hacía dueño del costado izquierdo del área. Dio entrada a Lucas Vázquez, que dio la sensación de haber sido muy desaprovechado: tiene regate, frescura y ese descaro propio de los extremos indómitos. Andrés Iniesta compareció poco, a pesar de algún disparo y de alguno de sus regates de ‘Estudio Estadio’. España acusó otra flaqueza: ausencia de liderazgo y de carácter.

Con todo, más por ímpetu que por auténtico juego, pudo haber igualado el choque. Cuando aceleraba sus acciones, parecía que todo era posible, pero la profesionalidad de los italianos es indiscutible. El árbitro les echó una mano en pequeños detalles: el mamporro de Motta a Lucas Vázquez fue de lo más evidente.

España no perdió por eso. Antonio Conte le ganó la batalla táctica a Vicente del Bosque. Preparó mejor el partido y contagió  codicia, rasmia, compromiso y sentido histórico a los suyos.

Quizá con el partido de ayer, que ratifica en cierto modo el desastre de Brasil, sí puede decirse que finaliza un ciclo maravilloso de felicidad y éxitos. Tal vez sea el fin de Vicente del Bosque. Este ciclo glorioso concluye casi  donde empezó. Nuestro juego ideal y preciosista, copiado y elogiado en todo el planeta, sucumbió ante el coraje y la fe de Italia, pugnaz hasta la extenuación. No solo es el momento de volver a empezar, sino de volver a pensar.

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(*) Este artículo se publicó en Heraldo de Aragón el martes 28 de junio de 2016.

Ibrahimovic, el delantero que quiso ser leyenda

Antón Castro / La química del gol

El extraordinario ariete sueco, uno de los nombres más pregonados de la competición, dijo adiós a la Eurocopa y a su selección tras caer eliminado ante Bélgica. 

zlatan ibrahimovic

Zlatan Ibrahimovic, uno de los mejores futbolistas europeos de todos los tiempos, se va de la Eurocopa por la puerta falsa: Suecia cayó eliminada, perdió por la mínima ante la Bélgica de De Bruyne y Hazard y él, que ha estado en el torneo con más pena que gloria, ha anunciado que abandona la selección. No es la primera vez que lo dice y lo hace: lo hizo dos veces y regresó, aunque ahora avanza hacia los 35 años. Ganador de todas las Ligas en las que ha participado –Holanda, Italia, España y Francia-, su paso por el combinado amarillo ha sido demasiado discreto para quien se ha considerado “el Dios del fútbol” y “el mejor futbolista del mundo”. Heredero de Van Basten, que le recomendaba que jugase para él y que lo consideró un maravilloso espectáculo de 1.95 metros, y de su paisano Henrik Larsson, pasará a la historia como uno de los personajes más peculiares de este deporte: en la línea de George Best, Paul Breitner, Di Stéfano o Paul Gascoigne, por citar algunos nombres.

Hijo de una familia de emigrantes bosnio-croatas, con seis hijos, nació en Malmö, Suecia, en 1981 y fue un muchacho de la calle, al que le apasionaba violar la ley por pura diversión. Fue ladrón de bicicletas, desvalijaba coches y le encantaba exhibir sus puños; las peleas, de un modo u otro, han formado parte de su vida. Parecía ir para púgil de boxeo o para campeón de artes marciales, pero también jugaba al fútbol. Vieron lo que hacía, regates y disparos increíbles, y lo llamaron. De inmediato demostró sus habilidades: tenía una elasticidad de gimnasta, mucha técnica y era capaz de marcar tantos de fantasía. De infantil o de juvenil ya poesía las virtudes que lo harían famoso. Empezó en el Malmö, pero no tardó en dar el salto al Ajax, donde tendría de entrenadores a Ronald Koeman, a Van Basten, que fue su referencia y su mejor consejero, y a Louis Van Gaal, a quien le destinó su insolente locuacidad: “Es un dictador sin sentido del humor”. Tenía tanta personalidad que increpaba a sus compañeros por sus fallos.

Siempre fue un tipo divertido y a la vez difícil, admirador de Cassius Clay y de su ingenio verbal, pero también de un narcisismo insoportable y a menudo grotesco y violento. Allá donde ha ido lo ha dejado claro: con él delante (como dijo Jorge Guillén del encanto de Federico García Lorca), no hacía frío ni calor, solo hacía Zlatan Ibrahimovic. Su carácter es tan poderoso e irreductible que en 2012 la Academia Sueca de la Lengua aceptó el neologismo “zlatanear”, que significa “dominar con fuerza”. Ibrahimovic no ha pasado inadvertido en ningún equipo: jugó dos campañas en la Juve y logró dos ‘scudettos’, de los que fue despojada la ‘Vecchia Signora’ por compra de partidos; pasó al Inter y logró tres ligas más y otros torneos menores. Y en 2009 dio el salto al Barcelona de Pep Guardiola, con quien no se entendió. En sus memorias, ‘Yo soy Zlatan Ibrahimovic’, abundó en el binomio Mourinho-Guardiola de este modo: “Para Mourinho yo estaba muerto. Él es excepcional, muy inteligente y un motivador increíble. Guardiola daba discursos filosóficos en el vestuario, pero eso es mierda para estudiantes superiores”, y al entrenador del Barcelona, al que amenazó en un ataque de furia que hasta al propio Ibrahimovic le hubiese dado miedo (así lo confesó), le reprochó en una ocasión: “Soy un Ferrari y me conduces como un Fiat”. Por cierto, cuando llegó a Barcelona en 2009 no pudo traer su flota de automóviles, trece del máximo nivel entonces, pasión que comparte con su esposa Helena Segner, una experta en marketing, once años mayor que él.

En Barcelona solo permaneció una temporada, se marchó al Milan, al que hizo campeón de liga, y, tras dos temporadas, fichó por el Paris St. Germain, donde obtuvo cuatro títulos consecutivos y los trofeos de máximo goleador. Se despidió poco antes de la Eurocopa con algunas frases antológicas: dijo que Francia era “un país de mierda”, observó que  “me quedo si sustituyen la Torre Eiffel por una estatua mía” y ensayó un feliz epitafio: “Vine como un rey, me marcho como una leyenda”. Eso sí, con ninguno de sus equipos logró ganar la Champions.

Con Suecia debutó en 2001, y participó en dos Campeonatos del mundo: en 2002 y en 2006, y en las cuatro últimas Eurocopas. En 2008, cuando España inauguró su senda de gloria, la Roja se midió a Suecia; ganaron los nuestros e Ibrahimovic marcó el gol escandinavo. A propósito de esta competición, pronunció una de sus frases más egocéntricas: “Yo no iría a una Eurocopa en la que yo no participase”.

Verlo jugar es un abonarse a la sorpresa y al asombro. Es un rematador excepcional que ha dicho: “Si quieren pararme, tendrán que matarme”. Ha marcado goles de todas las facturas: de tacón, de trallazo impresionante, de penalti (también ha fallado algunos, impulsado por su vehemencia), de falta, de cabeza o tras una cadena de regates inconcebibles. Es profundamente egoísta y a la vez genial, tiene raptos de locura y agresividad (ha zurrado porque sí a Antonio Cassano y a Rodney Strasser, entre otros,) y es un mandón que logra que sus compañeros, por afecto o por intimidación, se pongan bajo su protección. En las redes sociales circulan resúmenes de sus goles y parecen a veces arabescos de mago, de volatinero o de trapecista, porque se mueve como nadie en las alturas. Al fin y al cabo, no solo es Dios, sino “un gran hombre de fútbol, un campeón”, como lo ha definido el belga Eden Hazard.

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*Este artículo se publicó en Heraldo de Aragón, el viernes 24 de junio de 2016.

 

España no intimidó a Croacia

Antón Castro / La química del gol

españa vs croacia (líbero)

Los balcánicos dieron la vuelta al gol de Morata (1-2) y dejaron en evidencia la lentitud española. El equipo de Del Bosque, que repitió alineación, fue víctima del cansancio y del desorden.

Que Croacia no es Chequia ni Turquía ya se sabía. Todos teníamos claro que iba a ser un partido exigente que calibraría con mayor seriedad las posibilidades de España. El choque empezó con demasiado descontrol: ellos, que habían dejado a algunas figuras en la banqueta, salieron con empuje y dinamismo, dispuestos a subir y colgar el balón de inmediato. Y España asomó un tanto fría y lenta: en poco tiempo se encadenaron fallos, más o menos leves, de Piqué, de De Gea, de Sergio Ramos y de Busquets. A la Roja le costaba encontrar el ritmo y la posesión, y los croatas parecían no echar en falta a su líder Luke Modric, el cerebro.

Estaban tan seguros los balcánicos de su juego y de su energía que Iván Rakitic se desplazó a la derecha dispuesto a penetrar por la banda y listo para detener los avances de Iniesta y sus flechas, Alba y Nolito. De repente, David Silva, el mago Merlín, cogió un balón y encadenó varios amagos hasta que dejó un balón inesperado y sutil, un milimétrico pase interior a Cesc Fábregas: este tocó, envió el regalo a Morata y el ariete marcó con la izquierda.

La jugada fue todo un prodigio de precisión, de sutileza y de confianza. Silva demostró ahí porque es tan bueno y porque se le considera el ‘Messi’ de la selección. El canario se entusiasmó, se sintió a gusto e importante y creó varias ocasiones, incluso se permitió lanzar un balón envenenado desde lejos, él, a quien tanto le cuesta soltar la pierna.

España desarboló a su rival durante quince minutos: con el balón en la bota, no tenía adversario y los croatas parecían condenados a correr y correr. Rog, Srna y el joven Jedvaj se defendían como podían, pero España perdió precisión, adormeció el ritmo, suavizó su ambición y Croacia empezó a jugar mejor. Avanzaba por los costados y por el centro. Empezó a dominar y a meter el miedo en el cuerpo. Poco a poco, ante el paulatino despiste de los nuestros y la evidente  desaparición de Iniesta, fundido e intrascendente, de Silva, de Fábregas, se adueñaron del partido comenzaragon a exhibir un balompié de impacto rápido. Vertical.

España daba muestras de desconcentración y de despiste y, sobre todo, de lentitud. Esa tónica en realidad se mantuvo casi siempre. Anoche ni la suerte estuvo con los españoles: Sergio Ramos falló un penalti que no fue y Piqué tuvo que emplearse muy fondo. Corrigió el vacío de Juanfran y se mostró majestuoso, incluso estuvo a punto de detener el disparo letal de Ivan Perisic, que no paró de husmear el área española todo el tiempo. España era una perfecta desconocida: sus virtuosos se habían desconectado. Los cambios no fueron determinantes: Aritz Aduriz sustituyó a un pendenciero ayer Morata, Bruno Soriano aportó solidez al centro del campo y el cambio de Thiago Alcántara, para controlar el balón, no sirvió de nada.

Croacia se mostró como un gran conjunto. Vibrante y pundonoroso, con fe en sí mismo, que no se asusta de un resultado adverso y que sabe muy bien a lo que juega. No se amilanó ante el nombre del España. Asfixió su centro del campo y le puso dos o tres marchas más de velocidad al juego y mostró orientación y capacidad de despliegue y repliegue. El resultado adverso condena a los nuestros al mayor esfuerzo: deberá tumbar a Italia para seguir y, en ese caso, debería enfrentarse a Alemania o Francia. España careció de fluidez, de un poco de soberanía y orden en defensa, control en la media, y le faltó una buena transición de balón y velocidad. Se ha metido en un pequeño atolladero y volverá a enfrentarse a Italia, que tiene unas cuantas cuentas pendientes con Del Bosque y sus chicos.

Al técnico español, por una vez, y desde luego a posteriori, cabe reprocharle que no haya dado descanso a sus estrellas. A Iniesta, que hará mucha falta en el futuro. A Cesc. A Silva. Al propio Ramos. Los croatas sí lo hicieron. Y quizá haya que reprocharle que aún no ha entrado en acción otra arma necesaria en ataque: las carreras, los centros y la frescura de Lucas Vázquez.

El resultado de ayer dejó otro sinsabor: España perdió su poder intimidatorio y se reveló frágil.

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*Este artículo se publicó en Heraldo de Aragón, el miércoles 22 de junio de 2016.

Juanfran, el valor esencial de los modestos

Antón Castro / La química del gol

El lateral, que antes había sido extremo, es un ejemplo de adaptación y de integración en el bloque de Del Bosque

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En un buen equipo no solo son importantes las figuras. Un conjunto sólido empieza por sus hombres modestos. Jorge Valdano, que tanto bien le ha hecho al fútbol con su visión teórica y sus nomenclaturas, se aplicó a sí mismo un término más que interesante: ante la grandeza de Maradona o la de Burruchaga, bastante menor que la del Pelusa, él se sentía “un jugador complementario”. Un bloque empieza a armarse en los futbolistas inadvertidos, casi sin fama, que hacen bien su trabajo y que se vuelven tan necesarios como las piezas invisibles de un mecanismo de relojería.

En España, el jugador humilde por excelencia, más que Jordi Alba, Nolito o Pedro, es sin duda Juanfran Torres. Un futbolista alicantino que se inició en el Real Madrid, que jugó en el Español y Osasuna y que se ha hecho imprescindible en el Atlético de Simeone. Él, con el capitán Gabi, encarna el entusiasmo, la pasión por el juego, el coraje y el afán de vencer. Pertenece a ese grupo de extremos que acabaron retrasando su posición: como Rifé, como Lasa (aquel lateral del Real Zaragoza, del Granada y del Bilbao) o Salgado, pongamos por caso. Hay un instante en que el equipo tiene un apuro y realiza una prueba inesperada: fue Gregorio Manzano quien le retrasó de posición y fue Simeone quien le dijo que ahí iba a ser determinante. Dicho y hecho.

Juanfran Torres veía jugar a Dani Alves o a Lahm, quizá hubiera visto antes a Cafú, y se dio cuenta de lo importante que es su demarcación en el equipo y de las posibilidades que tiene un lateral o carrilero. Llega al fondo muchas veces, ayuda en el ataque, se desdobla y, además, debe saber retroceder. Juanfran es un perfeccionista y un profesional como la copa de un pino: desde los primeros días demostró que sabía marcar encima, que no concedería metros a sus adversarios y que iba a ser un auténtico hueso; Cristiano Ronaldo en más de una ocasión se encontró con su pundonor, con su compromiso, con su velocidad y con su sentido de la colocación; al atleta de Madeira si hay alguien a quien le cuesta el cielo y el infierno rebasar, el primero en la lista es Juanfran Torres.

Dicen de él que es puro optimismo. Ilusión. Brega. Cree en sí mismo: lo demostró ante el PSV, marcando su penalti e incluso cuando lo falló ante el Real Madrid, en la final de la Champions. Quizá se sintiese un poco intimidado por Keylor Navas y golpeó con imprecisión. Si hubiese marcado, el Atlético habría podido competir un poco más, pero a lo mejor hubiera cedido igualmente. Juanfran mandó una carta a los aficionados, lo cual demuestra su bonhomía, su angustia y su respeto. Y confesó que aquel fue “uno de los días más tristes de mi vida”. El gesto le honra: el fútbol es algo más que dinero, turbiedades de agentes o relatos de amaños y apuestas. El fútbol también revela el tamaño del corazón.

Juanfran debutó con la selección en mayo de 2012 ante Serbia. Estuvo convocado en la Eurocopa de Polonia y Ucrania-2012, en la que ganó nuestra selección, pero no jugó. También estuvo en el Mundial de Brasil-2014; en aquella desdichada competición jugó ante Australia, y la Roja venció 3-0. Ahora está en Francia y es el motivador, el hombre jovial que anima a todos. Representa la furia y el convencimiento. Es consciente de que España dispone de una gran oportunidad y que tampoco a él le quedan muchas ocasiones. Tiene 30 años y está en plena madurez: física, mental, y se ha fortalecido en sabiduría y experiencia. Se ha ganado su sitio y el cariño de sus compañeros y del míster. Es impetuoso, inteligente, constante, se asocia como pocos, y es un futbolista de equipo que conoce a las mil maravillas qué se le pide a un lateral moderno: defender, ayudar en las transiciones, colaborar en el despliegue con David Silva y ajustar el centro. Y ahí está: lo hace. Lo ansía, se desvive por lograrlo. Da gusto verlo jugar. Puede resultar deslavazado, pero cuando se le contempla con atención y se repasan sus 90 minutos queda una cosa muy clara: lo hace casi todo bien. O, mejor aún, lo hace muy bien con la dignidad de la clase obrera.

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* Este artículo se publicó en Heraldo de Aragón, el viernes 17 de junio de 2016.

Foto: El País.

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Iniesta, el artista sencillo de España

Antón Castro / La química del gol

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Enrique Costas fue un medio del Celta, del Barcelona y de la selección de los años 70, que rivalizó con Violeta, ‘el león de Torrero’. Definió así a Andrés Iniesta (Fuentealbilla, Albacete, 1984): «Es casi imposible saber qué es mejor, futbolista o persona. De hecho, es un detalle irrelevante. Es un número uno en todo». Luis Suárez, el centrocampista del Barcelona y del Inter y el diez inolvidable que ganó la Eurocopa de 1964, fue así de sutil: «Lo que hace con el balón siempre es trascendente». Eusebio Sacristán, centrocampista de talento y entrenador, ensayó un preciso retrato futbolístico: «Es imaginación, técnica depurada, habilidad, manejo del espacio, manejo del tiempo, visión periférica, intuición. Disfruta jugando y lo hace con una sencillez y naturalidad que emociona».

La maravilla de ser y jugar

Podríamos seguir buscando citas y opiniones, pero casi todas coinciden: Lionel Messi ha afirmado que «Iniesta lo hace todo bien, disfruto viéndole jugar y entrenando con él»; Marco van Basten, el Nijinsky del área, dijo que era más importante en el juego del Barcelona que el citado Messi, Suárez o Neymar. Todos se rinden a su talento: en Francia, tras la victoria española del lunes y su recital, sus compañeros dicen que encarna «la maravilla» y que jugar a su lado «es excepcional».

Podría parecer una exageración acerca de un juego que pasa del suelo al cielo, del infierno a la rutina o al sueño inefable. Lo que sucede es que Iniesta es distinto: es de otra química. Es, antes que nada, un ser humano especial: cuidadoso con todos, humilde sin afectación, el enigma dulce, detallista y tocado por una sencillez que le concede carta de naturaleza para ser el elegido. El elegido para marcar el impresionante gol de Stamford Bridge ante el Chelsea de un inapelable y milagroso trallazo; el elegido para culminar el sueño de toda una generación en el minuto 116 en Sudáfrica, cuando la Roja se coronó campeona del mundo, y rendir homenaje a su amigo, y rival en el Español, Dani Jarque, fallecido hacía no demasiado tiempo. Iniesta es el elegido en las grandes ocasiones: recuerden, entre decenas de tardes y noches de emoción, su gran partido ante los gigantes del Sevilla o Chequia.

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Iniesta es algo más que un futbolista especial: es el jugador natural, hermoso de ver, el virtuoso grácil o tal vez místico, el director del choque que él, con sus gestos y con su cambio de ritmo, con su melodía escondida y su sentido de la pausa, convierte en un concierto. Es el artista inspirado y sutil, sencillo, que no precisa aspavientos. Impone, sin violencia alguna, suavidad y armonía y aceleración. Su cabeza erguida vislumbra más allá de lo visible. En el choque ante Chequia hizo lo que había que hacer. Arriesgó, esperó que sus compañeros se escalonasen en ataque, escondió el balón, lo subió, lo sirvió a su extremo o a ese vendaval entusiasta y a veces desordenado que es Jordi Alba. Y salía con media sonrisa de los obstáculos: tumbaba checos el lunes como había sorteado sevillistas días atrás. Sirve, pica, pincha o profundiza con su regate depurado. Desborda con la derecha hacia la izquierda, recoge con la zurda y ofrece el pase letal. Y ese proceder, que hace pensar en Michael Laudrup, se llama «el regate de las cuerdas». Todos saben que va a hacer eso, ah, sí, es cierto, pero, ¿en qué instante o centésima de segundo lo hará con la perfección máxima?

La empatía  y fervor del público

Andrés Iniesta debutó en la selección en Albacete contra Rusia en 2006. A los 22 años. Y ahora, 10 años después, con el 6 a la espalda, está mejor que nunca. Posee sabiduría, exquisitez, sentido del juego, elegancia y, lo que aún es más importante porque exalta su modestia y su condición ejemplar, corre como un adolescente o un principiante. Ante Chequia dio el 91 % de pases bien; si tenemos en cuenta que son trazos límpidos y profundos es fácil de asimilar su compromiso y su apetito de mejora. El fútbol no solo es de magos silenciosos como él, único en la historia probablemente, sino de gladiadores que ayudan en la retaguardia y él se pone el mono de faena como el que más. Ha aprendido a hacer faltas tácticas. Este año quizá haya sido uno de las campañas más exigentes en cuanto a esfuerzo.

No ha acusado los 32 años ni más de doce temporadas al máximo nivel. Al contrario. Ahora mismo es el jugador español que posee más títulos, 31, que ha sido coronado aquí y allá y que tiene el favor y el fervor del público. Y a él, como arquitecto de espacios y malabarista tranquilo, se agarran Del Bosque y España para presentar su candidatura a todo. Andrés Iniesta posee otro don: la empatía con el balón, que se humaniza ante él y se siente su amigo más inseparable.

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* Este artículo se publicó en Heraldo de Aragón, el miércoles 15 de junio de 2016.
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Foto 1: amazona.news.com. Foto 2: goal.com