PACO JÉMEZ, EL RETRATO DE UNA IDEA

“El Rayo ha demostrado que se puede jugar bien al fútbol, que se puede ser intenso y competitivo, a pesar de ser humilde”. [1]

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Paco Jémez lleva cuatro temporadas en Vallecas, en las que ha hecho del Rayo un equipo admirable. Ha construido una plantilla con una identidad propia, capaz de aparecer entre los tres clubes con mayor posesión de Europa. Para su equipo es la fórmula que permite creer en la permanencia. Ahora afronta el tramo decisivo de la competición con la seguridad de que seguirá jugando a lo mismo, sin prestar atención a su rival. No es una garantía de éxito, porque la lucha por evitar el descenso implica a muchos equipos y los resultados dependen de factores que no siempre se pueden controlar. Pero para Jémez sí parece una propuesta innegociable, al considerar que tener el balón es, entre otras cosas, la forma más eficaz de limitar el ataque del rival. Esta noche el Rayo se medirá al Barcelona en Vallecas, en uno de esos partidos que ilusionan a los aficionados.

Es difícil imaginar a Jémez como el pegajoso central que fue cuando ves jugar a sus equipos. Él pertenecía a una tradición de defensor totalmente distinta a la que se valora en el fútbol moderno. No tenía grandes recursos para sacar el balón jugado, pero siempre cuidaba el marcaje. Llegó a ser internacional en 21 ocasiones y jugó 16 temporadas como profesional, en las que pasó por Córdoba, Murcia, Coruña, Zaragoza, Sevilla, Lugo y Vallecas. Se inició como entrenador en el club que le hizo debutar también como futbolista, el Córdoba, donde consiguió un ascenso a Segunda División. Siguió su formación en Cartagena y  en Las Palmas, hasta firmar por el Rayo en 2012. En sus temporadas en Madrid ha conseguido evitar el descenso y ha hecho de Vallecas un campo incómodo para los rivales. Eso le ha permitido superar las dificultades económicas y la venta constante de los mejores jugadores: Diego Costa, Piti, Leo Baptistao o Aberto Bueno. En momentos de escasez, Jémez ha descubierto a futbolistas de gran proyección, como Jozabed, Embarba o Lass Bangoura.

En el campo, Roberto Trashorras parece ser el portavoz de su técnico. El capitán del Rayo se formó en la escuela del Barcelona y también pasó por el filial del Madrid. Ahora, disfruta de sus años de madurez en un club modesto, a las órdenes del entrenador que mejor le ha entendido. Esa complicidad entre el mediocentro y Jémez refleja una visión similar del juego. Trashorras resume su relación con una sentencia reveladora: “Paco Jémez me ha hecho ser mejor futbolista”.

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Jémez es un tipo pasional, incapaz de no decir lo que piensa y propenso a reacciones exageradas. Vive el fútbol al borde de la taquicardia y acostumbra a abroncar a sus jugadores cuando pegan un pelotazo innecesario. Jémez es consciente de que su prestigio como técnico reside en su fidelidad a una propuesta. Pero también sabe que la ley que decide el fútbol es la que dicta el marcador: “Me importa una mierda tener el 74% de la posesión si cada vez que nos llegan nos marcan gol”. En alguna ocasión ha afirmado que no le gustan los empates: considera que para los equipos que pelean por la salvación, sumar de uno en uno es insuficiente. Aún así, es capaz de valorar la actuación de sus jugadores más allá del resultado. Hace unas semanas el Rayo empató en el Molinón ante un rival directo como el Sporting. Fue uno de los mejores partidos de la temporada; un bonito intercambio entre dos equipos que juegan al fútbol sin complejos. Tras el 2-2 final, Jémez resumió las virtudes de su Rayo: “Hoy me voy inmensamente satisfecho, porque he visto en el campo un equipo con personalidad. Un equipo que podrá ganar o perder, pero que me hace sentir y disfrutar. Y para mí es lo más importante. Hace ya muchos años, cuando me hice entrenador, eso es lo que perseguía”.

De Paco Jémez se suele decir que su valentía le convierte con frecuencia en un técnico temerario. El sistema de su equipo conlleva riesgos, sobre todo frente a rivales que tienen potencial para aprovechar sus lagunas defensivas. Ante la dificultad, Jémez encuentra soluciones confiando más que nunca en sus principios: “La cuestión es cuánto eres capaz de arriesgar para llevar adelante tus ideas, especialmente cuando las cosas no salen como quieres”.

En el tramo final de temporada, el Rayo luchará por evitar el descenso. Lo hará con el juego que le ha hecho especial en los últimos años; el fútbol que siente Paco Jémez. En realidad, no es solo una declaración de ideales: “Quiero solo los puntos que me merezco”. También es un ejercicio de pragmatismo: “Si yo tuviera la más mínima intuición de que colgados del larguero sacaríamos algo bueno, lo haríamos”.

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Jorge Rodríguez Gascón.

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Foto 1: ligabbva.com. Foto 2: marca.com / José A. García.

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[1] Paco Jémez entiende que el fútbol está en constante evolución. Le gusta hacer pensar al jugador y por eso prepara alrededor de 900 ejercicios diferentes cada temporada, en los que propone situaciones similares a las que se dan en los partidos. En sus ensayos siempre proclama su fidelidad al balón, hasta cuando habla con su portero: «Al portero le digo: ‘Mira, Toño, cada vez que te llega el balón lo tenemos nosotros. ¿Verdad?’ ‘Sí’. ‘Pues cada vez que le pegas para arriba, ¿de quién es el balón?’ ‘Pues no lo sé’. ‘¿A que tampoco sabes cuál es el balón que te va a costar el partido y cuál el que te va a hacer ganar? Entonces cuidaremos todos los balones que tengamos’».

THIAGO SILVA HACE VOLAR AL PSG

El Paris Saint Germain consiguió el pase en Stamford Bridge en una declaración de ideales, un ejercicio futbolístico que ejecutaron los parisinos con buen gusto, pundonor y coraje. El equipo que dirige Laurent Blanc se sobrepuso a la tempranera expulsión de Ibrahimovic y supo reaccionar cuando la eliminatoria estaba en su contra. Thiago Silva cometió el penalti que ponía al Chelsea por delante en la prórroga y enmendó su error con un testarazo a la red de Courtois.

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Si algo se le podía achacar al Paris Saint Germain, un equipo construido por la maquinaria económica del jeque Nasser Al-Khelaïfi, era que le faltaba su gran bautismo europeo. Se le podía reprochar también que le faltó carácter en las eliminaciones de las últimas temporadas, ante el Chelsea y el Barcelona. Pues bien, su partido en Stamford Bridge solventó de un plumazo todas las dudas que su generaba su juego, especialmente en los grandes escenarios. Su orgullo y su amor propio quedó reflejado en la figura de sus centrales: David Luiz y Thiago Silva, los autores de los goles que sellaron la reacción del conjunto galo. El Chelsea se empeñó en que no se jugara a nada, y olvidó que también tiene armas para atacar y no solo para resguardarse. No hubo noticias de Cesc en la circulación, no apareció Hazard para desequilibrar y Diego Costa se perdió en riñas con David Luiz. Por el contrario, cobraron protagonismo Matic y los guardianes de la zaga blue (Ivanovic, Terry, Cahill y Azpilicueta), los verdaderos hombres de confianza de Mourinho. Y con el Chelsea entregado a la pizarra de Mou, la media del PSG aceptó el protagonismo que concede el balón. Verratti, Motta y Pastore se juntaron en el medio y combinaron con exquisita precisión. Entre Verratti y Motta se reparten los papeles en la dirección del juego. Thiago Motta es un jugador de escuela, de esos que le da criterio a la circulación. Marco Verratti imprime su sello en cada pase. El menudo mediocampista italiano es un futbolista osado, de gran personalidad, que destaca en la lectura del juego. Tiene plena confianza en sus recursos técnicos y posee la facilidad de saltar la presión con un regate sutil o un pase medido. También entendió bien el partido Pastore, que acudió a generar superioridades en el medio e inquietó a Ivanovic desde el costado izquierdo. Por ese carril se desplegaba también Maxwell, un lateral fino y aseado, que sigue dando soluciones por más que pasen  los años. El trotón Matuidi cubría las espaldas y se aproximaba al balcón del área. Se ofrecía Cavani y jugaba de cara Ibrahimovic, que en el minuto 32 fue víctima de un error de bulto del colegiado. El balón quedó largo e Ibrahimovic llegó tarde en la disputa con Óscar, pero recogió las piernas visiblemente para moderar su entrada. Óscar exageró el golpe y los futbolistas del Chelsea fueron en manada a por el árbitro. Bjorn Kuipers cayó en la trampa y expulsó a Ibrahimovic. No se inmutó el PSG y siguió fiel a su plan de juego, basado en el buen trato del balón. Tampoco dio un paso hacia delante el Chelsea, que mereció la eliminación porque no presentó ningún argumento ofensivo. Jugó demasiado preocupado de proteger a Courtois, sin imaginación en el juego ni voluntad de herir al rival.

1426094599_130686_1426105263_album_grande El ideario de Mourinho viene avalado por un glosario de títulos, pero posee tantos apartados dedicados a los sistemas defensivos que olvida que el fútbol también es un juego basado en la improvisación y en el ataque. Darle un resultado a favor es darle una ventaja que se ha de conservar, que bajo ningún concepto se puede estirar más, si eso exige arriesgarse. Y esa fue la tumba del Chelsea en Stamford Bridge: un planteamiento basado en la precaución y la cobardía. El equipo inglés no quiso  sentenciar a un rival fatigado, que jugó noventa minutos en inferioridad numérica y lo pagó con la eliminación. El PSG, por otra parte, buscó la victoria sin reservas, con la pasión y la urgencia que impone un resultado adverso. El equipo parisino solo dejó de trenzar jugadas cuando Verratti tuvo que pedir el cambio, en los minutos finales del tiempo reglamentario. Minutos antes había tenido el gol en las botas de Cavani. Verrati salió de la presión con un giro plástico y cedió para Pastore. El mediapunta argentino atendió a la llegada de Cavani y el disparo del uruguayo se topó con la madera, después de sortear la salida de Courtois. Por un momento, el resultado pareció darle la razón a Mourinho, cuando Cahill fusiló a Sirigu tras un barullo en el área. El primer gol de la noche partió, como todos los que llegaron después, de un saque de esquina. Y parecía que el gol del Chelsea firmaba la clasificación de los blues, entre otras cosas porque su rival estaba asfixiado. Pero el equipo que dirige Laurent Blanc encontró aliento en los córners y apareció David Luiz para llevar el partido a la prórroga. Lavezzi centró y el defensa brasileño ejecutó un remate de cabeza inapelable a la escuadra de Courtois. Pese al empate, Mourinho mandó parar a los suyos en los minutos finales del partido, consciente de la ventaja que tenían al jugar una prórroga frente a 10 jugadores. En los minutos iniciales del tiempo extra, el Chelsea dio un paso al frente, empujado más por la inercia del partido que por la voluntad de atacar. Y una vez que consiguió la ventaja volvió a entregarse a la calculadora de su técnico. Thiago Silva saltó frente a Zouma con el brazo en alto. Es difícil saber si llegó a tocar el balón pero el gesto fue tan extraño y, al mismo tiempo tan alarmante, que el colegiado señaló penalti. Hazard, que fue el único rebelde en un equipo demasiado encorsetado, lo transformó con tranquilidad. Esta vez sí que parecía el gol definitivo, entre otras cosas, porque el PSG daba la impresión de estar entregado. Pero el equipo de Blanc se encontró con dos nuevos saques de esquina, en los que Thiago Silva emergió. El brasileño había cometido un error impropio de su nivel y había emborronado su gran partido. Pero el fútbol no hubiese sido justo con él si no hubiese premiado su esfuerzo durante los 120 minutos. En el primer lanzamiento, Courtois despejó su cabezazo con una estirada inverosímil. El segundo córner llegó desde el otro costado y Thiago Silva se elevó para batir a Courtois en el minuto 114. El brasileño firmó el gol que castigó a un Chelsea tan precavido que, a fuerza de no arriesgar, acabó asumiendo demasiados riesgos.

1426094599_130686_1426115219_album_grande El PSG consiguió superar a su verdugo de la temporada pasada y lo celebró en el mismo césped, con los aficionados que se desplazaron hasta Londres. Hasta el jeque, Nasser Al-Khelaïfi, bajó al campo en busca de futbolistas a los que abrazar. La victoria supone una liberación para la plantilla y es, en definitiva, justa para el fútbol. El equipo de Blanc ha dejado de ser una exótica constelación de estrellas. Tras su noche mágica en Stamford Bridge, el Paris Saint Germain se ha convertido en un serio aspirante.

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Jorge Rodríguez Gascón.

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Foto 1: Toby Melville (REUTERS). Foto 2: Ian Kington (AFP) . Foto 3: Gerry Penny (EFE)

COURTOIS SE HACE GRANDE EN PARÍS

El Paris Saint Germain y el Chelsea empataron (1-1) en el primer duelo de la eliminatoria, en un enfrentamiento que decepcionó en el juego. Stamford Bridge volverá a ser el escenario en el que se decida el pase a cuartos de final.

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Sobre el papel, se trataba de la eliminatoria más interesante de todos los duelos de octavos de final, honor que en todo caso comparte con el Barcelona-Manchester City de la próxima semana. Y quizá el gran cartel de la eliminatoria fue uno de los elementos que jugó en contra del espectáculo. Los entrenadores, especialmente Mourinho, se obcecaron en sujetar a sus equipos, con la obsesión de no exponerse más de lo necesario ante un rival temible. Los dos equipos atendieron más a las grandes amenazas del rival que a sus propias virtudes. Y en el espeso terreno de la táctica, se fraguó un partido conservador, aburrido y plano, sin demasiadas variantes en el juego ni velocidad en la circulación. El Chelsea temía la pólvora de la delantera parisina, que tiene en su plantilla a dos grandes goleadores: un artista (Zlatan Ibahimovic) y un matador (Edilson Cavani). El Paris Saint Germain quería evitar los pases de Cesc, el regate de Hazard y los goles de Diego Costa. El duelo entre los nuevos ricos del fútbol, lejos de ser un combate desmelenado, fue una especie de tanteo entre dos púgiles demasiado precavidos. Y el tanteo se prolongó durante casi todo el partido, aunque Blanc se libró de sus miedos en las minutos finales, cuando descubrió que el Chelsea es un equipo más vulnerable de lo que creía, especialmente en el juego aéreo.

Mourinho reconoció que si alguien debió llevarse el partido, ese debió ser el Paris Saint Germain, fundamentalmente porque lo intentó más, o porque simplemente lo intentó. Y ya desde el inicio, dispuso de más oportunidades. El equipo parisino orientó el juego a su banda izquierda; en la que se despliegan el trotón Matuidi y el lateral Maxwel, y aparece de vez en cuando un extremo imprevisible, capaz de lo mejor y de lo peor: Ezequiel Lavezzi. Y desde allí llegaron sus mejores oportunidades durante todo el partido, especialmente en los minutos finales, cuando Marco Verratti, el menudo constructor del juego parisino, entendió que el lado débil de la defensa blue era el lateral que ocupa Ivanovic, un central reconvertido. En la primera mitad, Matuidi cabeceó un servicio de Cavani desde ese costado. Su remate puso a prueba los reflejos de un portero inmenso: Thibaut Courtois. El  belga reaccionó a tiempo y despejó el ataque de los parisinos, como hizo durante toda la noche. En la continuación de la jugada el balón volvió a partir de la banda izquierda y le llegó a Ibrahimovic, que se topó por primera vez con las manos de Courtois. Y antes de que llegara el gol del Chelsea, Cavani dispuso de una oportunidad, esta vez a la salida de un córner, desde el lado derecho. El centro de Lavezzi lo remató el uruguayo al primer palo pero de nuevo emergió el portero belga para evitar el tanto de los franceses.

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Antes de llegar al descanso, el equipo de Mourinho se encontró un gol en una jugada que parecía intrascendente. El Chelsea había administrado la posesión durante la primera parte con cautela, sin asumir riesgos, aunque fuese a costa de no inquietar al rival. Sin grandes noticias de Cesc Fábregas, el futbolista que le da sentido al juego del equipo londinense, la circulación del Chelsea la representó como nadie Matic, un mediocentro recuperador que se ha especializado en dar el pase más sencillo. El serbio se ha convertido en una pieza importante del equipo pero su labor es más bien silenciosa. No posee la capacidad de saltar líneas con un pase filtrado, un servicio necesario para encontrar a Hazard, que estuvo siempre muy vigilado, a William, más trabajador que otra cosa en París, o a Diego Costa, que menguó ante el marcaje de Thiago Silva y Marquinhos. Atascados en la posesión, sin mucha aportación de sus delanteros, los blues se pusieron por delante en una jugada que protagonizaron sus defensas. La acción fue extraña desde el inicio. El Chelsea, un equipo poderoso en el juego aéreo, optó por lanzar el córner en corto. El central John Terry recogió un balón pasado en posición de extremo y centró sin mucha convicción. Su compañero en la zaga, Tim Cahill, prolongó de tacón y el lateral Ivanovic batió de cabeza a Sirigu (1-0).

El Paris Saint Germain tuvo que dar un paso al frente en el partido, condicionado por la urgencia del resultado. El gol le dio al Chelsea el pretexto perfecto para esperar al rival en su propio campo. Quiso anular la posesión del equipo de Laurent Blanc, aunque fuese a costa de renunciar al segundo gol. Tras el descanso, el PSG se entonó, aunque mantuvo ciertas precauciones: nunca descuidó la marca de Diego Costa o Hazard. El equipo francés superó a su rival en la media, gracias al talento de Verratti en la distribución, al recorrido de Matuidi y a la presencia de David Luiz, que parece partir siempre con ventaja en la disputa. Verratti dirigió el juego con personalidad, David Luiz recuperó y se asoció en corto, Matuidi se desfondó, Ibrahimovic dejó destellos de su talento y Cavani siguió buscando el gol en cada jugada. El uruguayo es un purasangre del fútbol, un jugador que no entiende de discusiones tácticas: se vacía en cada partido y vive siempre en boca de gol. Es, además, generoso en el esfuerzo y solidario con el equipo, una virtud que parece ser una costumbre en los delanteros uruguayos. Cavani firmó el tanto del empate en otro centro de Matuidi, tras una larga posesión del conjunto parisino. El Matador volvió a ganar el balón de cabeza a los centrales y esta vez Courtois no pudo evitar que el remate acabara en sus redes (1-1). Contagiado por el entusiasmo de una grada ruidosa, el PSG vivió sus mejores minutos en el partido y dispuso de hasta tres oportunidades claras para completar la remontada. En la primera, Ibrahimovic sorteó rivales hasta toparse con Courtois, que le ganó la partida en el mano a mano. Tampoco acertó Lavezzi en el rechace, que fue despejado por Azpilicueta. Poco después, Cavani dejo atrás con un bonito quiebro a Matic y su disparo de puntera se marchó ligeramente desviado. Y cuando moría el partido, Maxwell encontró la cabeza de Ibrahimovic en el segundo palo. El genial delantero remató a bocajarro y Courtois cerró su gran noche en París con otra mano prodigiosa.

Paris St Germain v Chelsea - UEFA Champions League Second Round First Leg

Mourinho había advertido en la previa del partido que el Chelsea de este año es muy diferente al equipo que se midió al campeón francés la temporada pasada. Es cierto que el equipo londinense trata ahora mejor el balón y en fases de la temporada ha practicado un fútbol vistoso, bajo el foco de Cesc y de Hazard. Pero la duda que deja este equipo es si será capaz de utilizar ese registro en los partidos importantes, en los que se deciden los títulos. Ayer volvió a alimentar esas dudas, con un propuesta rácana que solo encuentra su justificación en el marcador. El técnico portugués reconoció que Courtois evitó la victoria del PSG en París, especialmente en la segunda parte. Con sus paradas finales, el belga les da la oportunidad de jugarse el pase a cuartos con todo a favor en Londres, ante un equipo que baja su rendimiento fuera de Francia. En el club parisino advierten que la eliminatoria de la pasada campaña les hizo madurar. Y esperan que esta vez sus dos delanteros, Zlatan Ibrahimovic y Edilson Cavani, puedan ganarle el duelo a un gigante de goma: Thibaut Courtois.

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Jorge Rodríguez Gascón.

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Foto 1: The Guardian. Foto 2: Skysports.  Foto 3: The Daily Telegraph.

EL GUERRERO DEL ÁREA

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Diego Costa (Lagarto, Brasil, 1988) es uno de los grandes artilleros de la liga. La referencia de un equipo que le discute el liderato a los más poderosos.

El hispano brasileño llegó a España en 2006. El Atlético de Madrid lo fichó procedente del Sporting de Braga portugués pero su trayectoria en el conjunto rojiblanco ha tenido luces y sombras. Fue cedido nada más llegar a España al Celta de Vigo y al Albacete. Se formó en segunda división; mostró que era un jugador competitivo y de grandes recursos, en una liga complicada. Lejos aún de asentarse en el Atlético, rindió a gran nivel en el Valladolid. Entre tanto, jugó una temporada en el conjunto colchonero, tras ganarle la plaza de extracomunitario a Salvio, que se marchó al Benfica. En sus primeras temporadas en España era más famoso por su carácter complicado o por estar pasado de peso que por su capacidad goleadora. En el Atlético cumplió cuando le dieron la oportunidad, pero siempre le rodeó una sombra que hizo dudar a sus dirigentes. Además, Costa se rompió la rodilla derecha (ligamento cruzado anterior y menisco) y fue cedido al Rayo Vallecano. Tras recuperarse de su lesión, jugó a gran nivel y marcó 10 goles en 17 partidos. Su rendimiento en Vallecas disipó las dudas de los colchoneros y fue recuperado por Diego Simeone la pasada temporada (2012/2013).

.(*) Diego Costa en su presentación con el Atlético de Madrid en 2006.

El brasileño partía con desventaja respecto a Adrián para acompañar a Falcao en la delantera. Llegaba a un equipo que había sido campeón de la Europa League la temporada anterior y que acababa de batir al Chelsea en la Supercopa de Europa. Parecía que su papel iba a ser secundario pero le fue comiendo terreno a Adrián y formó con Falcao una de las parejas más temibles de la liga. Lució especialmente en la Copa del Rey donde marcó 8 goles en 8 partidos. En el último tramo de la temporada se consagró en la alineación y fue decisivo en la final de Copa ante el Real Madrid. El Atlético de Madrid llevaba 16 años sin ganar a su vecino y eligió una fecha señalada para romper la estadística. El equipo colchonero le venció al Real Madrid en su propio estadio: Diego Costa jugó un gran partido y contrarrestó el gol inicial de Cristiano Ronaldo, en una rápida cabalgada que terminó con un disparo preciso. En la segunda parte, el central Miranda consiguió la victoria y el Atlético levantó el trofeo de campeón. Esta temporada el traspaso de Falcao al Mónaco sembró la incertidumbre en el club. Diego Costa se había destapado como segunda espada y asumió el rol de goleador del equipo, ante la pérdida del colombiano. Llegó Villa para acompañar al hispano brasileño y el Atlético entró, por primera vez en 18 años, en la lucha por la liga.

El Cholo Simeone ha construido un equipo aguerrido, competitivo e intenso bajo el lema bilardista [1] del partido a partido. Un equipo fiero y trabajador que madura los partidos, es agresivo en la disputa y presta atención a los detalles. Un Atlético en el que Miranda y Godín defienden, Filipe Luis y Juanfran mezclan el despliegue con la contención, Gabi pelea y equilibra, Coke distribuye, Arda Turan[2] crea y Diego Costa decide.

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El brasileño se adapta perfectamente al juego que Simeone propone. Costa simboliza mejor que nadie la garra y la ambición que pide su técnico. Es un futbolista combativo, que presiona constantemente y se mide en un duelo tenso con los defensas. Capaz de amenazar al central que le defiende cuando el partido está en juego y de abrazarlo cuando la contienda ha finalizado. En ocasiones su fuerte carácter le juega malas pasadas, especialmente cuando en lo futbolístico las cosas no van como el delantero querría. Pero con el balón en su poder es un jugador completo, de múltiples virtudes: es rápido al espacio y potente en carrera, se desmarca con inteligencia y genera huecos para sus compañeros. Remata bien con los dos pies, es peligroso en el juego aéreo, sabe jugar de espaldas y asistir a los jugadores de segunda línea. Esconde muy bien el balón en la disputa y es tremendamente eficaz en la definición. Sin ser un futbolista de técnica privilegiada, ha sabido camuflar sus limitaciones y sacar partido a sus cualidades.

Diego Costa está firmando la mejor temporada de su carrera: lleva 25 goles en liga y 33 en todas las competiciones. Es uno de los mejores solistas de la competición, el equivalente en importancia a lo que es Messi para el Barcelona y Cristiano para el Real Madrid. Costa ha marcado goles importantes en la competición doméstica y en Europa, donde ya lleva 7 dianas. Es determinante en el líder de primera; un equipo que le viene como anillo al dedo. Trabajador y constante como Costa, el Atlético se ha hecho un hueco entre los grandes. Y el delantero ha contribuido a equiparar una lucha entre equipos con gran diferencia de presupuesto.

Su rendimiento le ha valido la llamada de la selección y resolvió la duda entre su país de origen y el país en el que se formó como futbolista, en favor de la selección española. El destino le guarda una cita especial en el próximo mundial, en Brasil, donde les puede arrebatar el triunfo a sus compatriotas.

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A Diego Costa nadie le ha regalado nada y ha triunfado en un equipo que aplazó su protagonismo en varias ocasiones. Llega a la eliminatoria después de una exhibición en San Mamés, un escenario para los grandes, aunque mermado por un golpe que le hizo abandonar el entrenamiento de ayer. Simeone dijo en rueda de prensa que era difícil que su jugador estrella llegara al partido. Algunos piensan que es un intento por parte del técnico de esconder su mejor carta hasta el último momento, otros creen que el estado físico de Costa deja mucho que desear. En cualquier caso, el Barcelona se enfrenta en una bonita eliminatoria a un rival peligroso: el Atlético de Madrid. Un equipo que tiene la humildad de los pequeños y la pegada de los grandes.

Y que cuenta con Diego Costa, un rebelde que se ha hecho a sí mismo. Un guerrero del área que hace soñar a los colchoneros. [3]

 

 

 

Por Jorge Rodríguez Gascón.

 

[1] Bilardo fue el seleccionador que hizo campeón a Argentina en el Mundial de México ´86. Formó un equipo muy físico en el que Maradona se erigía como máximo solista. El lema de esa selección fue el ya célebre partido a partido. El argentino era un entrenador resultadista que rivalizó con otro pensador del fútbol y de ideas radicalmente opuestas: Cesar Luis Menotti, que había conseguido la Copa del Mundo ocho años antes, en Argentina ´78. Menotti proponía un fútbol más ofensivo y atractivo, menos encorsetado, aunque probablemente también menos eficaz.

[2] Arda Turan merece capítulo aparte. Es un futbolista diferente, de talento y técnica depurada. Pone la fantasía en un equipo lleno de trabajadores. Es capaz de cambiar los partidos en una baldosa y de sacrificarse en el repliegue.

[3] Diego Costa aún no se ha estrenado como goleador frente al Barcelona. De su olfato y acierto dependen gran parte de las opciones atléticas.

MADRID Y ATLÉTICO EMPATAN, LA LIGA GANA.

El derby madrileño acabó en tablas en un choque intenso, duro y emocionante.

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Llegaban los dos equipos en dinámicas totalmente opuestas. El Madrid venía de golear en Gelsenkirchen y el Atlético de perder en Osasuna. Sin embargo en este tipo de partidos no importa tanto como se llegue. Importa el partido a partido que propone el Cholo. Y el conjunto rojiblanco igualó las fuerzas a base de empuje y sacrificio.

Y eso que todo se puso en contra en la puesta en escena. El Madrid sacó partido de un centro embustero de Di Maria. Benzema, siempre agazapado y al límite del fuera de juego, remató a bocajarro ante la empanada de Filipe. El Atlético vio como todo su planteamiento inicial se iba al traste. El Real Madrid se adelantó pronto, como acostumbra en los duelos en el Calderón (0-1). Pero el Atlético decidió que la historia, esta vez, no iba a ser la misma. Se sacudió el estado de shock en que estaba sumido tras el gol de Benzema. Y lo hizo gracias al esfuerzo colectivo y a la calidad de Arda y Coke, y al peligro que genera Diego Costa. En una de esas llegó una jugada que podía haber cambiado el destino del encuentro. Costa le ganó la partida a Ramos, se cruzó en diagonal y defensa blanco le zancadilleó. El árbitro no señaló un penalti claro y amonestó a Arda Turan para agravar su error. Los rojiblancos se fueron haciendo con el partido a base de empuje, de trabajo y compromiso. Agobió al rival con una presión inteligente y agresiva. El Madrid se confió y creyó que con el primer gol estaba hecho lo más difícil. No fue a por el segundo y lo pagó.

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Arda Turan creó juego y desequilibró. Diego Costa se zafó del pegajoso marcaje de los centrales blancos. Diego López resolvió las acometidas atléticas, hasta que Arda Turan alzó la vista y vio a Coke, que se sacó un disparo seco al palo cruzado (1-1).  El Atlético se convenció de que podía ganar el partido y siguió asfixiando en la presión. Se fue a buscar el gol. El Madrid no dominaba y sus posesiones, sin espacios, no siempre llegaban a buen puerto. Y en esas, cuando ya moría el primer tiempo, llegó el golazo de Gabi. El capitán atlético disparó desde 30 metros y batió a Diego López. El meta gallego, tapado por su propia defensa, tardó en reaccionar. (2-1)

El Atlético había conseguido darle la vuelta al resultado, ganando en intensidad a su rival: tocando en corto con precisión y achicando los espacios. El Madrid se relajó y los medios no conectaron con una delantera letal, que necesita de bien poco para ganar partidos. El Atlético ganó la contienda metro a metro, creyó en sí mismo con el viento en contra y el Madrid se confió cuando soplaba a favor.

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Con abrir el marcador no fue suficiente para los blancos. Sin embargo, en la segunda parte aprovecharon un rechace para empatar el encuentro. Antes de ello Diego Costa había tenido el 3-1 hasta en dos ocasiones. El árbitro, por su parte, volvió a provocar el enfado de la afición rojiblanca, mostrando la amarilla a Diego Costa en un forcejeo con Arbeloa, en el que si alguien cometió falta fue el defensor madridista.

El Atlético siguió jugando con agresividad, haciendo pequeñas emboscadas para favorecer la recuperación. Solo un lógico bajón físico le hizo perder el control del encuentro. El Madrid mejoró y Courtois estuvo acertado a la hora de detener los avances blancos. Hasta que Cristiano, perdido entre piernas rojiblancas, apareció por primera vez en el partido. Aprovechó un mal control de Bale para rematar a gol en un disparo inapelable (2-2).

Los entrenadores no arriesgaron con las sustituciones: Simeone apostó por el trabajo del Cebolla Rodríguez y no puso a jugar ni a Diego ni a Villa. Y Ancelotti, por su parte, cambio a los laterales (Arbeloa por Carvajal y  Coentrao por Marcelo) rectificando su error inicial y a Di María por Isco, que dejó algunos detalles de su categoría, aunque le sigue faltando continuidad . Ancelotti dejó sin jugar a un Jesé que podría haber aportado descaro al juego blanco.

La dureza es la tónica habitual de estos partidos. El Atlético es un equipo guerrero que apura el límite de cada balón. El Madrid no rehúye la lucha y se emplea a fondo; ambos equipos se encuentran cómodos en el juego subterráneo. Especialmente Pepe y Costa, que estuvo comedido en este aspecto. Y jugó un gran partido.

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El encuentro llegó al final con un empate que no es mal resultado para ninguno. Probablemente el Atlético hizo más para llevarse la victoria, pero no aprovecharon su mejor momento para firmar la sentencia. El conjunto colchonero se pareció al de la primera parte de la temporada. Aunque en el tramo final se quedaron sin fuerzas y el Madrid es un equipo letal cuando la fatiga te obliga a bajar la intensidad. Consiguió el empate y agobió en el arreón final. Simeone le ganó la partida a Ancelotti en muchos aspectos: el partido se jugó en el terreno que deseaban, el equipo rojiblanco se sobrepuso a la costumbre del gol temprano blanco, generaron más ocasiones y fueron capaces de contener a las estrellas del Madrid durante gran parte del partido. Aunque al técnico argentino le faltó capacidad de reacción cuando su equipo se desfondó. El Madrid estuvo algo escaso de ideas en el juego posicional y le faltó frescura en ataque.

Pese a ello la delantera blanca es demoledora: con media ocasión cambian partidos y así lo hicieron Benzema y Cristiano. El portugués no estuvo muy acertado en cuanto al juego, incomodado por las constantes ayudas a los laterales atléticos, pero acertó a definir en el empate.

El Madrid sigue en cabeza y salvó un punto en el Calderón. El Atlético realizó un partido muy serio ante su gran rival. Supo emplear las mismas armas que le hicieron ser líder. Demostró que pese a que fue un líder efímero sigue siendo capaz de competir con cualquiera.

La liga sigue estando al rojo vivo.

Por Jorge Rodríguez Gascón.