Las lágrimas de Messi

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Messi mira el suelo del estadio Met Life. El partido parece destinado a la prórroga, casi a gusto de todos. El único futbolista que se rebela ante esa situación es el 10. Los argentinos parecen cómodos ante esa opción, con la sensación de que la probabilidad juega a su favor. Les parece que de las tres prórrogas a las que han llegado en las últimas finales, es lógico que al menos se lleven una. Messi contempla el escenario con preocupación y protagoniza los últimos esfuerzos de un equipo calculador. De nada le sirve ahora que durante la primera parte haya forzado la expulsión de Marcelo Díaz, porque Marcos Rojo ha cometido, minutos después, una imprudencia que iguala el partido. Sus compañeros esperan un milagro del 10 y rara vez le ofrecen una solución. La presión de su rival hace que los argentinos vean el pelotazo como un argumento justificado. Cuando el balón cae en sus pies, casi de un modo milagroso, Messi arranca y acelera, pendiente de salvar la próxima patada de los chilenos. Asume responsabilidades y dirige las últimas acciones de su selección. Conduce, regatea y desborda, en busca del marco de Claudio Bravo. Su último disparo, tras una larga carrera, se va desviado.

Argentina desprecia el balón con frecuencia. Messi mira con asombro y se mueve entre la rabia interior y la impotencia. A nadie le duele un pelotazo como a Messi, que habla un lenguaje distinto del que usan Funes Mori, Gabriel Mercado o Lucas Biglia. En el fondo, ni siquiera Javier Mascherano, Gonzalo Higuaín o Sergio Agüero pueden traducir el dialecto de Messi. A la estrella argentina le asombra que su equipo cambie su plan de juego en las finales. El balón no circula por los costados, no fluye en el mediocampo y tres chilenos rodean su marca. Con cierta rebeldía, Messi los salva a menudo, aunque Vidal, Aránguiz o Silva se encargan de interrumpir su carrera con faltas. Ninguna se acerca lo suficiente a la portería de Bravo, que conoce además los secretos de los lanzamientos del 10.

Durante la prórroga, Agüero malgasta dos servicios de Messi. Leo asume con melancolía que el partido llegará a los penaltis. De nada le sirve que, tarde y mal, Argentina adelante sus líneas. En la primera parte del tiempo extra había observado el cabezazo de Agüero con ilusión, hasta que Bravo efectuó la parada del torneo, paralizando el sueño de su compañero en Barcelona. Había temblado también ante el remate de Vargas, que detuvo Sergio Romero. Si tuvo alguna esperanza durante la prórroga, esta se evapora cuando el Tata Martino cambia a Banega, el único argentino capaz de interpretar los movimientos del 10. A Messi también le sorprende que Martino no cambie a Biglia, al que ha visto jugar la final con una condescendencia cobarde. Biglia no se permite hacer nada que se salga del territorio de lo esperado, llega tarde a las disputas y comete entradas fuera de tono, como muchos de sus compañeros.

 El partido se va a los penaltis y Messi se permite una confidencia, en forma de broma, con el árbitro. Herber Lopes, el colegiado del encuentro, llevaba todo el partido buscando la complicidad del 10. Casi para llamar su atención, le había sacado una amarilla por simular un penalti. Comienza la tanda y Messi intuye que su derrota empieza a tomar forma tras el sorteo. Chile disparará primero y la presión será para los argentinos. Curiosamente, se produce un fallo inesperado. Vidal, el mejor especialista de los chilenos, se topa con la estirada de Romero.

Tras el fallo de Vidal, Messi sabe que su lanzamiento será determinante. Recuerda que en la pasada final de la Copa América tuvo que ajustar su lanzamiento. Sospecha que Bravo le conoce tanto como para saber que su disparo de seguridad suele ser hacia el palo derecho. Messi recuerda entonces que si hay una distancia que se le atraganta es la de los once metros. Con todos esos tormentos, modifica su ritual. Decide tomar poca carrera y busca la escuadra de manera precipitada. Su disparo, se pierde en busca del ángulo imposible y se va a la grada. Messi estira su camiseta en un gesto de rabia y teme que tampoco esta vez podrá levantar un título con Argentina. El fútbol es así de caprichoso. Messi, el mejor futbolista del partido, ha fallado su lanzamiento. Si alguien pudo rivalizar con él durante los 120 minutos de juego fue Vidal, que movió los hilos de los chilenos. Paradójicamente, también Vidal erró su disparo.

Vive el resto de la tanda al borde de la lágrima. Empieza a asumir que la derrota es una cuestión de tiempo. Aplaude los aciertos de Mascherano y Agüero con escepticismo. Tras los tantos de Aránguiz y Beausejour, es presa de los remordimientos. Sabe que de haber marcado, Argentina tendría todo a favor. En el cuarto lanzamiento, ve caminar a Biglia hacia el punto de penalti. Siente que a su compañero le invaden los miedos. Claudio Bravo se anticipa y detiene el disparo de Biglia. Messi ya presentía el fracaso después de su fallo. Ni siquiera mira el lanzamiento definitivo de Francisco Silva. El mediocampista no falla y Chile vuelve a ser campeón de América.

Messi se refugia en el banquillo y tras contener la tristeza durante un tiempo, rompe a llorar. Messi jugó como lloró: solo, sin demasiados apoyos y sin consuelo posible. Con la sensación de que es un genio incomprendido, inalcanzable hasta para la fortuna. Ninguna imagen proyecta mejor el sufrimiento de una selección, que ha perdido tres finales consecutivas. Messi cambió el rostro desencajado de Maracaná por el llanto desconsolado de Nueva Jersey. Quizá ya entonces, cuando se le nublaba la vista entre lágrimas, meditaba su renuncia.

Messi, en su mejor torneo con la albiceleste, sigue siendo víctima de un extraño maleficio. Nunca quiso algo tanto y, sin embargo, nada le dio la espalda tantas veces.

EL OCTUBRE DEL BARCELONA

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El fútbol posee rincones ocultos y giros inesperados. Sólo así se explica que el Barcelona, campeón de todo hace unos meses, viva una situación delicada a principios de octubre. El equipo de Luis Enrique cosechó en Sevilla su segunda derrota consecutiva fuera de casa y llora la baja de Messi, el gran artífice del triplete. Castigado por las lesiones y por la FIFA, el Barcelona ha encajado en el primer mes de temporada 20 tantos en todas las competiciones, sólo un gol menos de los que recibió en la pasada liga. La ausencia de piezas importantes del equipo- en lo que va de liga ya han caído por lesión Messi, Iniesta, Rafinha, Jordi Alba, Alves y Vermaelen- ha limitado a una plantilla corta, que llegó a principios de agosto con sólo 16 futbolistas de grandes prestaciones. Las salidas de Xavi y Pedro dejaron al Barça sin piezas de recambio, y en apenas dos semanas, Luis Enrique ha visto caer a los dos grandes conductores del juego blaugrana: Andrés Iniesta y Leo Messi.

El Barcelona ha dejado escapar seis puntos en el primer mes de competición y ha mostrado demasiadas veces su fragilidad defensiva. Su falta de acierto en las áreas le convierte en un equipo vulnerable, al que le cuesta controlar los arrebatos del rival. De repente, la zaga azulgrana parece pesada, incapaz de gestionar los metros que cede a su espalda. Mascherano y Piqué han firmado actuaciones cuestionables, Mathieu es un jugador proclive al despiste, Dani Alves no vigila la marca y Vermaelen, que pareció al principio el gran fichaje del año, ocupa otro sitio en la enfermería. Luis Enrique sigue sin confiar en Bartra para los partidos importantes y la explosividad de Jordi Alba necesita descanso. El Barcelona también sufre un gran vacío en el mediocampo, el más llamativo quizá, pues es el lugar en el que se construye la propuesta de la Masía. En el Camp Nou, parece inevitable echar la vista atrás y añorar el pase de Xavi, que cerró con el triplete una carrera mágica. Ahora, en esa zona el club describe cierta sensación de abandono. Rakitic lleva varios partidos a menor nivel y Busquets debe cubrir demasiado terreno, incluso con la aportación de Sergi Roberto, al que se ve más suelto en el lateral. El inicio de año del futbolista de Reus es, probablemente, la mejor noticia de estos últimos meses en el Barcelona.

También la delantera, clave en la triple corona, parece lejos del nivel de eficacia de la temporada pasada. En lo que va de temporada el Barcelona ha necesitado una media de 7 disparos para hacer gol. Prueba de ello son sus 9 lanzamientos a puerta ante el Sevilla, para marcar un tanto de penalti. Los próximos meses, sin la zurda de Messi, Neymar y Suárez deben guiar al Barcelona en la carrera por la liga. En la portería, el equipo de Luis Enrique tampoco ha podido mantener la estabilidad de la pasada campaña. Bravo estuvo de baja por una lesión en el sóleo y Ter Stegen ha mostrado más atrevimiento que seguridad al remplazarle. Stegen ha recibido 15 goles en seis encuentros y Bravo encajó sus dos primeros tantos en su regreso ante el Sevilla. La temporada pasada el chileno estuvo imbatido hasta la octava jornada de liga.

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La falta de efectivos obliga a Luis Enrique a mirar a la cantera, una estructura cuestionada por la FIFA. De momento, del filial sólo parece contar Gumbau, un jugador de buen toque, pero propenso a la timidez. El siguiente canterano en la rotación es Cámara, que estrenó convocatoria en Sevilla. A la espera de una oportunidad están también los olvidados Samper, Dongou o Grimaldo, a los que Luis Enrique no ha llamado en toda la temporada. El técnico asturiano sigue confiando en las variantes de Sandro y Munir, futbolistas que parecen incapaces de cubrir el hueco que dejó Pedro.

La decisión de prescindir de Deulofeu o Adama tampoco parece del todo acertada, entre otras cosas porque en la plantilla no hay un solo extremo puro, una posición clave en el ideario de la Masía. Mientras tanto, en el Sporting de Gijón brilla Halilovic, uno de esos zurdos que poseen talento para proponer algo distinto. La cesión le ha venido bien al croata, aunque se cerró antes de que empezaran a caer piezas importantes de la plantilla blaugrana. Quizá ahora Halilovic habría sido útil para Luis Enrique, al que le cuesta encontrar soluciones para paliar la ausencia de Messi. En cualquier caso, Halilovic necesita minutos que el Barça no puede garantizar.

Curiosamente, unos meses después de ganar la Champions, el Barcelona transmite la sensación de ser un equipo algo envejecido, débil y poco renovado, al que le cuesta encadenar varios esfuerzos en pocos días. Mermado en todas sus líneas, el Barça afronta sus días más delicados, con la esperanza de que octubre no sea un mes decisivo para la competición. De momento, sus rivales no han aprovechado las derrotas del Barça (que ya ha perdido en tres de sus desplazamientos en lo que va de temporada). Si el equipo de Luis Enrique pretende llegar en una buena situación al mercado invernal, no puede permitirse perder muchos más puntos. En enero podrá contar con Arda Turan y Aleix Vidal, dos buenas piezas de refresco en un equipo escaso de efectivos.

Poco después de besar el cielo de Berlín, el Barcelona debe recuperar la confianza ante el Rayo. Toda una ironía para Luis Enrique, que conoce los secretos del fútbol: un juego que se alimenta de momentos imprevistos.

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Jorge Rodríguez Gascón.

Foto1: peru.com. Foto2: ibtimes.co.uk

CHILE ESCRIBE SU HISTORIA

Chile levantó la Copa América en el Estadio Nacional, tras derrotar a Argentina en los penaltis (0-0; 4-1). No hubo brillo en la final sino un partido igualado y lento, jugado por dos equipos que prefirieron asumir los mínimos riesgos. A falta de un fútbol vistoso, decidió la suerte más imprevisible del fútbol, que garantiza una cuota de emoción. La tanda de penaltis elevó a Bravo y Alexis, que sellaron el primer triunfo internacional del fútbol chileno. El Estadio Nacional, el foco del terror de la dictadura hace 41 años, se convirtió en el escenario de la celebración de Chile.

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Todo parecía preparado en un estadio repleto, enrojecido por el color de las camisetas chilenas. El himno local se convirtió en un elemento de unión, en un ejercicio de nacionalismo que consiguió intimidar a los argentinos. Chile se impuso en la puesta en escena y mostró pronto el temor de la albiceleste. Durante algo más de veinte minutos, la selección de Sampaoli supo agitar el partido y consiguió que el juego se desarrollara en su terreno ideal. El fútbol más intenso benefició a Chile, en un inicio que prometió un partido de ida y vuelta. Capaz de domar los nervios iniciales antes que los argentinos, Chile realizó un estupendo ejercicio defensivo, sobre todo frente a Messi, y no renunció a hacer daño a Romero. Aunque siempre preocupados de guardar sus espaldas, durante algunos minutos los laterales chilenos se dejaron llevar por el ritmo que proponen los pases de Valdivia. Chile se volcó por el lado derecho y creció por ese costado, que defendía Rojo, al que le falta categoría para jugar en casi cualquier selección. En el lado de Mauricio Isla, también se ofreció Vargas, que disparó en cuanto pudo sobre la puerta de Romero. Vidal realizó un gran despliegue y Alexis quiso ser siempre protagonista, y aunque no lo fue en el partido, encontró su lugar en el penalti decisivo. Pero, por encima de todos, en Chile se alzó Gary Medel, un defensor duro, eficaz y comprometido. El central, que toda la vida ha jugado en medio campo, cubrió las espaldas a sus compañeros de zaga y se impuso en el duelo directo con Messi, demasiado ausente en la noche de Santiago.

Argentina fue durante demasiados minutos un equipo que jugaba a merced del rival. Sin éxito en la circulación, los balones se alejaban de Messi y de Pastore, los únicos capaces de cambiarle la cara a un equipo triste y calculador. Agobiado por la presión de los chilenos, el equipo de Martino, preparado para jugar a ras de suelo, sólo buscó la espalda de su rival a base de pelotazos. Y cuando Argentina pudo calmar los miedos del inicio, tampoco acertó en sus ocasiones. Agüero no llegó por poco a un pase definitivo de Messi ni remató a gol una falta lateral, bien despejada por Bravo. Y Lavezzi, que sustituyó a Di María por lesión, tampoco culminó un servicio de Pastore. Sin un plan de juego definido, Argentina despreció el balón durante muchos minutos y no supo llevar la jugada a los pies de Messi. El 10, arrinconado por el plan defensivo de Sampaoli, firmó el partido más discreto de la competición en la final. Sin la inspiración que requería la ocasión, la batalla que libra Messi para ser aceptado por el pueblo argentino parece una causa perdida. La segunda derrota en un año con la selección, le aleja de la felicidad que aportan los éxitos con el Barcelona. Su partido, con demasiados síntomas de pereza, tampoco le ayuda. Le faltó sentido de la oportunidad, carácter y acabó aborrecido por el marcaje chileno.

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Tras la reanudación, bajó el ritmo de partido y los dos equipos se preocuparon de no quedar desprotegidos. Con muchas precauciones en el juego, Chile perdió la frescura del inicio y Argentina siguió en busca de Messi. La albiceleste estuvo condicionada por los erróneos planes de Gerardo Martino. El técnico de la albiceleste salió mal parado en la derrota, no sólo porque no acertó con los cambios, sino porque no consiguió imponer un plan de juego similar al que su equipo ha ensayado a lo largo de la competición. Sin continuidad en el juego de creación, las jugadas de Argentina morían de un modo prematuro. Martino tuvo que reaccionar tras la lesión de Di María y alertado por la pérdida del mediocampo, cambió a Pastore por Banega, que tampoco quedó en buen lugar. El técnico completó su final, cuando sustituyó a Agüero por Higuaín, en lugar de Tévez. El Apache posee el carácter que necesitaba una selección sin alma, fatigada, que incluso vio cojear al lider simbólico de la selección: Javier Mascherano. Higuaín, por otro lado, parece un jugador maldito, incapaz de estar a la altura de su nombre en los momentos importantes.

Cuando el bajón físico acechaba a un equipo solidario como Chile, Sampaoli tocó las teclas adecuadas y sus jugadores crecieron en el partido. En los minutos previos al descuento, después de que Vidal no rematara bien una volea, Chile se acercó al área de Romero. Argentina respondió con solvencia ante los centros y dispuso de una oportunidad para evitar la prórroga. Messi encontró terreno y pudo driblar a dos rivales. Con el frente despejado habilitó a Lavezzi en el costado izquierdo, que centró para Higuaín. El delantero, que ya falló un gol cantado en la final del pasado mundial, llegó demasiado forzado y no consiguió finalizar con acierto la jugada.

higuain maldito

En la prórroga no hubo muchas ocasiones y probablemente fue Chile la selección que intentó llevarse la victoria con más convicción. La albiceleste maltrató el balón en el inicio de las jugadas y no integró a Messi en el juego. El equipo de Sampaoli tuvo claro una consigna, en caso de que Messi consiguiera salir del regate, la jugada debía ser interrumpida con una falta. Así ocurrió durante todo el partido, en el que la selección chilena detuvo con dureza las pocas arrancadas del 10 argentino. En los últimos minutos de la primera parte de la prórroga, Mati Fernández ganó presencia en el encuentro y Alexis dispuso de un mano a mano ante Romero, tras un fallo en el despeje de Mascherano. No acertó el Niño Maravilla, que sí encontró premio en el penalti más importante de la historia del fútbol chileno.

Cuando el partido llegó a los penaltis pareció hacerlo a gusto de las dos selecciones. Y el elemento más incontrolable del fútbol decidió esta vez que la selección chilena merecía el triunfo por encima de Argentina. Después de que Messi y Matí Fernández marcaran, el acierto de Vidal y el fallo de Higuaín fueron decisivos. El delantero argentino ejecutó un penalti muy similar al que le costó la Champions al Nápoles en la última jornada del Calcio, en el partido frente a la Lazio. Su lanzamiento, se acercó más a la grada del Estadio Nacional que a la portería que defiende Bravo. Tras el fallo de Higuaín, llegó el acierto de Aranguíz y un nuevo error argentino, esta vez a cargo de Banega, al que Bravo anuló con su estirada. En el momento oportuno, Alexis pidió el penalti decisivo. El 7 es el gran ídolo del fútbol chileno y toda la competición ha estado por debajo de las expectativas. Sin embargo, llegó a tiempo a su cita con la historia y pudo resolver el torneo con una pillería, que dejó vencido a Romero.

No hubo revancha para Argentina, que ha dispuesto de dos oportunidades inmejorables para superar su maleficio. La selección de Martino fue un equipo melancólico, que ejecutó un fútbol sin encanto ni inspiración. Tras la derrota, la albiceleste prosigue su travesía en busca de los títulos. La mirada de Mascherano a la Copa, cuando recibió la medalla de consolación, reflejó el sentimiento de una selección que sigue cayendo a las puertas del triunfo. También personificó esa sensación Messi, que será eternamente discutido por el público argentino. La falta de un plan de juego colectivo, le perjudicó casi tanto como el marcaje de Gary Medel. De nuevo derrotado en la antesala de los títulos, la sombra de la derrota con la albiceleste parece perseguir a la zurda de Messi.

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Chile, por su parte, completó su sueño de vencer en su propio terreno. Lo hizo en un estadio emblemático, que ha conseguido superar el horror para convertirse en el santuario de una selección alegre, solidaria e impulsiva. El torneo es un bonito premio para la mejor generación del fútbol chileno, liderada además por un gran estratega como Jorge Sampaoli, que derrotó con claridad a Martino. Sampaoli, que asumió la difícil tarea de suceder a Bielsa, supo mediar en los conflictos y construyó un equipo valiente y aguerrido, capaz de corresponder las ilusiones de su afición. Chile eligió la mejor ocasión posible para vencer por primera vez a la albiceleste.

Argentina es un equipo abrumado por el peso de su tradición. Chile, por su parte, lleva tiempo queriendo escribir su propia historia.

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Jorge Rodríguez Gascón.

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Foto 1: El País, NELSON ALMEIDA (AFP). Foto 2: El País, NELSON ALMEIDA (AFP). Foto 3: El País, NELSON ALMEIDA (AFP). Foto 4: El País, ANDRE PENNER (AP)

EL CLÁSICO DE LAS MIL CARAS

El Barcelona venció en el clásico del fútbol español (2-1), en un partido bonito, igualado y lleno de alternativas, que resolvió Luis Suárez en el minuto 56. El duelo no decepcionó en el juego y fue un intercambio de golpes entre los dos candidatos al título, una sucesión de estados de ánimo que acabó por coronar al Barcelona.

FC Barcelona v Real Madrid CF - La Liga

El espectacular mosaico del Camp Nou recibió a los protagonistas de un evento deportivo que se retransmite en todo el mundo. Luis Enrique se decidió en la previa del partido por Mascherano como eje del equipo, en lugar de Busquets, que acaba de recuperarse de una lesión. La decisión privó al Barcelona de un juego más aseado, pero le permitió ganar tensión competitiva en un partido exigente. El estadio registró la mejor entrada de la temporada y el público tardó poco en cantar el primer caño de Messi, una de las apuestas que más baratas se pagaban en el Clásico. El equipo de Luis Enrique amenazó tímidamente a Casillas, hasta que el juego se alejó del 10. Con Messi aislado en la banda, el Barcelona estuvo lento en la circulación, no ejerció bien la presión, perdió el control del partido y el Madrid disfrutó de espacios para correr. Rakitic tuvo que sacrificarse a la hora de seguir a Marcelo y el Madrid generó superioridad en el medio, en el que camparon a sus anchas Modric y Kroos. Bajo la dirección del croata, Marcelo desbordó por el costado, Benzema puso su talento al servicio del equipo y Cristiano olfateó el gol. Los tres se dieron cita en la primera ocasión del Madrid. La jugada partió de la banda de Marcelo y el balón llegó a Benzema que, tras revolverse en el área, centró para Cristiano. El portugués remató forzado y su lanzamiento se topó con el larguero de Bravo.

El Barcelona lograba sacudirse la presión blanca por momentos, bajo la conducción de Iniesta, el juego de espaldas de Suárez y las ráfagas de Messi. Pero en la primera parte renunció a su abecedario futbolístico y abusó del balón largo a Suárez, que se peleó durante todo el partido con Pepe y Ramos. Con Messi lejos del cuero, Neymar rifó la posesión en regates intrascendentes, Rakitic perdió peso en el partido y Alves sufrió en su banda, ante la superioridad que generaban Cristiano y Marcelo. Y cuando la duda rondaba el Camp Nou, Messi botó con precisión una falta desde el costado izquierdo. Mathieu le ganó el salto a Ramos y remató a la red de Casillas (1-0), que regresaba al Camp Nou dos años después. Y aunque el partido transcurría por un terreno de idas y venidas, en el que el poderío físico parece favorecer a los velocistas del Madrid, el Barcelona tuvo tras el gol la opción de ampliar su ventaja. Suárez cazó un rechace en el área madridista y su disparo tropezó en Neymar, que falló con todo a favor, a medio metro de la portería de Casillas. La jugada no pudo ser más trascendente para el resultado, pues en el siguiente ataque, Benzema fabricó el gol de la igualada. El francés recibió en el borde del área un servicio de Modric y dibujó de tacón un pase medido para Cristiano. El portugués, muy activo durante la primera mitad, llegó antes que Alves y ajustó su disparo de puntera hasta hacer inútil la estirada de Bravo (1-1).

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Tras el empate, el equipo de Ancelotti disfrutó de sus mejores minutos en el Camp Nou, que coincidió con el mejor momento de Benzema y Cristiano en el partido. El portugués mostró en el Clásico su ambición: encaró a Alves, buscó posiciones de remate, exigió a Bravo con un poderoso lanzamiento y fomentó su sociedad con Benzema, el futbolista más inspirado del Real Madrid. El francés posee la capacidad de improvisar en ataque estático, ofrece siempre buenas soluciones para sus compañeros y tiene además facilidad para rescatar un pelotazo y convertirlo en un tesoro.

Bravo fue exigido por Bale, Benzema y Cristiano y el chileno mantuvo a su equipo en el partido. El Barcelona agradeció el descanso y se benefició de la poca puntería del Madrid. En la segunda parte el equipo de Luis Enrique se serenó en el juego y, aunque le costó progresar en la elaboración, concedió menos pérdidas y limitó los ataques blancos. Ante el atasco blaugrana en la media decidió forzar a la defensa del Madrid con balones al espacio, como una forma de sorprender a su rival. Y el Barcelona encontró a Luis Suárez, un futbolista al que le sienta bien la etiqueta de los grandes partidos. Alves lanzó la carrera del uruguayo con un desplazamiento largo y el delantero le ganó la partida a Ramos. Orientó el balón y, con poco ángulo, cruzó su disparo con precisión, lejos de Casillas (2-1).

El segundo tanto fue un golpe crítico para el Madrid, que se fue difuminando en el encuentro, en el momento en que irrumpió Messi. El argentino llegó tarde al partido, fundamentalmente porque el Barcelona no consiguió integrarle con la posesión y él tampoco se ofreció en exceso. No estuvo tan fresco como ante el City, pero en la última media hora, el 10 volvió a dirigir al Barcelona, cuando Kroos y Modric ya no tenía pulmones para realizar las coberturas. La salida de Xavi y Busquets le dio al Barcelona más fluidez en el juego y el equipo conservó el balón con criterio. Messi abandonó la banda y acampó en la posición del enganche, lugar en el que muestra su facilidad para la invención. Desde allí, explotó su zurda, burló rivales y fabricó las mejores ocasiones del Barcelona. Jordi Alba estuvo a punto de marcar en un servicio del 10 y Neymar mantuvo su riña con el gol hasta en tres disparos. Messi también falló ante la sombra de Casillas: primero, se zafó del marcaje de Kroos y su disparo de interior se fue fuera por poco; después, no embocó un pase atrás de Jordi Alba, en una bonita combinación entre ambos; y, por último, no resolvió un barullo en el área madridista.

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Con el Madrid fatigado, el Barcelona disfrutó de varias oportunidades para firmar la sentencia. Pero, al igual que ante el City, pecó de cierta inocencia ante la portería rival, cuando la inercia del partido estaba a su favor. El Madrid no tuvo capacidad de respuesta tras el gol de Suárez y solo inquietó a Bravo con un disparo lejano de Benzema. Cristiano no amenazó en el último tramo, Marcelo no profundizó como en la primera parte y la media se desfondó. El equipo de Ancelotti recurrió al juego directo y se estrelló contra Piqué, que confirmó su buen momento con un partido impecable ante el eterno rival.

El Clásico llegó a su fin con el rondo del Barcelona en el descuento. El Madrid dejó buenos síntomas en el Camp Nou: fue mejor durante muchas fases del partido y supo imponer su juego hasta el gol de Suárez, pero perdonó a su rival en las jugadas decisivas del duelo. El Barcelona mantuvo la paciencia en los momentos críticos, en los que la fortuna estuvo de su lado, y superó con claridad a su rival en la última media hora, gracias a la finta de Messi y al pase de Xavi, que completó su partido número 42 ante el Real Madrid. Antes, cuando el Barcelona parecía estancado en el juego, Mathieu y Luis Suárez le habían dado la ventaja, en dos acciones que definen los registros del Barcelona de Luis Enrique. El primer gol llegó en una jugada a balón parado, una suerte que tradicionalmente esquivaba al equipo catalán, y el segundo tanto responde más al juego directo que a la elaboración, una novedad que ofrece Suárez al repertorio del Barça.

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El Clásico fue un duelo exigente, un espectáculo vibrante entre dos de los mejores equipos de Europa. La fortuna y el cuidado de los detalles consagró la reacción del Barcelona en la Liga. El equipo de Luis Enrique amplía su distancia a cuatro puntos y refuerza su liderato, cuando no hace tanto llegó a estar a siete del Real Madrid. Siguen quedando muchos puntos en juego y, como mostró el partido, todo puede cambiar en el momento más inesperado. La liga, como el duelo entre sus máximos aspirantes, se mueve en un carrusel de altibajos.

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Jorge Rodríguez Gascón.

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Foto 1,2, 3 y 4: (AFP) Getty Images (Reuters).

NADIE ES MEJOR QUE NADIE

ANTÓN CASTRO // REGATE EN EL AIRE /

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Al Mundial no le falta emoción. Ni fervor religioso ni pasión nacional: el ritual de los himnos explica cómo se vive un torneo así. Ni le faltan esas frases que parecen levantar a un país. Los locutores argentinos, tan desmesurados, repiten aquello de “no nos morimos aquí. No nos morimos”, tras su lance con Suiza. Y el presidente uruguayo Mujica, que vive en un rancho, habla de “la manga de viejos hijos de puta” de la FIFA por la sanción a Luis Suárez. En el Mundial la emoción se revela de muchas formas: nadie es superior a nadie, nadie es favorito sin bajar del autobús y los choques, en su mayoría, se resuelven con suspense en los últimos minutos, en la prórroga o en los penaltis. El portero es de una pasta especial (lo decía Camus, Nabokov, Chillida…), es un elemento determinante: no tanto por su genialidad o por su capacidad de pararlo tanto (Neuer, Keylor Navas, Howard…), sino por su sensatez (Claudio Bravo, por ejemplo), y ahí reina un hombre tranquilo y largo que se llama Courtois. La actuación del portero –a veces puede resultar entre gracioso o patético como Sergio Romero, inferior a todas luces a Willy Caballero- contribuye a darle grandeza a las eliminatorias: pienso en Julio César. Él es uno de los líderes de Brasil: canta y gesticula como si se enfrentase,  en cada choque, a una prueba a vida o muerte. Esta, más que nunca quizá, es una competición de cancerberos.

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El Mundial tiene emoción pero poco juego. Varios equipos habían copiado el modelo español de fútbol hermoso, de toque y posesión, del Barcelona y de Guardiola y ya están fuera: Italia es el ejemplo. Y España también. Y la misma Alemania, que ha calcado el método, anda sobre el alambre. El Mundial, como la liga española o la Champions, revela que ese sistema está en crisis o que el planeta se ha conjurado para neutralizarlo: solo sirve cuando el balón circula muy de prisa, cuando la clase de los jugadores es impresionante y la presión no descansa. En cambio, este Mundial –del espray, del tiempo muerto y del ojo de halcón-, no ha traído novedades esenciales en cuanto a métodos o sistemas, a invención estricta de estrategias del juego. En cambio, sí confirma que los grandes son un poco más pequeños y más tediosos y que los pequeños, con orden, atrevimiento y mucho batallar, son algo más grandes.

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Las figuras también lo son un poco menos. Messi, decisivo, es como mínimo paradójico. Juega y corre menos que nunca, pero si engancha dos o tres buenos balones despierta del tedio y del pánico a su país. Otro tanto sucede con Muller en Alemania: es su jugador más desconcertante e imaginativo y a la vez es un enigma. Holanda avanza gracias a sus tres clásicos, Van Persie, Robben y Snejder. Francia ha resucitado un poco y mejora cuando Benzema, su gran artista, se halla a gusto. Este, por su estado de forma, debiera ser su campeonato. Los jugadores, en general, son ciclotímicos y de veleidosa moral. Se encuentran y se pierden. Se reencuentran y estallan, como le ocurre a Ángel Di María o Hazard, empecinado en ser tan refinado e imprevisible como Enzo Scifo. Por eso, por su equilibrio, por su oficio, por su sentido del gol, reina James Rodríguez. Dicen que es el más grande: quizá no lo sea aún, pero es talentoso, brillante, le acompaña la suerte y parece en estado de gracia. Como el Pelé de 1958. Con todo, Colombia, tan sólida y tan artística a la vez, tan comprometida línea por línea, se enfrentará a un equipo que ya ha acudido al psicólogo: este Brasil sobrecogido de responsabilidad y agobiado por su mal juego. Su propia estrella, tan contagiado de pragmatismo, dice que no están ahí para practicar ‘jogo bonito’ ni la antigua bossa nova del fútbol sino para ganar. La duda es: ¿cómo lo harán?

* Este artículo se publicó en Heraldo de Aragón el 3 de julio de 2014.