Casemiro y el miedo al amarillo

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El Real Madrid ha encadenado tres empates consecutivos en los últimos días. La casualidad ha querido que sea ante equipos que visten de amarillo (Villarreal, Las Palmas, Dortmund). Según eso, la superstición juega a favor del equipo de Zidane: no hay tantos equipos que utilicen ese color a lo largo de la temporada. Si se analizan en profundidad esos empates, sí que se encuentra una causa común y hasta cierto punto preocupante: los tres han llegado en el periodo de ausencia de Casemiro, que estará de baja al menos dos semanas más. El brasileño es uno de esos futbolistas que mejoran al colectivo, por su inteligencia táctica, su sentido de la ubicación y su facilidad para recuperar. En una plantilla que vale al menos 500 millones de euros, un tipo corriente y hasta cierto punto secundario adquiere una importancia vital. Casemiro es un especialista: actúa de coche escoba o de centinela y apenas arriesga, pero hace de la sencillez su mejor virtud. En la plantilla no hay un recambio específico para su posición. Al equipo de Zidane le sobran los futbolistas creativos: Kroos y Modric partían desde el enganche en sus orígenes y James, Isco y Asensio[1] se pelean por el puesto que queda bacante en la mediapunta. En un grupo lleno de jugadores especiales, Casemiro representa el valor esencial de los modestos. En el fondo, es él quien está fuera de la norma.

En noviembre de 2015, el Madrid perdió 0-4 frente al Barcelona en el Bernabéu. Aquella derrota supuso, a la larga, la destitución de Rafa Benítez. En la alineación no figuraba Casemiro, que era del gusto de su técnico y que, en el fondo, no convencía al público más exquisito de Chamartín. Este sector recordaba que el mejor fútbol ofrecido por el Madrid en años llegó de la mano de cuatro mediocampistas con voluntad ofensiva: Modric, Kroos, James e Isco. Benítez optó aquella tarde por una alineación que seguía la línea marcada por el presidente y que buscaba la reconciliación con su público. El resultado y la superioridad del Barcelona mostraron que Benítez debió haber seguido sus principios. En el vestuario visitante, donde disfrutaban con euforia y cierta soberbia de la victoria, se escuchó una frase que adquirió la fuerza de un epitafio: “Si sacan a Casemiro, igual no les metemos cuatro”.

Cuando llegó al banquillo, Zidane mostró la inteligencia necesaria para valorar una idea de su predecesor. Y la valentía que se necesita para ponerla en práctica en las citas más importantes. Casemiro se convirtió en la pared maestra del Madrid. Zidane usó con frecuencia a Lucas Vázquez, también del gusto de Benítez y al que, por supuesto, nunca se atrevió a poner. El resultado de la temporada, que se cerró con la Undécima, dejó en buen lugar a Zidane y a Casemiro, una especie de Mauro Silva moderno [2]. Al brasileño se le valora ahora más que nunca en el Bernabéu. Sobre todo porque los números justifican su apuesta. Casemiro solo ha perdido un partido desde que el técnico francés sustituyó a Benítez y ha logrado 19 victorias y un empate en 21 partidos. Sin el brasileño, el Madrid ha cedido cinco empates y una derrota en 14 encuentros.

Frente al Eibar, el Madrid desea firmar una victoria cómoda para escapar de las dudas. Algunos de los que temen por el resultado se preocupan porque el segundo uniforme del Eibar es amarillo. Otros miran hacia la enfermería, donde está Casemiro y acaba de llegar Modric, quizá el futbolista más importante del equipo. La declaración de Mendilibar, el técnico del Eibar, se ajusta más a la lógica:

“He jugado allí muchas veces y nunca he ganado. Ir de amarillo tampoco nos ha ido bien (…) Jugar en el Bernabéu es diferente. Vas con intención de dar la cara y te la pueden partir”.

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[1] El mejor de los tres es el más barato (Asensio), pero su juventud y su bajo contrato le restan posibilidades frente a sus compañeros. A ellos les protege la inversión realizada y el gusto del presidente (James) o del público (Isco). A nadie le alarmó la ausencia de Asensio ante el Dortmund, después de haber marcado frente a Las Palmas.

[2]  Casemiro es de la estirpe de Mauro Silva, aunque posee defectos y virtudes propias del fútbol actual. Tiene más recorrido en carrera y mayor potencia en el cuerpo a cuerpo, pero no es capaz de darle al balón con la suavidad y precisión de Mauro.

(*) Casemiro, por cierto, brilló en la vuelta ante el Barcelona, en un partido en el que el equipo blanco tomó el Camp Nou (1-2). Se interpretó como una venganza del 0-4 de la ida y nadie disfrutó tanto de la victoria como el brasileño.

Miguel Pardeza: «Un país donde se considera que leer es una rareza padece una enfermedad social grave»

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Entrevista a Miguel Pardeza en Letras Libres:

http://www.letraslibres.com/blogs/polifonia/un-pais-donde-se-considera-que-leer-es-una-rareza-padece-una-enfermedad-social-grave

http://www.letraslibres.com/espana-mexico/cultura/un-pais-donde-se-considera-que-leer-es-una-rareza-padece-una-enfermedad-social-grave

“La cultura y el conocimiento no solo han despertado el recelo del poderoso, sino también del pueblo”.

«Mi estancia aquí en la tierra no me la explico sin libros. Como tampoco me la explicaba sin fútbol mientras estaba en activo».

«Ganar y perder son nociones confusas y normalmente intercambiables».

Sobre la Quinta del Buitre: «El fútbol español venía del letargo de la furia, inventada por algunos periodistas del régimen y fomentada por el Estado franquista, tan aficionado a ver símbolos de la raza en cualquier manifestación por irreal que fuera. Una generación tomó el testigo del fracaso del 82 y se postuló con aire fresco».

Sobre Zaragoza: «Casi todo lo que fui se lo debo a Zaragoza y al club en el que milité durante once temporadas. En Zaragoza, encontré un hogar y un temperamento con el que me identifiqué desde el primer día. Allí nacieron mis hijos. Allí logré títulos junto a compañeros que reconfortan mi memoria».

El fútbol como un negocio que vive por encima de sus posibilidades: «El fútbol es un fenómeno sobredimensionarlo porque vivimos una época sobredimensionada. El poder económico de algunos países está sobredimensionado, así como el poder militar. El hambre está sobredimensionada, la desigualdad entre naciones está sobredimensionada, la ceguera ideológica y el extremismo religioso están sobredimensionados. Todo se ha salido de madre y el fútbol no es más que una consecuencia de un momento histórico en el que lo único que importan son las cifras. Hoy día se celebran los traspasos millonarios como si fuera un récord que al año siguiente hay que batir. Es de locos. La calidad del jugador, por lo general, ha cedido ante el valor de la estadística. En alguna medida, el fútbol se ha vulgarizado porque el triunfo se ha hecho la única causa posible».

Portugal burló a Francia con su lentitud letal

Antón Castro / La química del gol

Se cumplió el axioma: quien perdona tanto, pierde. Los franceses sucumbieron ante el trabajo parsimonioso que elaboró Fernando Santos, tras un gol de Éder en la prórroga.

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Fernando Santos, fumador empedernido, católico y sentimental, no cree en la enfermedad portuguesa que cantan los poetas. Es de la tribu dura y airada de los parias y los estrategas. Sabía que una vez allí, en la otra ciudad de la luz (él es de Lisboa: la ciudad de la luz abierta al mundo de los navegantes), todo era posible. Hasta que se cumpliera su profecía.

Sus chicos y él habían ido a por todo y a por todas. A veces parece un tipo colérico, mal encarado, casi violento, pero se le ven detalles de paternalismo, de afecto profundo hacia sus jugadores. Los protege, les enseña el camino, los cambia de sitio, les otorga responsabilidad, como hizo con Renato Sanches o con João Mario, o con Éder, ese delantero al que nadie esperaba y que incendió Francia y las esperanzas del mundo.

Fernando Santos sabe que a los azules franceses les cuesta pensar. Los jugadores de Deschamps son prodigiosos en cuanto a condición física, parecen de acero o de hormigón armado (incluso Dimitri Payet, que lesionó a Cristiano Ronaldo), a veces no se sabe si son motos, coches o caballos, tal como pareció insinuar un anuncio publicitario anterior al choque, y llegan a arriba por pura potencia, por desmelenamiento y agresividad. El caso más claro ha sido Moussa Sissoko, un torbellino incontenible capaz de destrozarlo casi todo, que asumió no la dirección de juego, que no la tuvo Francia, sino la intensidad, el desborde, la dentellada que provocaría tarde o temprano el gol.

Antoine Griezmann ni fue el mosquetero ni el cerebro ni el principio de la revuelta necesaria: anduvo un tanto errático, sin sitio, un poco huidizo y conformista, pudo marcar de un servicio impecable de Payet, tuvo dos o tres intentonas más, pero no se puede decir que compadeciese mucho en un día imperfecto. Quizá pensó, o sintió, que debía solidarizarse con Cristiano Ronaldo, herido en una rodilla. El hombre de Madeira dejó el campo teatralmente, entre lágrimas, que ya no le abandonaron hasta que se produjo lo inesperado: el gol de Éder. El milagro de todos los torneos. El delantero de Guinea-Bissau, de origen brasileño, ratificó un viejo axioma: cuando se perdona tanto, cuando no se aprovecha la superioridad y falta el autentico coraje, el sentido histórico y el orgullo del campeón en casa, el rival apuntilla. Y humilla a todo un país. Portugal, que había hecho poco y había resistido mucho, sentenció con una jugada espléndida. No se puede decir que Portugal haya jugado mejor que Francia. No. Pero quizá sí se deba decir. Fue más inteligente en sus limitaciones, empleó mejor sus armas, emborronó el juego cuando y cuanto quiso, lo volvió denso, insustancial y opaco, se abrazó a su extraordinario portero y le dio alas a Nani, que ha sido su mejor jugador con Rui Patricio. Francia quiso un poco, solo un poco, y se desfondó. Tuvo algunos arreones pero siempre fue un equipo demasiado impersonal, desarmado de claridad, un quiero y no puedo. Portugal se abrazó a sus certezas: los defensas Fonte y Pepe, sintió que William Carvalho, sin brillantez ni estridencia y sin errores, hizo su trabajo inmisericorde y gris, barrió su media luna y el centro del campo con serenidad y astucia. Santos intuyó que Quaresma está en el fútbol para lograr un milagro y que João Mário es ese jugador tranquilo y vibrante, de oficio, que alarga al equipo. Es sobrio, técnico, con sentido coral, que adormece al adversario. João Mário se vació para que Portugal fuese como un narcótico para Francia: el colectivo luso sobrevivió con agotamiento y ejecutó por aplastamiento.

Este partido lo hemos visto muchas veces. Portugal obtuvo el gran premio y Francia decepcionó: si a veces le sobró pundonor, le faltó auténtico corazón, aceleración y compromiso. En el fondo, le faltó fútbol y el verdadero ritmo que conduce al gol. Deschamps nunca se percató de que Francia carece de fantasía: no hay ingenio ni sutileza que alimente a sus atletas.

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(*) Este artículo se publicó en Heraldo de Aragón el lunes 11 de julio de 2016.

 

La sonrisa de Griezmann

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Antoine Griezmann es de esos futbolistas que tienen algo especial. Técnico, hábil y veloz, su zurda es una promesa de felicidad. Quizá esa es una de las grandes virtudes del 7 de Francia: Griezmann disfruta con el fútbol. No hay mejor ejemplo que su festejo del gol: el zurdo ensaya un baile poco convencional. Alza los brazos, sonríe y mueve los dedos en un gesto que recuerda a Ronaldinho.[1] Hay muchas diferencias entre él y Cristiano Ronaldo, la estrella rival, que se manifiestan también en el ritual de sus celebraciones. Cristiano salta y muestra la espalda, abre los brazos y grita. Su alarido es a medias una liberación y a medias un ejercicio intimidatorio. Las celebraciones de Ronaldo son una explosión de rabia contenida. En las de Griezmann solo hay sonrisas.

El Principito se ha revelado como el hombre del torneo. Después de una magnífica temporada en el Atlético de Madrid se esperaba que liderara a la anfitriona. Tras el partido inicial, en el que Griezmann fue señalado injustamente por la crítica, Deschamps cometió una imprudencia. Decidió situar a Griezmann y a Pogba, los futbolistas de mayor talento de su selección, en el banquillo. La respuesta del 7 fue inmediata. Salió con el partido igualado y marcó el gol de la victoria en el descuento. Desde entonces, Deschamps tiene una cosa clara: Griezmann y Pogba, que comparten habitación y un concepto sofisticado del juego, son absolutamente imprescindibles.

En los octavos de final ante Irlanda, Francia vivió al borde del precipicio. Se adelantó el llegador Brady y Francia sufrió para darle la vuelta al marcador. Griezmann fue la solución a la emergencia y la agonía. En la jugada previa a su primer tanto, algunos silbidos de la afición cuestionaban la actuación del 7. Pocos segundos después, el menudo delantero se elevó por encima de todos e igualó el partido. Minutos más tarde, recibió una gran asistencia de Giroud y marcó el gol de la victoria. Fue la gran tarde de Griezmann y el preludio de su consagración.

El partido contra Islandia fue una fiesta colectiva para los franceses. Derrotaron sin compasión a la selección más humilde del torneo. Griezmann marcó el cuarto tanto de vaselina, en un gesto técnico que resume algunas cualidades del francés: su delicadeza, su picardía y su plasticidad; también su velocidad en carrera y en la ejecución del disparo. Aquel partido reveló que Francia era una de las candidatas y la semifinal ante Alemania encumbró a Griezmann.

Francia vivía el peor momento del campeonato, agobiada por el fútbol vistoso de los alemanes. Antes del descanso era casi un milagro que la selección de Deschamps no hubiese encajado un gol. Griezmann mostró el camino a la final en un par de conducciones. El extremo tenía la libertad y la inspiración que se reserva a los elegidos. Schweinsteiger cometió una imprudencia y Griezmann, que falló recientemente un penalti en la final de Champions, lanzó desde los once metros. Cargado de responsabilidad y de malos recuerdos, ejecutó un disparo impecable ante el gigante Neuer. En el segundo tiempo, Alemania buscaba el empate con más insistencia que brillo. Había perdido la frescura del inicio, producto de la superioridad física de los mediocampistas franceses. Pogba, un gigante de seda, desbordó por el costado. Neuer despejó con apuros y el balón quedó muerto en el área. Allí apareció Griezmann, listo e intuitivo. La estrella francesa fue lo suficientemente rápido para que ningún alemán pudiera toparse con su remate. El resultado era inevitable: gol y baile de Griezmann.

La final de esta noche le enfrenta a la Portugal de Cristiano Ronaldo. No puede haber más diferencias entre dos estrellas que llevan el mismo dorsal. Cristiano tiene porte de atleta, es un depredador del área y parece un líder irascible y caprichoso. Griezmann es un espadachín o un mosquetero, uno de esos zurdos que cambian el partido desde la sutileza. Mejora el juego colectivo y parece comprensivo con los errores de sus compañeros. Griezmann mantiene la inocencia y la valentía de la juventud y espera vengar su derrota en la final de la Champions, ante el Madrid de Cristiano Ronaldo. Una de sus grandes ilusiones es vencer con su selección: “Siempre soñé con ser como los campeones del 98”, ha dicho en alguna ocasión. En el fondo es el deseo de todo un país, acostumbrado además a vencer en su terreno. Esta vez no juegan ni Zidane ni Platini, sino uno de esos extremos que saben vestirse de 10. Se trata de un mago dulce y sonriente: Antoine Griezmann.

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[1] En realidad, es un acuerdo que revela su complicidad con Koke, compañero en el Atlético de Madrid, con el que celebra los goles. Se trata de la imitación de un conocido baile del rapero Drake.

El milagro de los capitanes y otras excentricidades

Antón Castro / La química del gol

Durante un mes la Eurocopa ha propiciado hechos extraordinarios como los éxitos de Gales e Islandia, las actuaciones imponentes de Bale o Hazard y la eficiencia de clásicos como Buffon.

Portugal's Cristiano Ronaldo, left, comforts Wales' Gareth Bale after Portugal won 2-0 during the Euro 2016 semifinal soccer match between Portugal and Wales, at the Grand Stade in Decines-­Charpieu, near Lyon, France, Wednesday, July 6, 2016. (AP Photo/Michael Sohn)

.Hasta aquí el fútbol  algo pálido de Europa: solo queda el partido decisivo que enfrentará mañana a dos rivales que saben lo que es jugar finales. Portugal, tercera con Eusebio en el Mundial de 1966, ha sido semifinalista en las Eurocopas de 1984, 2000 y 2012, y finalista en su propia casa en 2004, justo cuando Cristiano Ronaldo tenía 19 años y ya poseía un prodigioso salto de cabeza. Francia ganó en 1984 y en 2000 y logró el campeonato del mundo en 1998, bajo la dirección de Zidane. Por el camino se han quedado equipos simpáticos, otros que han decepcionado, momentos inolvidables y un puñado de futbolistas que oyen numerosos cantos de sirena. De todo ello hablamos en este inventario un poco azaroso.

Buffon. Sin duda uno de los grandes porteros del torneo. Y un tipo discreto y elegante: en sus amores, en sus afectos (por ejemplo, el cariño hacia Iker Casillas) y en sus convicciones religiosas. Felip Vivanco, uno de los mejores cronistas elípticos del torneo desde ‘La Vanguardia’, recuerda que es un hombre religioso que acude a misa los domingos. Quizá crea en los milagros: su Dios no ayudó a Italia a clasificarse pero sí lo ayuda a él a ser el mejor cancerbero en disputa con Neuer y Lloris, otro tipo discreto que también es capitán y que parece abonado a lo sobrenatural, le sacó una mano a Kimmich que fue decisiva. Ni es Batt, ni Barthez, ni Lama, ni falte que le hace. Es bueno, clásico y sereno sin ostentación.

Bale. El emblema de Gales, otro hombre para un tumulto: el cabeceador, el pateador incansable, el bombardero de las lejanías. El velocista incansable al que a veces le falta otear el horizonte y darse cuenta de que el fútbol exige pausa, cabeza erguida, partitura de grupo, solidaridad esencial. Aquí también fue ese jugador ambicioso y otro (tan distinto al del Real Madrid: un extranjero lejos de casa) que ha realizado una espléndida Eurocopa. Con los dragones rojos, ayudado por Ramsey y Robson-Kanu, su abrelatas particular, ha dado una lección de fe, de ilusión, de peligro y de liderazgo.

André Gomes. Toda Europa lo pretende, incluso el mismo Barcelona. El portugués tiene 22 años y ya había llamado la atención en Valencia. Aquí ha perdido la titularidad, pero ha dejado detalles: en esto del fútbol a veces se paga no por lo que es un jugador o por lo que hace, sino porque lo que se barrunta que podría llegar a hacer. Es su caso.

Hazard. Empezó casi renqueante, desdibujado, y acabó como nadie: marcó el gol del campeonato, o uno de ellos, y dejó para el recuerdo una actuación memorable, que hace pensar en las prodigiosas tardes de Maradona, Messi o Platini. Impresionante. Antonio Conte tiene un joya en el Chelsea al que solo le falta un poco más de constancia y algo menos de frivolidad.

Islandia. El equipo de los mil oficios. El bloque de los parias que demuestran que el fútbol es un entretenimiento coral con claves sencillas y de resultados inciertos. Despertaron a su país y provocaron oleadas de entusiasmo, tantas que colocaron al 99.88 % de sus paisanos ante el televisor. Todos hemos sido vikingos. Ellos, como los irlandeses o los galeses, han creado un ritual de identidad y fanatismo controlado. El fútbol, a veces, es sinónimo de felicidad y de pura alegría de ser y vivir.

Kimmich. Fue un recurso contra Italia para la defensa de cinco de Joachim Low. Dicen que Guardiola lo convirtió en su campo de pruebas y lo moldeó a su gusto: ha sido lateral, central y medio centro. Ayer falló en uno de los tantos y remató en varias ocasiones, con la cabeza y con el pie.  Soñó el gol. Su destino se ha abonado a la incertidumbre.

Müller. Es un tipo extraño: protestón, fullero, acusicas y errático. Es capaz de pasar inadvertido, de fallar más allá de lo posible y lo imaginable, y a la vez puede reventar un partido. Lo suele hacer en los mundiales, a lo Joaquín Murillo, ‘el Pulpo’. Recuerda a Julio Salinas o Delvecchio. En la Eurocopa se reveló otra de sus condiciones: está gafado y ni asiste, ni resiste, ni marca, ni siquiera a puerta vacía. Rivalizó con él, en tristeza y languidez, el irreconocible Götze. ¿Qué se hizo, Pep Guardiola, de aquel alemán de seda y música que parecía el hermano de Andrés Iniesta?

Pepe. El mejor defensa del torneo, acaso con el italiano Leonardo Bonucci, devoto de Santa Rosa. Expeditivo, concentrado, rápido y con ascendencia sobre sus compañeros. Un valladar de antaño que tumba delanteros de hogaño. Portugal no lo echó en falta ante Gales: ahí le suplió Bruno Alves, 33 años, de la estirpe de los rabiosos. Un doble contundente de Pepe, algo más desvanecido.

Renato Sanches. Otro de los misterios de Portugal. Muchos se plantean si tiene 18 años tan solo. Otros dicen que es un poco atolondrado, pero también dinámico, pasional, con la vehemencia del que aspira a ser ciclón. Casi nunca hace lo que debe, y de su osadía o inconformismo nacen sus mejores minutos. Corre como el guepardo y le gustan los desafíos: entrar por la banda como si fuera Garrincha o Best. Sin aquel gambeteo y otros pelos, eso sí.

Fernando Santos. El entrenador de Portugal -reservado, de carácter fuerte y filósofo de la mentalidad- inició su tarea hace dos años, dio un paso al frente y dijo: «Creed en mí, llegaremos a la final». Y ahí está Portugal. El francés Didier Deschamps, que se llevó el susto de su vida ante la brillante Alemania de la primera parte, sabe que se enfrenta a un hueso: Portugal jugará a cara de perro, con un excitado Cristiano Ronaldo y con este Santos obsesivo que habrá estudiado todos los movimientos de los galos.

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(*) Este artículo se publicó en Heraldo de Aragón el sábado 9 de julio de 2016.

La noche total y dos destellos de Griezmann

Antón Castro / La química del gol

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Didier Deschamps podría decir aquello de «a veces tengo visiones». Y anoche fue uno de esos días donde lo vio casi todo: una Francia eléctrica e incontenible que parecía que iba a comerse el mundo en los diez primeros minutos. Luego durante media hora vería como sus futbolistas se  encogían y desaparecían en su campo, y observaba cómo los alemanes poseían un inagotable abanico de recursos. La paleta cromática del juego. Entraban por las alas, manejaban el pase interior, ensayaban centros mortales e incluso andaban por ahí, derramándose en contactos al borde del penalti. Francia, achicada ante la clarividencia germana, parecía un país de espejismo. Nadie era capaz de trenzar un pase o de aguantar un balón. Nadie salvo ese bajito de Maçon con cara de pícaro seductor, ángel de todas las esquinas o duende de los bosques hechizados: Griezmann.
Francia, por fin, a partir del minuto 40 recobró un poco de impulso y de dignidad. Y no solo esto: contó con un destello de la suerte y con un decisión discutible del juez de línea. Schweinsteiger quiso emular a Boateng ante Italia, sacó su maneta a pasear y… penalti. El artillero feliz tomó el balón con su sonrisa ligeramente meliflua o letal, lo colocó y miró al gigantón Neuer, otro tipo suave. Antoine Fabrizzio Griezmann ejecutó con serenidad, exactitud y hermosura. Y los alemanes, que habían parecido auténticos reyes de la imaginación, se fueron al descanso con una herida brutal. Sin suerte.
Francia volvió a salir corajinosos y al ritmo del vendaval. Fue un trampantojo, aunque a diferencia de lo que había sucedido en la primera parte, Alemania no fue capaz de recobrar el timón, se lesionó Boateng y Griezmann seguía por ahí, detrás de Giroud, a la espera de un pista libre para correr o de un claro del bosque para lustrar la bota. Y así lo hizo, tras un fallo defensivo, destello posterior de Pogba y despeje en falso de Neuer: siguió la jugada con un arrebato de felino en los ojos y sentenció con la puntera y una  seguridad glacial. Francia ascendió a los cielos: casi todos supieron entonces que el equipo iba directo a la final. Alemania aún no se daría por vencida, claro que no, ni tampoco Griezmann, que aún ensayó al menos una carrera de velocista que debió acabar en gol. No le importó su leve error: era el héroe de la noche, el tipo sencillo y dulce que le daba más sentido que nunca al emocionante himno de Francia. Alemania, por terquedad y oficio de competidor honesto, buscó un gol pero se halló con el majestuoso vuelo de Lloris, y se rindió poco a poco ante ese futbolista goleador y relámpago, inspirado y artista, que podría ser un violinista en las esquinas y el solista de la orquesta.
Francia no brilló pero se comportó como un equipo sacrificado, que sufre por alto, que le falta un poco de elaboración en la media, aunque le sobre todo lo demás: coraje, trabajo, energía, constancia y poderío; hubo un momento en que la media era como una muralla inexpugnable: Sissoko, Kanté, Pogba y Matuidi. Cuando retiró del campo a Griezmann, el gallo rubio del estadio, Deschamps volvió a sentir: «A veces tengo visiones: ¡pensar que fui yo quien envió al banquillo en el segundo partido a mi mejor jugador!».
El domingo espera otro ganador: Cristiano Ronaldo. Suceda lo que suceda, el príncipe valiente del torneo es francés, angelical, usa espada de mosquetero, lleva seis goles como seis soles y juega en el Atlético de Madrid.
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(*) Este artículo se publicó en Heraldo de Aragón el 8 de julio de 2016.

Dos rivales antiguos que repiten su batalla

Antón Castro / La química del gol

Francia y Alemania han vivido algunos partidos inolvidables: quizá ninguno tan intenso y brutal como la semifinal del Mundial de España 82. Hoy todo está en el aire.

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Francia y Alemania nunca se han enfrentado en una Eurocopa, pero sí lo han hecho en cuatro campeonatos del mundo. El saldo: dos victorias de Alemania, en México-1986 y Brasil-2014; un triunfo de Francia en Suecia-1958 y un empate a legendario, 3-3, en España-1982.

Suecia-1958. Fue el año en que el mundo descubrió a un joven de 17 años llamado Edson Arantes do Nascimento, Pelé, que jugó la final ante la anfitriona y marcó dos tantos. Hemos visto tantas veces sus lágrimas y su rostro de dicha inconcebible que esas es una de las grandes imágenes del fútbol. Francia y Alemania se citaron en la disputa por el tercer puesto. Francia tenía como principales figuras a Piantoni, Kopa y Just Fontaine, que marcó trece goles en aquella cita, récord que aún nadie ha igualado en un único torneo. Alemania, que era la campeona del mundo (había batido, contra todo pronóstico, a la Hungría de Puskas, Boszik y Kocsis en 1954), contaba con el gran capitán Fritz Walter, de 37 años, Otto Rahn, otro héroe de aquella victoria inesperada, Uwe Seeler, Haller, Schäffer y un jovencísimo Schnellinger, de 19 años. En el partido no hubo color: ganó Francia por 6-3. Fontaine abrió y cerró la goleada y logró cuatro dianas.

España- 1982. Más de dos décadas después, una de las mejores Francias que se han visto jamás ( y hablamos de la campeona del mundo de 1998 y de la finalista de 2006), se enfrentó a Alemania en España-1982. Los galos habían deslumbrado con un juego preciosista, elegante, lleno de recursos, de una plasticidad incomparable y pases hilvanados a escuadra y cartabón, que empezaba en su finísimo líbero Trésor, se amasaba con finura y control en sus artistas, Tigana, Giresse y Genghini, y acababa en Six, Rocheteau y Janvion; Platini, que tenía algo de jugador total con asombrosa técnica, despliegue y gol, era uno de los futbolistas que más se parecían a Di Stéfano y, sin duda, era el líder del bloque. Alemania era la todopoderosa Alemania, parecía en proceso de construcción tras la debacle de Argentina-1978, pero tenía estupendos futbolistas: el joven Stielike, Littbarski, Breitner, que se había reinventado como sereno organizador del juego, dinámico y versátil, y Rummenigge. Para los aficionados a los nombres, arriban andaban también Fischer y dos gigantes: Hrubesch y Allofs. Con todo, Alemania era un equipo un poco mecánico, avasallador, sin brillo, pero incontestable en su competitividad y su poderío fisco.

A lo largo de los 90 minutos, Francia enamoró, jugó muy bien, pero empataron a uno, con tantos de Litbarski y Platini. Luego se adelantaron los franceses con goles de Tresor y Girese e igualaría Rummenigge, que salió del banquillo, y Fischer. En los penaltis, ganaron los teutones 5-4, tras el fallo del delantero Didier Six. En aquel partido se produjo uno de los incidentes más salvajes del fútbol moderno: la agresión de Harald `Toni´ Schumacher a Patrick Battiston. Fue una salida salvaje que se saldó con conmoción cerebral, una vértebra fracturada y dos dientes rotos. No le sacaron tarjeta ni señalaron la falta. Lo más indigno fue la suficiencia del arquero, que de inmediato se puso a realizar ejercicios de estiramiento. El jugador francés fue atendido por el médico Rogelio Arias, que le dijo: “Te vas a poner bien. Llevas una gran camiseta”. Aquella Francia, con leves retoques como la incorporación de un medio espartano como Luis Fernández, ganó la Eurocopa de Francia-1984 ante la España de Arconada.

México-1986. En el Mundial de México, el de Maradona y «la mano de Dios», Alemania y Francia volvieron a encontrarse en semifinales. Entre otros futbolistas había incorporado a los jóvenes Lothar Matthaeus y Andrea Brehme, que jugó en el Real Zaragoza; dirigía las operaciones la zurda sedosa de Felix Magath, el capitán del Hamburgo. Alemania jugó mejor y venció con goles de Brehme y Voeller. Y cedería el título en una final apasionante ante la Argentina de Diego Armando Maradona por 3-2.

Aquel día había nacido un perro de presa, Matthaeus, que luego sería su futbolista más determinante durante casi una larga década; como organizador, como líbero luego, y como capitán. Asumió el liderazgo de los 70 de Franz Beckenbauer (entrenador entonces) y cuatro años después cuando ganaron el título, en Italia-1990, ante Argentina con un penalti de Brehme.

Brasil 2014. Francia había dejado muy buenas sensaciones con Karim Benzema como director de ataque y acordeonista de sorpresas múltiples, acompañado por el jovencísimo Griezmann, y una media que parecía de acero y de pura sabana: Matuidi, Pogba, Cabaye y Valbuena. Todos están aquí en el partido de hoy, salvo Valbuena y Benzema. Alemania ganó un poco milagrosamente: Hummels, el libre que no podrá jugar hoy, marcó de cabeza. Francia buscó el empate, lo tuvo en el último tramo del choque Benzema, pero detuvo Neuer y avanzó Alemania, que ganaría el título a la Argentina de Lionel Messi, merced a un gol de Götze, inadvertido y tristón en la Eurocopa.

Eurocopa-2016. ¿Qué pasará hoy? Alemania es esencialmente la misma. Compacta, segura de su estilo. Un tanque con sus mecanismos sempiternos y mucha más clase y un míster audaz e inteligente, Joachim Löw. Y Francia es un equipo con hechuras y enormes posibilidades, físico y técnico, con centrocampistas de amplio recorrido y figuras indiscutibles, capaces de despertar el volcán: los trallazos de Payet, el despliegue y la versatilidad de Pogba y esa magia sofisticada del duende Griezmann, que se suman al trabajo incansable de Kanté, el pulmón de cualquier selva y del Leicester, y el mando suave del portero Lloris. Francia juega en casa y tiene algunas cuentas pendientes. Una de ellas es, también, la crisis de un país desvencijado por los conflictos, y la más importante es que el fútbol fermenta y estimula los mejores sueños. Y ganar la Eurocopa, 32 años después, es casi una misión nacional. Y una terapia de alivio en los malos tiempos.

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(*) Este artículo se publicó en Heraldo de Aragón el jueves 7 de julio de 2016.

 

Cristiano llama a las puertas

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Portugal venció a Gales (2-0) en una semifinal rácana, impropia de la alta competición. Cristiano Ronaldo, siempre cerca del gol, decidió con un espléndido cabezazo. Los dos equipos jugaron pensando en la contención, y el arrebato de CR tras el descanso llevó a Portugal a la final de París. Es el sueño del país y la obsesión del 7, que vive pendiente de Messi. En el día que la justicia de Barcelona condenó al argentino a 11 meses de prisión, Cristiano accedió a su segunda final de la Eurocopa. Después de perder la mayoría de los duelos en el primer tiempo, recuperó la confianza en cinco minutos mágicos. Su tercer tanto en la Eurocopa le permite igualar a Platini en el registro de máximos goleadores. El gol llegó tras completar una de las acciones que mejor maneja: el remate de cabeza. En el minuto 46, cuando los dos equipos querían hacer largo el partido, Cristiano se elevó por encima de todos. Impulsado en el aire, a pocos metros de besar la luna, decidió asaltar la red (1-0). Minutos después, cuando Gales meditaba como llegar al empate, Cristiano disparó en semifallo. El balón le quedó muerto a Nani, que se asombró de tener tan cerca el gol. No le asaltaron las dudas y, con Hennesey medio batido, firmó el segundo tanto de los portugueses (2-0). El autor del gol fue Nani, pero todos miraron a Cristiano, que no tardó en vestir su disparo de asistencia.

Ronaldo ha depurado su fútbol. Juega a pocos toques, apenas regatea y ordena a sus compañeros en busca del centro. Es una amenaza constante para los centrales y vive pendiente del menor despiste. Ya no intimida tanto en carrera, quizá porque ha perdido recursos en el desborde. Juega en medio de una batalla interna: se enfrenta a sí mismo, a los rivales, a los árbitros, a los compañeros… Su ansiedad es un arma de doble filo: le permite estar alerta y al borde de la desesperación. Alimenta, eso sí, su don goleador y su sentido de la competición. En una Eurocopa en la que solo había conseguido batir a Hungría, Portugal esperaba un momento de lucidez de Ronaldo. Llegó ante la selección galesa de Bale, que fue el héroe de un equipo honesto y sacrificado. Los relatos de los modestos en la Eurocopa se acaban con Gales. En cierto modo, han alegrado un torneo que ha dejado poco espacio a la imaginación. No han aportado ninguna novedad en su juego (la historia de Islandia y Gales es la de dos equipos llevados por el entusiasmo a un lugar que no es el suyo) pero sí han mejorado la competición. Su derrota ha sido algo con lo que muchos galeses contaban: los desengaños tienen un matiz previsible. En el momento de la verdad, cuando las leyes del fútbol se imponen y no basta con desafiar a la lógica, han mostrado sus limitaciones. La ausencia de Ramsey le quitó brillo a Gales y el partido le quedó grande a Joe Allen, que había sido durante el torneo un humilde aprendiz de Pirlo. Frente a Portugal estuvo errático y algo superado. Si alguien asumió responsabilidades fue Bale, que no paró de intentarlo, como si se tratara de una cuestión de honor, especialmente en el último tramo. Mostró orgullo, rebeldía y un disparo imponente. No fue suficiente para batir a Rui Patricio ni para llevar a Gales a la final, pero sí que corroboró su imagen de líder de un país.

El final del partido dejó un momento emocionante. Bale y Cristiano, compañeros en el Madrid, alargaron su abrazo. Entre ellos hubo confidencias y una declaración de respeto. Los dos son futbolistas con porte de atletas, imparables en carrera, dueños de un disparo demoledor. Ronaldo tiene el don de la oportunidad y Bale mejora cuando tiene metros para el desborde. Ante la mirada del mundo, reinó Cristiano. El portugués entiende el fútbol como una fórmula que solo tiene sentido si se asocia al gol. Como consecuencia, jugar contra él exige la atención permanente de los defensas rivales. En los centros, en las jugadas muertas y por bajo. Y ni si quiera eso es una garantía de éxito. Ronaldo, hasta en días en los que la fortuna le da la espalda, es absolutamente insistente. Sabe que su terquedad, por mucho que le genere un ansia desmedida, es una de las claves de su éxito.

Ayer fue un día feliz para Cristiano, que recobró la confianza tras su tanto y se permitió algún lujo en el regate. Esa es ahora un arma secundaria para Ronaldo, que lo compensa con su sentido de la ubicación y su olfato. Su lectura del juego y sus condiciones físicas le permiten llegar a los lugares en los que su remate se vuelve definitivo. Ocurrió contra Gales y Hungría, pero también sucedió frente a Islandia, Austria, Polonia y Croacia. Cristiano siempre llama a las puertas del gol.

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Un niño entre gigantes

renato sanches reuters

El fútbol está plagado de grandes descubrimientos. Las competiciones internacionales siempre han potenciado estas apariciones, quizá porque el tipo de torneo propone un camino más breve desde el anonimato a la fama. En esta Eurocopa ha habido dos grandes descubrimientos. El primero es Dimitri Payet, uno de los líderes del anfitrión. Su actuación es una gran noticia para el fútbol francés, pues antes del torneo no se le consideraba tan importante en el esquema de Deschamps. Su irrupción no estaba prevista, aunque exige una breve aclaración: Payet ya había demostrado todas sus cualidades en el West Ham; su disparo, su conocimiento del juego y sus recursos en el regate. La otra promesa anunciada era un mediocampista valiente y desordenado, por el que el Bayern Munich acababa de pagar al menos 35 millones: Renato Sanches.

Sanches presume de su juventud[1] y de su tanto ante Polonia. Juega con el descaro y la soberbia de los adolescentes, con el valor intuitivo del fútbol de barrio. El mediocampista se equivoca y se rehace, se ofrece y se despista. Asume responsabilidades impropias de un chico de 18 años y pide el balón a todo el mundo, sin distinguir entre João Mário o Cristiano Ronaldo. Se atreve a llegar al área y trabaja sin descanso, con el despliegue y la frescura de quien se sale de la norma. Ahí reside su gran virtud: Renato huye de los vicios del fútbol convencional. No ahorra en el esfuerzo y no piensa que el juego se basa en la sensatez. Parece impulsivo, caótico hasta cierto punto, y tiene la ambición de los que llegan para quedarse.

Ante Polonia logró el tanto que le convierte en el portugués más joven en marcar en un gran competición. El gol llegó como consecuencia de su imprudencia. ¿Quién iba a esperar que un debutante asumiera el liderazgo en la Portugal de Cristiano Ronaldo? Renato jugó sin miedo al error y llevó a su equipo a los penaltis. La tanda demostró también su personalidad. En un momento de máxima tensión, Sanches resolvió con absoluta frialdad. Su naturalidad ante los medios refleja la confianza en sus posibilidades: “El entrenador nos preguntó que quién quería lanzar. Ronaldo pidió el primero y yo quise el segundo. Estaba tranquilo, sabía lo que tenía que hacer”.

Antes del partido le había elogiado su compañero José Fonte: “Es el pequeñín, pero le sobran ganas». Su técnico, Fernando Santos, valoró tras la clasificación el protagonismo del joven futbolista: “Renato ha tirado del equipo en los dos últimos partidos. (…) Su potencial es enorme y demuestra sus cualidades dentro del campo, aunque debe ser más organizado. Es inmune a la presión, de lo contrario no estaría entre los 23 convocados”.

A Portugal le va bien que el juego de Sanches tenga un punto de rebeldía y desacato. Sería un error que siguiera todos los consejos de su técnico. Lo mejor de Renato es que, hasta el momento, nadie ha podido cambiarlo.

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Jorge Rodríguez Gascón.

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[1] El pasado lunes, el ex técnico Guy Rox aseguró que Renato Sanches tiene entre 23 o 24 años. Según su teoría, fue inscrito con cuatro o cinco años en el registro civil como si acabara de nacer. Se trata de un rumor que ha perseguido la carrera del jugador de Cabo Verde. Algunos diarios rescataron imágenes de su infancia, en sus primeros partidos con el Benfica para desmontar las declaraciones del técnico.

Cuentos de dragones

gales celebra

La Eurocopa camina entre la emoción y el aburrimiento. Los partidos prometen más de lo que cumplen y se valora más el pulso táctico que el talento. El torneo puede mejorar en semifinales, con dos duelos bien distintos: el primero enfrenta a dos selecciones que buscan su primer título y el segundo mide a dos clásicos del fútbol europeo. Alemania y Francia comparten la condición de candidatas desde hace tiempo. Portugal y, sobre todo, Gales son una irrupción inesperada. En todas las selecciones brilla algún jugador que procede de los equipos de Madrid, protagonistas de la final de Milán hace un mes. Cristiano en Portugal, Bale en Gales, Griezmann en Francia y Kroos en Alemania. A falta de La Roja en el tramo decisivo de la competición, la liga lo considera una pequeña victoria del fútbol español, que pretende reafirmar su éxito en Europa.

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Francia estuvo inspirada frente a Islandia, después de la agonía de la ronda anterior. Esta vez, su victoria llegó ante un combinado que entendía que la modestia era su mejor arma. Islandia se había ganado el favor del público neutral por su simpatía y su concepto voluntarioso del juego. El equipo de Lagerback mostró signos de rebeldía cuando el resultado ya estaba perdido. Poco podía hacer ante el 4-0 inicial de los franceses, que disfrutaban de la explosión de los grandes líderes de su ataque (marcaron Giroud, Pogba, Payet y Griezmann). Sin embargo, el segundo tiempo fue toda una demostración de carácter de los islandeses, empeñados en responder a su apodo de vikingos. El país que más ha seguido el torneo tiene argumentos para estar orgulloso. Islandia logró batir en dos ocasiones a Lloris y jugó sin complejos, con la valentía del que se siente modesto entre los grandes. Su actitud le diferencia de muchos equipos conformistas, que han traicionado su propuesta a menudo. La Bélgica de Wilmots, que tropezó ante Gales cuando tenía todo a favor, sirve como ejemplo.

Si parte del encanto de Islandia reside en su humildad, Francia convenció por su poca compasión ante el que parecía el equipo de todos. La selección de Deschamps valora la oportunidad que se le ha presentado. Con el favor de su público, y con sus estrellas (Griezmann, Pogba y Payet) a pleno rendimiento, la selección está a un paso de repetir éxitos en su terreno, como ya ocurrió en el Mundial 98 y en la Eurocopa del 84. Frente a Alemania se enfrentará a su historia y al que es el equipo más sólido de la competición. La selección francesa recuerda el choque de Harald Schumacher con Battiston y su eliminación en el pasado mundial para preparar su venganza.

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La Alemania de Löw demostró ante Italia que ha venido para ganar. Resolvió en una tanda de penaltis delirante, que premió el acierto final de Jonas Héctor entre un cúmulo de errores (en Italia fallaron Bonucci, Darmian, Pellè, Zaza y en Alemania Schweinsteiger, Müller y Özil). La victoria llegó con fortuna, después de que Italia se aferrara al partido como solo ella sabe hacerlo. El equipo alemán sabía de la capacidad de supervivencia de los italianos. Pero, como era de esperar, no pudo evitar el tanto  de Bonucci, que marcó desde los once metros, después de un error extraño de Boateng. En la prórroga, la Mannschaft quiso la victoria y, hasta cierto punto, la mereció. Una de las conclusiones del encuentro, además de que conviene ensayar más los penaltis, es que Alemania nunca debe renunciar a Özil o a Draxler. Los dos le otorgan imaginación a un bloque que se mueve en el terreno de lo esperado. A los de Joachim Löw les cuesta improvisar, viven preocupados de responder ante su fama de equipo fiable. Nadie representa esta tendencia como Kroos, que posee una rara inteligencia artificial. Su fútbol, lejos del área, se vuelve demasiado correcto y meditado. En el otro lado del espejo está Özil, que suele equivocarse. El mediapunta alemán parece irregular y tiene un perfil extraño o melancólico. En ocasiones, se ausenta de los partidos y le falta ambición para despegarse de su marcador. Pero tiene una virtud que compensa todos sus defectos: se ve a sí mismo como un jugador distinto, de esos que no temen los riesgos. Su lectura del juego y de los movimientos de sus compañeros es uno de esos intangibles que pueden ganar partidos. Ante Italia firmó su mejor encuentro en la competición (a pesar de que falló desde los once metros) y se le espera contra Francia, en el duelo del campeonato.

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En la otra semifinal se enfrentan Portugal y Gales, dos equipos que viven su sueño particular. El más inesperado es el de los británicos, que competían por primera vez en un gran torneo. Es un equipo entusiasta, que vive de la carrera de Bale, de la sociedad Ramsey y Joe Allen y de los movimientos de Robson-Kanu. Gales, como ya ha dicho Bale, es todo corazón y orgullo.

La ausencia de Ramsey en Gales será casi tan importante como la de Pepe en Portugal. El central del Real Madrid es el líder en la sombra de la selección. Su intuición en la disputa y sus marcajes han sostenido a su equipo en el torneo. Por eso su lesión se intuye como un factor determinante en las semifinales. La baja por sanción de Ramsey dará mayores responsabilidades a Joe Allen, el mejor intérprete del juego en la selección de Colleman.

El partido es también una gran ocasión para Cristiano Ronaldo y Gareth Bale. Compañeros en el Madrid, líderes de su selección, se medirán en busca de un sueño. Ningún país cree tanto en su estrella como Gales en Bale, que ha guiado al equipo hasta una oportunidad histórica. Para lograrla deberá vencer a Cristiano Ronaldo, que es una amenaza permanente.

Portugal juega para ganar y no le importa si agrada o defrauda. Sabe que la memoria es generosa con el campeón y, de momento, los resultados justifican su propuesta. También la selección de Colleman intuye que está ante una ocasión irrepetible. Portugal abraza el pragmatismo de Fernando Santos y busca un trofeo que siempre se le ha negado. Gales , por su parte, sigue creyendo en los dragones.

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