Del Bosque y la cara de acelga

del bosque se enfada

En ocasiones, una selección desprende señales contradictorias. Tengo la sensación de que sucede a menudo con España. A veces, veo que el balón circula con absoluta fluidez, que el juego propone una bonita sinfonía de pases. Descubro la suavidad de Iniesta, la imaginación de Silva, el liderazgo de Ramos, el pase con sentido de Busquets. Me entusiasmo con la velocidad de la circulación, disfruto con la proximidad de un gol gestado con paciencia. En ese momento, cuando los jugadores españoles han aplazado el remate con cierta arrogancia, aparece un defensor rival. Suele tener aspecto de ladrillo y no muestra ninguna compasión en el despeje. Él ha sido incapaz de valorar la belleza de la jugada y la ha interrumpido con media sonrisa, con la maldad de quien destroza un castillo de arena.

Entonces, observo el rostro de Del Bosque, un técnico que ha construido su fama a través de la fidelidad a un estilo. El salmantino frunce el ceño y abre los orificios de la nariz como si tratara de dar salida a un mosquito. Agita los brazos contrariado y murmura una orden que se convierte en algo parecido a una maldición: “¡Tira, joder!”. Sospecho que en ese momento al técnico le gustaría tener un mediocampista de corte inglés, de esos que no piden permiso para disparar de lejos. Por un instante, un tipo tranquilo y cordial altera su gesto y busca la complicidad de sus asistentes. Medita sacar a un delantero, a un mediocampista plano como San José o adelantar la posición de Piqué, un recurso que se interpreta como una medida desesperada. Para incrementar el enfado del técnico, Sergio Ramos ha decidido responder al pelotazo del rival con otro desplazamiento en largo, que no tiene otro sentido que el de evitar un agobio inexistente. Busquets, que le había ofrecido su apoyo en corto, mira a Ramos con cierto asombro. A Del Bosque, que ha observado la jugada en primer plano, se le ha puesto cara de acelga.

Segundos después, y casi milagrosamente, el esférico cae en pies de Iniesta. El manchego es capaz de convertir el fútbol en un ejercicio de delicadeza. Acostado en la posición de interior, con la complicidad de Silva y Jordi Alba, Iniesta planifica el siguiente movimiento. Propone atajos con un giro inesperado, deja atrás a las multitudes que le siguen  y encuentra una solución que siempre mejora la jugada. Después de contemplar el quiebro de Iniesta, a Del Bosque se le intuye una sonrisa. Piensa entonces que su arrebato ha sido exagerado. Recuerda que en Inglaterra se envidia el passing game de los españoles y ensaya una sentencia en su cabeza: “el estilo nos da mucho más de lo que nos quita”. A esa conclusión no le ha llevado una magnífica secuencia de pases o el rostro cansado de los rivales, que persiguen el balón con impotencia. A esa deducción ha llegado a través del regate sigiloso de Andrés Iniesta.

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Jorge Rodríguez Gascón.

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Foto: periodistadigital.com

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(*) Con el regreso de Iniesta, recupero un texto de la Eurocopa. Sirve también para explicar la crisis de juego del Barcelona, que ha olvidado los fundamentos de su propuesta. En un momento en el que el Barça deja demasiadas cosas al azar, Iniesta debería ser la solución a los problemas. Ningún futbolista ha interpretado mejor una idea, desde la pausa, el silencio y la inspiración.

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Iniesta, el artista sencillo de España

Antón Castro / La química del gol

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Enrique Costas fue un medio del Celta, del Barcelona y de la selección de los años 70, que rivalizó con Violeta, ‘el león de Torrero’. Definió así a Andrés Iniesta (Fuentealbilla, Albacete, 1984): «Es casi imposible saber qué es mejor, futbolista o persona. De hecho, es un detalle irrelevante. Es un número uno en todo». Luis Suárez, el centrocampista del Barcelona y del Inter y el diez inolvidable que ganó la Eurocopa de 1964, fue así de sutil: «Lo que hace con el balón siempre es trascendente». Eusebio Sacristán, centrocampista de talento y entrenador, ensayó un preciso retrato futbolístico: «Es imaginación, técnica depurada, habilidad, manejo del espacio, manejo del tiempo, visión periférica, intuición. Disfruta jugando y lo hace con una sencillez y naturalidad que emociona».

La maravilla de ser y jugar

Podríamos seguir buscando citas y opiniones, pero casi todas coinciden: Lionel Messi ha afirmado que «Iniesta lo hace todo bien, disfruto viéndole jugar y entrenando con él»; Marco van Basten, el Nijinsky del área, dijo que era más importante en el juego del Barcelona que el citado Messi, Suárez o Neymar. Todos se rinden a su talento: en Francia, tras la victoria española del lunes y su recital, sus compañeros dicen que encarna «la maravilla» y que jugar a su lado «es excepcional».

Podría parecer una exageración acerca de un juego que pasa del suelo al cielo, del infierno a la rutina o al sueño inefable. Lo que sucede es que Iniesta es distinto: es de otra química. Es, antes que nada, un ser humano especial: cuidadoso con todos, humilde sin afectación, el enigma dulce, detallista y tocado por una sencillez que le concede carta de naturaleza para ser el elegido. El elegido para marcar el impresionante gol de Stamford Bridge ante el Chelsea de un inapelable y milagroso trallazo; el elegido para culminar el sueño de toda una generación en el minuto 116 en Sudáfrica, cuando la Roja se coronó campeona del mundo, y rendir homenaje a su amigo, y rival en el Español, Dani Jarque, fallecido hacía no demasiado tiempo. Iniesta es el elegido en las grandes ocasiones: recuerden, entre decenas de tardes y noches de emoción, su gran partido ante los gigantes del Sevilla o Chequia.

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Iniesta es algo más que un futbolista especial: es el jugador natural, hermoso de ver, el virtuoso grácil o tal vez místico, el director del choque que él, con sus gestos y con su cambio de ritmo, con su melodía escondida y su sentido de la pausa, convierte en un concierto. Es el artista inspirado y sutil, sencillo, que no precisa aspavientos. Impone, sin violencia alguna, suavidad y armonía y aceleración. Su cabeza erguida vislumbra más allá de lo visible. En el choque ante Chequia hizo lo que había que hacer. Arriesgó, esperó que sus compañeros se escalonasen en ataque, escondió el balón, lo subió, lo sirvió a su extremo o a ese vendaval entusiasta y a veces desordenado que es Jordi Alba. Y salía con media sonrisa de los obstáculos: tumbaba checos el lunes como había sorteado sevillistas días atrás. Sirve, pica, pincha o profundiza con su regate depurado. Desborda con la derecha hacia la izquierda, recoge con la zurda y ofrece el pase letal. Y ese proceder, que hace pensar en Michael Laudrup, se llama «el regate de las cuerdas». Todos saben que va a hacer eso, ah, sí, es cierto, pero, ¿en qué instante o centésima de segundo lo hará con la perfección máxima?

La empatía  y fervor del público

Andrés Iniesta debutó en la selección en Albacete contra Rusia en 2006. A los 22 años. Y ahora, 10 años después, con el 6 a la espalda, está mejor que nunca. Posee sabiduría, exquisitez, sentido del juego, elegancia y, lo que aún es más importante porque exalta su modestia y su condición ejemplar, corre como un adolescente o un principiante. Ante Chequia dio el 91 % de pases bien; si tenemos en cuenta que son trazos límpidos y profundos es fácil de asimilar su compromiso y su apetito de mejora. El fútbol no solo es de magos silenciosos como él, único en la historia probablemente, sino de gladiadores que ayudan en la retaguardia y él se pone el mono de faena como el que más. Ha aprendido a hacer faltas tácticas. Este año quizá haya sido uno de las campañas más exigentes en cuanto a esfuerzo.

No ha acusado los 32 años ni más de doce temporadas al máximo nivel. Al contrario. Ahora mismo es el jugador español que posee más títulos, 31, que ha sido coronado aquí y allá y que tiene el favor y el fervor del público. Y a él, como arquitecto de espacios y malabarista tranquilo, se agarran Del Bosque y España para presentar su candidatura a todo. Andrés Iniesta posee otro don: la empatía con el balón, que se humaniza ante él y se siente su amigo más inseparable.

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* Este artículo se publicó en Heraldo de Aragón, el miércoles 15 de junio de 2016.
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Foto 1: amazona.news.com. Foto 2: goal.com