En el fin está el principio

Antón Castro / La química del gol

España tendrá que rehacer su bloque y su estrategia a partir del legado de Del Bosque y Luis Aragonés y de la apuesta por la renovación de los futbolistas

iniesta y silva

Los dos centrales de la selección española, Piqué y Sergio Ramos, tan distintos en el campo y fuera de él, han evaluado el fiasco de España de manera distinta. Piqué, que fue uno de los mejores futbolistas españoles con De Gea e Iniesta, dijo que el nivel del equipo es menos competitivo. Y Sergio Ramos, que no ha estado a la altura de su calidad, observó que es muy fácil criticar ante la televisión, con una bolsa de papas. Y quizá los dos tengan razón. Criticar, expresar la decepción, hallar defectos es relativamente fácil, y quizá no sea injusto hacerlo. Fútbol es fútbol.

España empezó bien y sin gol, mejoró ante Turquía y se desvaneció poco a poco aunque sin alcanzar la triste pesadilla de Brasil: se confió en exceso ante Croacia y no tuvo ni la intensidad ni la inteligencia ni el arrojo para pelear con Italia. Piqué tiene razón también y acaso lo más triste y decepcionante sea que España flaqueó pronto y se desangró en dudas y en perplejidad.

La actitud española fue el mejor campo de ensayos y el mejor estímulo de Italia, que no había sospechado aún que estaba tan bien e incluso que sus jugadores de ataque eran mejores de lo que decía la prensa. Todos habíamos ensalzado la línea de atrás, su resistencia, su dureza y su sentido táctico, Buffon, Barzagli, Bonucci y Chiellini, que suman más de 130 años, pero sus delanteros, Eder y Pellè, o sus centrocampistas Florenzi, De Rossi, De Sciglio y Giaccherini estuvieron a un gran nivel. Interiorizaron la consigna, asumieron la estrategia, tan elaborada en los días previos por Conte, e hicieron su trabajo de manera excepcional. Querían la ventaja psicológica del dominio inicial y decidieron avasallar a los nuestros, que ni respondían con carácter ni alcanzaban a leer los labios o los gestos de Del Bosque.

España no podía pensar ni recibir el balón: debía moverse en las aguas del estupor y el desconcierto. Y así fue. Los españoles perdieron el balón y se desdibujaron el bloque y los solistas. ¡Qué lejos quedaba la escuela de baile de antaño que fatigaba al más pintado! Los españoles llegaban unos segundos más tarde a todos los balones, diezmados de fortaleza, huérfanos de intención y profundidad. Superados. No había conexión entre las líneas, el esquema saltó por los aires y el balón era toda una quimera. España lo veía correr como un fantasma que huye y los italianos se crecían aún más y generaban muchas ocasiones.

Que España no defendía bien lo sabemos desde que se fue Puyol. Él sí tenía madera de líder. Como la tenía Xabi o el mismo Xavi, el cartabón de todos los pases. Pese a todo, esta España no era tan mala ni debió serlo. Había buen equipo, excelentes nombres, futbolistas contrastados en Europa y en las mejores ligas, pero también hay jugadores que no acaban de rendir, que en la selección pasan un poco inadvertidos o resultan intercambiables.

Ejemplos: Thiago Alcántara, que estaba llamado a ser el sustituto de Xavi, pero que parece estancado por sus lesiones y por su nueva forma de jugar, adocenada, de menor riesgo y sin fantasía. Ejemplos: Koke, que parecía que iba a ser el gran centrocampista del futuro y también se ha varado. Y parece que ya dicen sus últimas palabras jugadores como Casillas, Cesc y Silva. Silva, admirado por doquier y tan necesario, tiene algunos defectos que menguan su calidad: le cuesta una eternidad disparar, asumir un poco de liderazgo, es discontinuo y eso rebaja su genialidad.

La estela de Del Bosque 

Cesc es intermitente y blando: ahora solo parece un obstáculo –se desvanece en los choques de altura, trabados– para la llegada de los nuevos centrocampistas que están llamando a la puerta, Saúl Ñíguez, sobre todo. En esta Eurocopa quizá se debiera haber probado en partidos específicos con el doble pivote, con Bruno Soriano o Koke junto a Busquets, para dar equilibrio y consistencia en la contención y en la creación, y quizá debió disponer de más minutos Lucas Vázquez, más desequilibrante en este momento que Pedro. Atrás, el voluntarioso Juanfran pudo haber cedido, de cuando en cuando, el carril a la centella Bellerín.

Vicente del Bosque ha cumplido una etapa. Ha sido brillante y generoso. Ha dejado una estela de excepcionalidad, sabiduría y títulos. Lo ha hecho muy bien hasta Brasil y Francia. Da la sensación de que ahora ha perdido la autoridad, su luz o el amor propio tan necesario, ha cedido el carisma, y de que debe empezar un tiempo nuevo. Nada será igual, desde luego, pero también es el momento de plantearse nuevos retos y de avanzar sobre las adecuadas bases del pasado: sin drama, sin victimismo y sin renunciar del todo al espíritu y a la plasticidad del fútbol más hermoso.

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(*) Este artículo se publicó en Heraldo de Aragón el miércoles 29 de junio de 2016.

 

España no intimidó a Croacia

Antón Castro / La química del gol

españa vs croacia (líbero)

Los balcánicos dieron la vuelta al gol de Morata (1-2) y dejaron en evidencia la lentitud española. El equipo de Del Bosque, que repitió alineación, fue víctima del cansancio y del desorden.

Que Croacia no es Chequia ni Turquía ya se sabía. Todos teníamos claro que iba a ser un partido exigente que calibraría con mayor seriedad las posibilidades de España. El choque empezó con demasiado descontrol: ellos, que habían dejado a algunas figuras en la banqueta, salieron con empuje y dinamismo, dispuestos a subir y colgar el balón de inmediato. Y España asomó un tanto fría y lenta: en poco tiempo se encadenaron fallos, más o menos leves, de Piqué, de De Gea, de Sergio Ramos y de Busquets. A la Roja le costaba encontrar el ritmo y la posesión, y los croatas parecían no echar en falta a su líder Luke Modric, el cerebro.

Estaban tan seguros los balcánicos de su juego y de su energía que Iván Rakitic se desplazó a la derecha dispuesto a penetrar por la banda y listo para detener los avances de Iniesta y sus flechas, Alba y Nolito. De repente, David Silva, el mago Merlín, cogió un balón y encadenó varios amagos hasta que dejó un balón inesperado y sutil, un milimétrico pase interior a Cesc Fábregas: este tocó, envió el regalo a Morata y el ariete marcó con la izquierda.

La jugada fue todo un prodigio de precisión, de sutileza y de confianza. Silva demostró ahí porque es tan bueno y porque se le considera el ‘Messi’ de la selección. El canario se entusiasmó, se sintió a gusto e importante y creó varias ocasiones, incluso se permitió lanzar un balón envenenado desde lejos, él, a quien tanto le cuesta soltar la pierna.

España desarboló a su rival durante quince minutos: con el balón en la bota, no tenía adversario y los croatas parecían condenados a correr y correr. Rog, Srna y el joven Jedvaj se defendían como podían, pero España perdió precisión, adormeció el ritmo, suavizó su ambición y Croacia empezó a jugar mejor. Avanzaba por los costados y por el centro. Empezó a dominar y a meter el miedo en el cuerpo. Poco a poco, ante el paulatino despiste de los nuestros y la evidente  desaparición de Iniesta, fundido e intrascendente, de Silva, de Fábregas, se adueñaron del partido comenzaragon a exhibir un balompié de impacto rápido. Vertical.

España daba muestras de desconcentración y de despiste y, sobre todo, de lentitud. Esa tónica en realidad se mantuvo casi siempre. Anoche ni la suerte estuvo con los españoles: Sergio Ramos falló un penalti que no fue y Piqué tuvo que emplearse muy fondo. Corrigió el vacío de Juanfran y se mostró majestuoso, incluso estuvo a punto de detener el disparo letal de Ivan Perisic, que no paró de husmear el área española todo el tiempo. España era una perfecta desconocida: sus virtuosos se habían desconectado. Los cambios no fueron determinantes: Aritz Aduriz sustituyó a un pendenciero ayer Morata, Bruno Soriano aportó solidez al centro del campo y el cambio de Thiago Alcántara, para controlar el balón, no sirvió de nada.

Croacia se mostró como un gran conjunto. Vibrante y pundonoroso, con fe en sí mismo, que no se asusta de un resultado adverso y que sabe muy bien a lo que juega. No se amilanó ante el nombre del España. Asfixió su centro del campo y le puso dos o tres marchas más de velocidad al juego y mostró orientación y capacidad de despliegue y repliegue. El resultado adverso condena a los nuestros al mayor esfuerzo: deberá tumbar a Italia para seguir y, en ese caso, debería enfrentarse a Alemania o Francia. España careció de fluidez, de un poco de soberanía y orden en defensa, control en la media, y le faltó una buena transición de balón y velocidad. Se ha metido en un pequeño atolladero y volverá a enfrentarse a Italia, que tiene unas cuantas cuentas pendientes con Del Bosque y sus chicos.

Al técnico español, por una vez, y desde luego a posteriori, cabe reprocharle que no haya dado descanso a sus estrellas. A Iniesta, que hará mucha falta en el futuro. A Cesc. A Silva. Al propio Ramos. Los croatas sí lo hicieron. Y quizá haya que reprocharle que aún no ha entrado en acción otra arma necesaria en ataque: las carreras, los centros y la frescura de Lucas Vázquez.

El resultado de ayer dejó otro sinsabor: España perdió su poder intimidatorio y se reveló frágil.

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*Este artículo se publicó en Heraldo de Aragón, el miércoles 22 de junio de 2016.

THIAGO SILVA HACE VOLAR AL PSG

El Paris Saint Germain consiguió el pase en Stamford Bridge en una declaración de ideales, un ejercicio futbolístico que ejecutaron los parisinos con buen gusto, pundonor y coraje. El equipo que dirige Laurent Blanc se sobrepuso a la tempranera expulsión de Ibrahimovic y supo reaccionar cuando la eliminatoria estaba en su contra. Thiago Silva cometió el penalti que ponía al Chelsea por delante en la prórroga y enmendó su error con un testarazo a la red de Courtois.

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Si algo se le podía achacar al Paris Saint Germain, un equipo construido por la maquinaria económica del jeque Nasser Al-Khelaïfi, era que le faltaba su gran bautismo europeo. Se le podía reprochar también que le faltó carácter en las eliminaciones de las últimas temporadas, ante el Chelsea y el Barcelona. Pues bien, su partido en Stamford Bridge solventó de un plumazo todas las dudas que su generaba su juego, especialmente en los grandes escenarios. Su orgullo y su amor propio quedó reflejado en la figura de sus centrales: David Luiz y Thiago Silva, los autores de los goles que sellaron la reacción del conjunto galo. El Chelsea se empeñó en que no se jugara a nada, y olvidó que también tiene armas para atacar y no solo para resguardarse. No hubo noticias de Cesc en la circulación, no apareció Hazard para desequilibrar y Diego Costa se perdió en riñas con David Luiz. Por el contrario, cobraron protagonismo Matic y los guardianes de la zaga blue (Ivanovic, Terry, Cahill y Azpilicueta), los verdaderos hombres de confianza de Mourinho. Y con el Chelsea entregado a la pizarra de Mou, la media del PSG aceptó el protagonismo que concede el balón. Verratti, Motta y Pastore se juntaron en el medio y combinaron con exquisita precisión. Entre Verratti y Motta se reparten los papeles en la dirección del juego. Thiago Motta es un jugador de escuela, de esos que le da criterio a la circulación. Marco Verratti imprime su sello en cada pase. El menudo mediocampista italiano es un futbolista osado, de gran personalidad, que destaca en la lectura del juego. Tiene plena confianza en sus recursos técnicos y posee la facilidad de saltar la presión con un regate sutil o un pase medido. También entendió bien el partido Pastore, que acudió a generar superioridades en el medio e inquietó a Ivanovic desde el costado izquierdo. Por ese carril se desplegaba también Maxwell, un lateral fino y aseado, que sigue dando soluciones por más que pasen  los años. El trotón Matuidi cubría las espaldas y se aproximaba al balcón del área. Se ofrecía Cavani y jugaba de cara Ibrahimovic, que en el minuto 32 fue víctima de un error de bulto del colegiado. El balón quedó largo e Ibrahimovic llegó tarde en la disputa con Óscar, pero recogió las piernas visiblemente para moderar su entrada. Óscar exageró el golpe y los futbolistas del Chelsea fueron en manada a por el árbitro. Bjorn Kuipers cayó en la trampa y expulsó a Ibrahimovic. No se inmutó el PSG y siguió fiel a su plan de juego, basado en el buen trato del balón. Tampoco dio un paso hacia delante el Chelsea, que mereció la eliminación porque no presentó ningún argumento ofensivo. Jugó demasiado preocupado de proteger a Courtois, sin imaginación en el juego ni voluntad de herir al rival.

1426094599_130686_1426105263_album_grande El ideario de Mourinho viene avalado por un glosario de títulos, pero posee tantos apartados dedicados a los sistemas defensivos que olvida que el fútbol también es un juego basado en la improvisación y en el ataque. Darle un resultado a favor es darle una ventaja que se ha de conservar, que bajo ningún concepto se puede estirar más, si eso exige arriesgarse. Y esa fue la tumba del Chelsea en Stamford Bridge: un planteamiento basado en la precaución y la cobardía. El equipo inglés no quiso  sentenciar a un rival fatigado, que jugó noventa minutos en inferioridad numérica y lo pagó con la eliminación. El PSG, por otra parte, buscó la victoria sin reservas, con la pasión y la urgencia que impone un resultado adverso. El equipo parisino solo dejó de trenzar jugadas cuando Verratti tuvo que pedir el cambio, en los minutos finales del tiempo reglamentario. Minutos antes había tenido el gol en las botas de Cavani. Verrati salió de la presión con un giro plástico y cedió para Pastore. El mediapunta argentino atendió a la llegada de Cavani y el disparo del uruguayo se topó con la madera, después de sortear la salida de Courtois. Por un momento, el resultado pareció darle la razón a Mourinho, cuando Cahill fusiló a Sirigu tras un barullo en el área. El primer gol de la noche partió, como todos los que llegaron después, de un saque de esquina. Y parecía que el gol del Chelsea firmaba la clasificación de los blues, entre otras cosas porque su rival estaba asfixiado. Pero el equipo que dirige Laurent Blanc encontró aliento en los córners y apareció David Luiz para llevar el partido a la prórroga. Lavezzi centró y el defensa brasileño ejecutó un remate de cabeza inapelable a la escuadra de Courtois. Pese al empate, Mourinho mandó parar a los suyos en los minutos finales del partido, consciente de la ventaja que tenían al jugar una prórroga frente a 10 jugadores. En los minutos iniciales del tiempo extra, el Chelsea dio un paso al frente, empujado más por la inercia del partido que por la voluntad de atacar. Y una vez que consiguió la ventaja volvió a entregarse a la calculadora de su técnico. Thiago Silva saltó frente a Zouma con el brazo en alto. Es difícil saber si llegó a tocar el balón pero el gesto fue tan extraño y, al mismo tiempo tan alarmante, que el colegiado señaló penalti. Hazard, que fue el único rebelde en un equipo demasiado encorsetado, lo transformó con tranquilidad. Esta vez sí que parecía el gol definitivo, entre otras cosas, porque el PSG daba la impresión de estar entregado. Pero el equipo de Blanc se encontró con dos nuevos saques de esquina, en los que Thiago Silva emergió. El brasileño había cometido un error impropio de su nivel y había emborronado su gran partido. Pero el fútbol no hubiese sido justo con él si no hubiese premiado su esfuerzo durante los 120 minutos. En el primer lanzamiento, Courtois despejó su cabezazo con una estirada inverosímil. El segundo córner llegó desde el otro costado y Thiago Silva se elevó para batir a Courtois en el minuto 114. El brasileño firmó el gol que castigó a un Chelsea tan precavido que, a fuerza de no arriesgar, acabó asumiendo demasiados riesgos.

1426094599_130686_1426115219_album_grande El PSG consiguió superar a su verdugo de la temporada pasada y lo celebró en el mismo césped, con los aficionados que se desplazaron hasta Londres. Hasta el jeque, Nasser Al-Khelaïfi, bajó al campo en busca de futbolistas a los que abrazar. La victoria supone una liberación para la plantilla y es, en definitiva, justa para el fútbol. El equipo de Blanc ha dejado de ser una exótica constelación de estrellas. Tras su noche mágica en Stamford Bridge, el Paris Saint Germain se ha convertido en un serio aspirante.

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Jorge Rodríguez Gascón.

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Foto 1: Toby Melville (REUTERS). Foto 2: Ian Kington (AFP) . Foto 3: Gerry Penny (EFE)

COURTOIS SE HACE GRANDE EN PARÍS

El Paris Saint Germain y el Chelsea empataron (1-1) en el primer duelo de la eliminatoria, en un enfrentamiento que decepcionó en el juego. Stamford Bridge volverá a ser el escenario en el que se decida el pase a cuartos de final.

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Sobre el papel, se trataba de la eliminatoria más interesante de todos los duelos de octavos de final, honor que en todo caso comparte con el Barcelona-Manchester City de la próxima semana. Y quizá el gran cartel de la eliminatoria fue uno de los elementos que jugó en contra del espectáculo. Los entrenadores, especialmente Mourinho, se obcecaron en sujetar a sus equipos, con la obsesión de no exponerse más de lo necesario ante un rival temible. Los dos equipos atendieron más a las grandes amenazas del rival que a sus propias virtudes. Y en el espeso terreno de la táctica, se fraguó un partido conservador, aburrido y plano, sin demasiadas variantes en el juego ni velocidad en la circulación. El Chelsea temía la pólvora de la delantera parisina, que tiene en su plantilla a dos grandes goleadores: un artista (Zlatan Ibahimovic) y un matador (Edilson Cavani). El Paris Saint Germain quería evitar los pases de Cesc, el regate de Hazard y los goles de Diego Costa. El duelo entre los nuevos ricos del fútbol, lejos de ser un combate desmelenado, fue una especie de tanteo entre dos púgiles demasiado precavidos. Y el tanteo se prolongó durante casi todo el partido, aunque Blanc se libró de sus miedos en las minutos finales, cuando descubrió que el Chelsea es un equipo más vulnerable de lo que creía, especialmente en el juego aéreo.

Mourinho reconoció que si alguien debió llevarse el partido, ese debió ser el Paris Saint Germain, fundamentalmente porque lo intentó más, o porque simplemente lo intentó. Y ya desde el inicio, dispuso de más oportunidades. El equipo parisino orientó el juego a su banda izquierda; en la que se despliegan el trotón Matuidi y el lateral Maxwel, y aparece de vez en cuando un extremo imprevisible, capaz de lo mejor y de lo peor: Ezequiel Lavezzi. Y desde allí llegaron sus mejores oportunidades durante todo el partido, especialmente en los minutos finales, cuando Marco Verratti, el menudo constructor del juego parisino, entendió que el lado débil de la defensa blue era el lateral que ocupa Ivanovic, un central reconvertido. En la primera mitad, Matuidi cabeceó un servicio de Cavani desde ese costado. Su remate puso a prueba los reflejos de un portero inmenso: Thibaut Courtois. El  belga reaccionó a tiempo y despejó el ataque de los parisinos, como hizo durante toda la noche. En la continuación de la jugada el balón volvió a partir de la banda izquierda y le llegó a Ibrahimovic, que se topó por primera vez con las manos de Courtois. Y antes de que llegara el gol del Chelsea, Cavani dispuso de una oportunidad, esta vez a la salida de un córner, desde el lado derecho. El centro de Lavezzi lo remató el uruguayo al primer palo pero de nuevo emergió el portero belga para evitar el tanto de los franceses.

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Antes de llegar al descanso, el equipo de Mourinho se encontró un gol en una jugada que parecía intrascendente. El Chelsea había administrado la posesión durante la primera parte con cautela, sin asumir riesgos, aunque fuese a costa de no inquietar al rival. Sin grandes noticias de Cesc Fábregas, el futbolista que le da sentido al juego del equipo londinense, la circulación del Chelsea la representó como nadie Matic, un mediocentro recuperador que se ha especializado en dar el pase más sencillo. El serbio se ha convertido en una pieza importante del equipo pero su labor es más bien silenciosa. No posee la capacidad de saltar líneas con un pase filtrado, un servicio necesario para encontrar a Hazard, que estuvo siempre muy vigilado, a William, más trabajador que otra cosa en París, o a Diego Costa, que menguó ante el marcaje de Thiago Silva y Marquinhos. Atascados en la posesión, sin mucha aportación de sus delanteros, los blues se pusieron por delante en una jugada que protagonizaron sus defensas. La acción fue extraña desde el inicio. El Chelsea, un equipo poderoso en el juego aéreo, optó por lanzar el córner en corto. El central John Terry recogió un balón pasado en posición de extremo y centró sin mucha convicción. Su compañero en la zaga, Tim Cahill, prolongó de tacón y el lateral Ivanovic batió de cabeza a Sirigu (1-0).

El Paris Saint Germain tuvo que dar un paso al frente en el partido, condicionado por la urgencia del resultado. El gol le dio al Chelsea el pretexto perfecto para esperar al rival en su propio campo. Quiso anular la posesión del equipo de Laurent Blanc, aunque fuese a costa de renunciar al segundo gol. Tras el descanso, el PSG se entonó, aunque mantuvo ciertas precauciones: nunca descuidó la marca de Diego Costa o Hazard. El equipo francés superó a su rival en la media, gracias al talento de Verratti en la distribución, al recorrido de Matuidi y a la presencia de David Luiz, que parece partir siempre con ventaja en la disputa. Verratti dirigió el juego con personalidad, David Luiz recuperó y se asoció en corto, Matuidi se desfondó, Ibrahimovic dejó destellos de su talento y Cavani siguió buscando el gol en cada jugada. El uruguayo es un purasangre del fútbol, un jugador que no entiende de discusiones tácticas: se vacía en cada partido y vive siempre en boca de gol. Es, además, generoso en el esfuerzo y solidario con el equipo, una virtud que parece ser una costumbre en los delanteros uruguayos. Cavani firmó el tanto del empate en otro centro de Matuidi, tras una larga posesión del conjunto parisino. El Matador volvió a ganar el balón de cabeza a los centrales y esta vez Courtois no pudo evitar que el remate acabara en sus redes (1-1). Contagiado por el entusiasmo de una grada ruidosa, el PSG vivió sus mejores minutos en el partido y dispuso de hasta tres oportunidades claras para completar la remontada. En la primera, Ibrahimovic sorteó rivales hasta toparse con Courtois, que le ganó la partida en el mano a mano. Tampoco acertó Lavezzi en el rechace, que fue despejado por Azpilicueta. Poco después, Cavani dejo atrás con un bonito quiebro a Matic y su disparo de puntera se marchó ligeramente desviado. Y cuando moría el partido, Maxwell encontró la cabeza de Ibrahimovic en el segundo palo. El genial delantero remató a bocajarro y Courtois cerró su gran noche en París con otra mano prodigiosa.

Paris St Germain v Chelsea - UEFA Champions League Second Round First Leg

Mourinho había advertido en la previa del partido que el Chelsea de este año es muy diferente al equipo que se midió al campeón francés la temporada pasada. Es cierto que el equipo londinense trata ahora mejor el balón y en fases de la temporada ha practicado un fútbol vistoso, bajo el foco de Cesc y de Hazard. Pero la duda que deja este equipo es si será capaz de utilizar ese registro en los partidos importantes, en los que se deciden los títulos. Ayer volvió a alimentar esas dudas, con un propuesta rácana que solo encuentra su justificación en el marcador. El técnico portugués reconoció que Courtois evitó la victoria del PSG en París, especialmente en la segunda parte. Con sus paradas finales, el belga les da la oportunidad de jugarse el pase a cuartos con todo a favor en Londres, ante un equipo que baja su rendimiento fuera de Francia. En el club parisino advierten que la eliminatoria de la pasada campaña les hizo madurar. Y esperan que esta vez sus dos delanteros, Zlatan Ibrahimovic y Edilson Cavani, puedan ganarle el duelo a un gigante de goma: Thibaut Courtois.

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Jorge Rodríguez Gascón.

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Foto 1: The Guardian. Foto 2: Skysports.  Foto 3: The Daily Telegraph.