Juego de errores

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El partido entre el Barcelona y el Manchester City fue durante muchas fases un duelo entre dos equipos que parecen hermanos. Dos plantillas que entienden el fútbol desde posturas similares. La diferencia llegó en botas de Messi, que supo aprovechar los errores de un rival dócil en las jugadas más comprometidas. En un partido extraño, marcado por las lesiones y el regreso de Guardiola al Camp Nou, el City le dio demasiadas ventajas a la delantera del Barça. Especialmente a Messi, que volvió a ser el verdugo de los citizen y del que fue su técnico. No importa que parezca alejado del juego y del partido, porque cada uno de sus arrebatos tiene incidencia en el marcador. También aprovechó las concesiones Neymar, veloz y atrevido como de costumbre, y Suárez, que estuvo insistente y generoso. Guardiola no disfrutó de su regreso, a pesar de que consideró una victoria que sus chicos fueran fieles a sus principios. La realidad es que salió del Camp Nou goleado, con la impresión de que está algo lejos del siguiente escalón, que se turnan entre Barcelona, Real Madrid y Atlético. Y eso que si el fútbol fuera un juego sin porterías, el Manchester City habría estado cerca de la victoria. “Tengo la sensación de que hoy no hemos estado tan mal (…) La primera parte hemos jugado bien, teniendo en cuenta de dónde venimos y que nos conocemos desde hace muy poco. Pero queríamos ser un equipo valiente y atrevido y lo hemos sido (…) Hasta la expulsión, el partido estaba abierto. La última vez que vinimos controlamos el juego pero no creamos ocasiones. Hoy hemos llegado a línea de fondo varias veces y hemos creado oportunidades para marcar uno o dos goles. Pero ya conocemos al Barcelona y sus delanteros, cuando llegan te castigan”, resumió Guardiola, al que se le ha reprochado la suplencia de Agüero.

Soluciones tácticas

Se esperaba el fútbol más vistoso en el Camp Nou y no llegó porque ambos equipos comparten el método en el inicio del juego, la voluntad de robar el balón en campo contrario. Durante algunos minutos se anularon, como si conocieran el siguiente paso del rival. El Barcelona tuvo, eso sí, todo el oficio que le faltó al City. A pesar de sus buenos modos, no hubo un solo jugador con dotes de mando en el equipo. Más allá del pase inteligente de Gundogan, del juego sutil de Silva, de la llegada de De Bruyne o del descaro de Sterling, Guardiola no encontró ayer un líder capaz de aplicar a sus compañeros. Los despistes en las jugadas que precedieron a los goles decidieron un partido marcado por la riqueza táctica.  Luis Enrique lo resumió en sala de prensa: “Ha sido un partido en el que han pasado muchas cosas: lesiones, expulsiones, jugadores en posiciones que no son las habituales (…) Ha habido errores muy graves y eso siempre es una ventaja. En estos partidos en que los dos equipos tienen calidad y se van a decidir por pequeñas cosas, aprovechar esos errores como lo hemos hecho hoy es clave. (…) Este es un juego de errores. Los equipos que intentamos crear y que queremos jugar desde atrás, aceptamos que esto puede suceder porque a la larga nos da mucho más de lo que nos quita”. En esas acciones, la fortuna sonrió al Barcelona. En las áreas reinaron Messi y Ter Stegen y tropezaron Fernandinho, Bravo o Stones, algunas de las apuestas más personales de Guardiola. Luis Enrique reconoció tras el partido la exigencia de jugar ante los equipos que dirige el de Santpedor: “Estoy un poco cansado, no solo por la preparación del partido sino por lo que significa jugar contra Pep. Menos mal que solo hay un Guardiola.”

Si pudo lamentar algo el Barcelona fueron las lesiones de Piqué y Jordi Alba, que dejan a su zaga bajo mínimos. Entre tanto, en un partido lleno de rarezas y contratiempos, Iniesta confirmó su condición de todocampista y Umtiti mostró que le sientan bien los grandes partidos. Por una vez y sin que sirva de precedente, parece que el Barça ha acertado en el fichaje de un defensor.

Factor Messi

El Barça no necesita un futbol brillante para sacar lo mejor de Messi, que juega a su ritmo, pendiente de las acciones definitivas. Es el máximo goleador de esta edición (6) y en los mismos partidos (2) ha corrido 7 kilómetros menos que David Silva o Kevin De Bruyne, las estrellas del City. El partido volvió a recordar a la semifinal de 2015, en la que Messi ejecutó sin compasión al Bayern. La advertencia de Guardiola para aquel partido sigue vigente: “Un talento de esta magnitud no se puede defender”.

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Otra noche del 10

La magia de Messi también acepta la rutina. Muchos de sus goles parecen versiones de otros que ya hemos visto. Sus regates nos recuerdan a algún intento reciente y sus desplazamientos hacia el lado opuesto son tan conocidos como difíciles de tapar. Messi es un enigma hasta para el que fue su entrenador. Juega como si tratara de encontrar la solución en algún lugar de su memoria.  

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El fútbol no fue en el Camp Nou una cuestión de ideas, sino de futbolistas. Y nadie domina ese terreno como Messi, empeñado en recibir con goles al que fue su entrenador. Guardiola se volvió a topar con el argentino en su regreso al estadio y salió mal parado (4-0), penalizado por la ingenuidad de sus futbolistas. El partido le llegó al Manchester City demasiado pronto. Quedó la sensación de que dos meses no son suficientes para asimilar los conceptos de su técnico, que decidió sacar a Agüero de la alineación. Buscaba generar superioridad en el medio y convertir a Kevin De Bruyne en su Messi particular. Sucede que Messi solo hay uno y ya no juega para Guardiola. Y eso no sirve para menospreciar a De Bruyne, que cuajó por otra parte un buen partido. Sino para resumir un encuentro que ganó el equipo que tiene en su plantilla al argentino. Y a Ter Stegen, que salió vencedor de su duelo particular con Bravo. De hecho, el alemán tuvo mucho más trabajo que el chileno, pero supo anular los remates de Nolito, Gundogan, De Bruyne y Kolarov. Por su parte, el que era hasta hace poco su compañero, tuvo que abandonar el partido en el segundo tiempo, tras un error grotesco en la entrega. Entre conceder un gol o ser expulsado, Bravo prefirió evitar el 2-0. Y su mano fuera del área, castigó al City a jugar con uno menos durante unos minutos decisivos. Cuando la roja a Mathieu igualó el partido, ya era tarde. Messi había batido en dos ocasiones al sustituto de Bravo, Willy Caballero. En los últimos minutos, Neymar falló un penalti y firmó un gol lleno de belleza y de plasticidad (4-0). Un tanto que sintetiza todas las virtudes del brasileño: su fútbol alegre y desmedido, su regate veloz y elástico, su eficacia en la definición.

El resultado fue demasiado duro con el Manchester City, por mucho que los de Guardiola concedieran en exceso a su rival. No tuvo acierto en las áreas ni sentido de la ocasión, como si asumiera que su graduación no pasaba por el Camp Nou. Pero fue un equipo con buenas intenciones, que funcionó a través del juego sutil de Silva, del despliegue de De Bruyne, la zancada corta y veloz de Sterling y el pase con sentido de Gundogan. Si se llevó un resultado tan doloroso fue porque los despistes tienen mayor coste en los grandes escenarios. También porque no supo batir a Ter Stegen, a pesar de que disfrutó de buenas ocasiones. El meta alemán dejó un muestrario de sus cualidades; paró por bajo y por alto, jugó con su habitual personalidad e interrumpió los mejores centros.

La firma del 10

Cuando el partido estaba abierto, Messi tomó el testigo de su portero (además de lograr un hat-trick, dio una asistencia y provocó un penalti). Lo hizo con absoluta naturalidad, agradeciendo la compañía del tridente y de Andrés Iniesta, que le cedió el balón del gol en dos ocasiones. Messi es tan especial que parece vivir al margen de los sistemas defensivos y de cualquier planteamiento táctico. Ni siquiera necesita estar en su mejor momento físico para resolver los partidos más esperados. Cuando el balón está lejos de su posición, apenas se mueve y se pierde en un paseo indescifrable. Cuando recibe, con la imagen mental del partido, inventa y acelera, esconde el balón en su zurda, busca los desmarques de sus compañeros y encuentra el arco rival. El argentino aprecia la máxima de Cruyff: “mis delanteros solo deben correr 15 metros, a no ser que sean estúpidos o estén durmiendo”. Y aunque no lo parezca, nunca duerme. La jugada del 1-0 sirve como ejemplo. Es probablemente el jugador del campo que menos se desgasta en la presión. Pero si intuye que puede llegar, nadie es tan listo en la disputa. Después de aprovechar la entrega de Mascherano, llevó el cuero hasta los pies de Iniesta, que buscó una cesión de tacón. El balón quedó muerto en el área del City y, tras el resbalón de Fernandinho, muchos jugadores tenían ventaja sobre el 10. Sin embargo, ninguno pudo alcanzarle y Messi llegó con el tiempo suficiente para burlar a Bravo (1-0). En el segundo tanto, aprovechó otro error en la zaga del City y el servicio de Iniesta. Su disparo, seco y arqueado, se alejó de los brazos de Caballero (2-0). Más tarde, culminó un regalo de Suárez, que disfruta de los goles del 10 como si fueran propios (3-0). La expulsión y la sentencia de Messi provocaron el desánimo de los citizen. El equipo inglés había perdonado el empate ante Ter Stegen, firme en la que siempre fue su competición. Y antes de que acabara el partido, Neymar reparó el error desde los once metros con un vistoso eslalón y un disparo ajustado (4-0).

El fútbol no fue en el Camp Nou una cuestión de planteamientos, ni siquiera de futbolistas. Fue un asunto que ocupó, casi exclusivamente, a Messi. Guardiola, siempre tan generoso en sus elogios hacia La Pulga, estuvo esta vez contenido, como si empezara a temer que los goles del argentino hacia sus equipos son una cuestión personal: “Desde que lo conozco hace estas cosas y las sigue haciendo. No es la primera vez que sucede, lo he vivido algunas veces en directo”. Luis Enrique, que tiene la suerte de dirigirlo, también dedicó palabras al 10: “Si algo se puede esperar de Leo Messi es esto, dan igual los días de inactividad, da igual lo que haya podido faltar. Es la interpretación total del fútbol”.

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Casemiro y el miedo al amarillo

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El Real Madrid ha encadenado tres empates consecutivos en los últimos días. La casualidad ha querido que sea ante equipos que visten de amarillo (Villarreal, Las Palmas, Dortmund). Según eso, la superstición juega a favor del equipo de Zidane: no hay tantos equipos que utilicen ese color a lo largo de la temporada. Si se analizan en profundidad esos empates, sí que se encuentra una causa común y hasta cierto punto preocupante: los tres han llegado en el periodo de ausencia de Casemiro, que estará de baja al menos dos semanas más. El brasileño es uno de esos futbolistas que mejoran al colectivo, por su inteligencia táctica, su sentido de la ubicación y su facilidad para recuperar. En una plantilla que vale al menos 500 millones de euros, un tipo corriente y hasta cierto punto secundario adquiere una importancia vital. Casemiro es un especialista: actúa de coche escoba o de centinela y apenas arriesga, pero hace de la sencillez su mejor virtud. En la plantilla no hay un recambio específico para su posición. Al equipo de Zidane le sobran los futbolistas creativos: Kroos y Modric partían desde el enganche en sus orígenes y James, Isco y Asensio[1] se pelean por el puesto que queda bacante en la mediapunta. En un grupo lleno de jugadores especiales, Casemiro representa el valor esencial de los modestos. En el fondo, es él quien está fuera de la norma.

En noviembre de 2015, el Madrid perdió 0-4 frente al Barcelona en el Bernabéu. Aquella derrota supuso, a la larga, la destitución de Rafa Benítez. En la alineación no figuraba Casemiro, que era del gusto de su técnico y que, en el fondo, no convencía al público más exquisito de Chamartín. Este sector recordaba que el mejor fútbol ofrecido por el Madrid en años llegó de la mano de cuatro mediocampistas con voluntad ofensiva: Modric, Kroos, James e Isco. Benítez optó aquella tarde por una alineación que seguía la línea marcada por el presidente y que buscaba la reconciliación con su público. El resultado y la superioridad del Barcelona mostraron que Benítez debió haber seguido sus principios. En el vestuario visitante, donde disfrutaban con euforia y cierta soberbia de la victoria, se escuchó una frase que adquirió la fuerza de un epitafio: “Si sacan a Casemiro, igual no les metemos cuatro”.

Cuando llegó al banquillo, Zidane mostró la inteligencia necesaria para valorar una idea de su predecesor. Y la valentía que se necesita para ponerla en práctica en las citas más importantes. Casemiro se convirtió en la pared maestra del Madrid. Zidane usó con frecuencia a Lucas Vázquez, también del gusto de Benítez y al que, por supuesto, nunca se atrevió a poner. El resultado de la temporada, que se cerró con la Undécima, dejó en buen lugar a Zidane y a Casemiro, una especie de Mauro Silva moderno [2]. Al brasileño se le valora ahora más que nunca en el Bernabéu. Sobre todo porque los números justifican su apuesta. Casemiro solo ha perdido un partido desde que el técnico francés sustituyó a Benítez y ha logrado 19 victorias y un empate en 21 partidos. Sin el brasileño, el Madrid ha cedido cinco empates y una derrota en 14 encuentros.

Frente al Eibar, el Madrid desea firmar una victoria cómoda para escapar de las dudas. Algunos de los que temen por el resultado se preocupan porque el segundo uniforme del Eibar es amarillo. Otros miran hacia la enfermería, donde está Casemiro y acaba de llegar Modric, quizá el futbolista más importante del equipo. La declaración de Mendilibar, el técnico del Eibar, se ajusta más a la lógica:

“He jugado allí muchas veces y nunca he ganado. Ir de amarillo tampoco nos ha ido bien (…) Jugar en el Bernabéu es diferente. Vas con intención de dar la cara y te la pueden partir”.

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[1] El mejor de los tres es el más barato (Asensio), pero su juventud y su bajo contrato le restan posibilidades frente a sus compañeros. A ellos les protege la inversión realizada y el gusto del presidente (James) o del público (Isco). A nadie le alarmó la ausencia de Asensio ante el Dortmund, después de haber marcado frente a Las Palmas.

[2]  Casemiro es de la estirpe de Mauro Silva, aunque posee defectos y virtudes propias del fútbol actual. Tiene más recorrido en carrera y mayor potencia en el cuerpo a cuerpo, pero no es capaz de darle al balón con la suavidad y precisión de Mauro.

(*) Casemiro, por cierto, brilló en la vuelta ante el Barcelona, en un partido en el que el equipo blanco tomó el Camp Nou (1-2). Se interpretó como una venganza del 0-4 de la ida y nadie disfrutó tanto de la victoria como el brasileño.

Miguel Pardeza: “Un país donde se considera que leer es una rareza padece una enfermedad social grave”

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Entrevista a Miguel Pardeza en Letras Libres:

http://www.letraslibres.com/blogs/polifonia/un-pais-donde-se-considera-que-leer-es-una-rareza-padece-una-enfermedad-social-grave

http://www.letraslibres.com/espana-mexico/cultura/un-pais-donde-se-considera-que-leer-es-una-rareza-padece-una-enfermedad-social-grave

“La cultura y el conocimiento no solo han despertado el recelo del poderoso, sino también del pueblo”.

“Mi estancia aquí en la tierra no me la explico sin libros. Como tampoco me la explicaba sin fútbol mientras estaba en activo”.

“Ganar y perder son nociones confusas y normalmente intercambiables”.

Sobre la Quinta del Buitre: “El fútbol español venía del letargo de la furia, inventada por algunos periodistas del régimen y fomentada por el Estado franquista, tan aficionado a ver símbolos de la raza en cualquier manifestación por irreal que fuera. Una generación tomó el testigo del fracaso del 82 y se postuló con aire fresco”.

Sobre Zaragoza: “Casi todo lo que fui se lo debo a Zaragoza y al club en el que milité durante once temporadas. En Zaragoza, encontré un hogar y un temperamento con el que me identifiqué desde el primer día. Allí nacieron mis hijos. Allí logré títulos junto a compañeros que reconfortan mi memoria”.

El fútbol como un negocio que vive por encima de sus posibilidades: “El fútbol es un fenómeno sobredimensionarlo porque vivimos una época sobredimensionada. El poder económico de algunos países está sobredimensionado, así como el poder militar. El hambre está sobredimensionada, la desigualdad entre naciones está sobredimensionada, la ceguera ideológica y el extremismo religioso están sobredimensionados. Todo se ha salido de madre y el fútbol no es más que una consecuencia de un momento histórico en el que lo único que importan son las cifras. Hoy día se celebran los traspasos millonarios como si fuera un récord que al año siguiente hay que batir. Es de locos. La calidad del jugador, por lo general, ha cedido ante el valor de la estadística. En alguna medida, el fútbol se ha vulgarizado porque el triunfo se ha hecho la única causa posible”.

Portugal burló a Francia con su lentitud letal

Antón Castro / La química del gol

Se cumplió el axioma: quien perdona tanto, pierde. Los franceses sucumbieron ante el trabajo parsimonioso que elaboró Fernando Santos, tras un gol de Éder en la prórroga.

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Fernando Santos, fumador empedernido, católico y sentimental, no cree en la enfermedad portuguesa que cantan los poetas. Es de la tribu dura y airada de los parias y los estrategas. Sabía que una vez allí, en la otra ciudad de la luz (él es de Lisboa: la ciudad de la luz abierta al mundo de los navegantes), todo era posible. Hasta que se cumpliera su profecía.

Sus chicos y él habían ido a por todo y a por todas. A veces parece un tipo colérico, mal encarado, casi violento, pero se le ven detalles de paternalismo, de afecto profundo hacia sus jugadores. Los protege, les enseña el camino, los cambia de sitio, les otorga responsabilidad, como hizo con Renato Sanches o con João Mario, o con Éder, ese delantero al que nadie esperaba y que incendió Francia y las esperanzas del mundo.

Fernando Santos sabe que a los azules franceses les cuesta pensar. Los jugadores de Deschamps son prodigiosos en cuanto a condición física, parecen de acero o de hormigón armado (incluso Dimitri Payet, que lesionó a Cristiano Ronaldo), a veces no se sabe si son motos, coches o caballos, tal como pareció insinuar un anuncio publicitario anterior al choque, y llegan a arriba por pura potencia, por desmelenamiento y agresividad. El caso más claro ha sido Moussa Sissoko, un torbellino incontenible capaz de destrozarlo casi todo, que asumió no la dirección de juego, que no la tuvo Francia, sino la intensidad, el desborde, la dentellada que provocaría tarde o temprano el gol.

Antoine Griezmann ni fue el mosquetero ni el cerebro ni el principio de la revuelta necesaria: anduvo un tanto errático, sin sitio, un poco huidizo y conformista, pudo marcar de un servicio impecable de Payet, tuvo dos o tres intentonas más, pero no se puede decir que compadeciese mucho en un día imperfecto. Quizá pensó, o sintió, que debía solidarizarse con Cristiano Ronaldo, herido en una rodilla. El hombre de Madeira dejó el campo teatralmente, entre lágrimas, que ya no le abandonaron hasta que se produjo lo inesperado: el gol de Éder. El milagro de todos los torneos. El delantero de Guinea-Bissau, de origen brasileño, ratificó un viejo axioma: cuando se perdona tanto, cuando no se aprovecha la superioridad y falta el autentico coraje, el sentido histórico y el orgullo del campeón en casa, el rival apuntilla. Y humilla a todo un país. Portugal, que había hecho poco y había resistido mucho, sentenció con una jugada espléndida. No se puede decir que Portugal haya jugado mejor que Francia. No. Pero quizá sí se deba decir. Fue más inteligente en sus limitaciones, empleó mejor sus armas, emborronó el juego cuando y cuanto quiso, lo volvió denso, insustancial y opaco, se abrazó a su extraordinario portero y le dio alas a Nani, que ha sido su mejor jugador con Rui Patricio. Francia quiso un poco, solo un poco, y se desfondó. Tuvo algunos arreones pero siempre fue un equipo demasiado impersonal, desarmado de claridad, un quiero y no puedo. Portugal se abrazó a sus certezas: los defensas Fonte y Pepe, sintió que William Carvalho, sin brillantez ni estridencia y sin errores, hizo su trabajo inmisericorde y gris, barrió su media luna y el centro del campo con serenidad y astucia. Santos intuyó que Quaresma está en el fútbol para lograr un milagro y que João Mário es ese jugador tranquilo y vibrante, de oficio, que alarga al equipo. Es sobrio, técnico, con sentido coral, que adormece al adversario. João Mário se vació para que Portugal fuese como un narcótico para Francia: el colectivo luso sobrevivió con agotamiento y ejecutó por aplastamiento.

Este partido lo hemos visto muchas veces. Portugal obtuvo el gran premio y Francia decepcionó: si a veces le sobró pundonor, le faltó auténtico corazón, aceleración y compromiso. En el fondo, le faltó fútbol y el verdadero ritmo que conduce al gol. Deschamps nunca se percató de que Francia carece de fantasía: no hay ingenio ni sutileza que alimente a sus atletas.

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(*) Este artículo se publicó en Heraldo de Aragón el lunes 11 de julio de 2016.

 

La sonrisa de Griezmann

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Antoine Griezmann es de esos futbolistas que tienen algo especial. Técnico, hábil y veloz, su zurda es una promesa de felicidad. Quizá esa es una de las grandes virtudes del 7 de Francia: Griezmann disfruta con el fútbol. No hay mejor ejemplo que su festejo del gol: el zurdo ensaya un baile poco convencional. Alza los brazos, sonríe y mueve los dedos en un gesto que recuerda a Ronaldinho.[1] Hay muchas diferencias entre él y Cristiano Ronaldo, la estrella rival, que se manifiestan también en el ritual de sus celebraciones. Cristiano salta y muestra la espalda, abre los brazos y grita. Su alarido es a medias una liberación y a medias un ejercicio intimidatorio. Las celebraciones de Ronaldo son una explosión de rabia contenida. En las de Griezmann solo hay sonrisas.

El Principito se ha revelado como el hombre del torneo. Después de una magnífica temporada en el Atlético de Madrid se esperaba que liderara a la anfitriona. Tras el partido inicial, en el que Griezmann fue señalado injustamente por la crítica, Deschamps cometió una imprudencia. Decidió situar a Griezmann y a Pogba, los futbolistas de mayor talento de su selección, en el banquillo. La respuesta del 7 fue inmediata. Salió con el partido igualado y marcó el gol de la victoria en el descuento. Desde entonces, Deschamps tiene una cosa clara: Griezmann y Pogba, que comparten habitación y un concepto sofisticado del juego, son absolutamente imprescindibles.

En los octavos de final ante Irlanda, Francia vivió al borde del precipicio. Se adelantó el llegador Brady y Francia sufrió para darle la vuelta al marcador. Griezmann fue la solución a la emergencia y la agonía. En la jugada previa a su primer tanto, algunos silbidos de la afición cuestionaban la actuación del 7. Pocos segundos después, el menudo delantero se elevó por encima de todos e igualó el partido. Minutos más tarde, recibió una gran asistencia de Giroud y marcó el gol de la victoria. Fue la gran tarde de Griezmann y el preludio de su consagración.

El partido contra Islandia fue una fiesta colectiva para los franceses. Derrotaron sin compasión a la selección más humilde del torneo. Griezmann marcó el cuarto tanto de vaselina, en un gesto técnico que resume algunas cualidades del francés: su delicadeza, su picardía y su plasticidad; también su velocidad en carrera y en la ejecución del disparo. Aquel partido reveló que Francia era una de las candidatas y la semifinal ante Alemania encumbró a Griezmann.

Francia vivía el peor momento del campeonato, agobiada por el fútbol vistoso de los alemanes. Antes del descanso era casi un milagro que la selección de Deschamps no hubiese encajado un gol. Griezmann mostró el camino a la final en un par de conducciones. El extremo tenía la libertad y la inspiración que se reserva a los elegidos. Schweinsteiger cometió una imprudencia y Griezmann, que falló recientemente un penalti en la final de Champions, lanzó desde los once metros. Cargado de responsabilidad y de malos recuerdos, ejecutó un disparo impecable ante el gigante Neuer. En el segundo tiempo, Alemania buscaba el empate con más insistencia que brillo. Había perdido la frescura del inicio, producto de la superioridad física de los mediocampistas franceses. Pogba, un gigante de seda, desbordó por el costado. Neuer despejó con apuros y el balón quedó muerto en el área. Allí apareció Griezmann, listo e intuitivo. La estrella francesa fue lo suficientemente rápido para que ningún alemán pudiera toparse con su remate. El resultado era inevitable: gol y baile de Griezmann.

La final de esta noche le enfrenta a la Portugal de Cristiano Ronaldo. No puede haber más diferencias entre dos estrellas que llevan el mismo dorsal. Cristiano tiene porte de atleta, es un depredador del área y parece un líder irascible y caprichoso. Griezmann es un espadachín o un mosquetero, uno de esos zurdos que cambian el partido desde la sutileza. Mejora el juego colectivo y parece comprensivo con los errores de sus compañeros. Griezmann mantiene la inocencia y la valentía de la juventud y espera vengar su derrota en la final de la Champions, ante el Madrid de Cristiano Ronaldo. Una de sus grandes ilusiones es vencer con su selección: “Siempre soñé con ser como los campeones del 98”, ha dicho en alguna ocasión. En el fondo es el deseo de todo un país, acostumbrado además a vencer en su terreno. Esta vez no juegan ni Zidane ni Platini, sino uno de esos extremos que saben vestirse de 10. Se trata de un mago dulce y sonriente: Antoine Griezmann.

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[1] En realidad, es un acuerdo que revela su complicidad con Koke, compañero en el Atlético de Madrid, con el que celebra los goles. Se trata de la imitación de un conocido baile del rapero Drake.

El milagro de los capitanes y otras excentricidades

Antón Castro / La química del gol

Durante un mes la Eurocopa ha propiciado hechos extraordinarios como los éxitos de Gales e Islandia, las actuaciones imponentes de Bale o Hazard y la eficiencia de clásicos como Buffon.

Portugal's Cristiano Ronaldo, left, comforts Wales' Gareth Bale after Portugal won 2-0 during the Euro 2016 semifinal soccer match between Portugal and Wales, at the Grand Stade in Decines-­Charpieu, near Lyon, France, Wednesday, July 6, 2016. (AP Photo/Michael Sohn)

.Hasta aquí el fútbol  algo pálido de Europa: solo queda el partido decisivo que enfrentará mañana a dos rivales que saben lo que es jugar finales. Portugal, tercera con Eusebio en el Mundial de 1966, ha sido semifinalista en las Eurocopas de 1984, 2000 y 2012, y finalista en su propia casa en 2004, justo cuando Cristiano Ronaldo tenía 19 años y ya poseía un prodigioso salto de cabeza. Francia ganó en 1984 y en 2000 y logró el campeonato del mundo en 1998, bajo la dirección de Zidane. Por el camino se han quedado equipos simpáticos, otros que han decepcionado, momentos inolvidables y un puñado de futbolistas que oyen numerosos cantos de sirena. De todo ello hablamos en este inventario un poco azaroso.

Buffon. Sin duda uno de los grandes porteros del torneo. Y un tipo discreto y elegante: en sus amores, en sus afectos (por ejemplo, el cariño hacia Iker Casillas) y en sus convicciones religiosas. Felip Vivanco, uno de los mejores cronistas elípticos del torneo desde ‘La Vanguardia’, recuerda que es un hombre religioso que acude a misa los domingos. Quizá crea en los milagros: su Dios no ayudó a Italia a clasificarse pero sí lo ayuda a él a ser el mejor cancerbero en disputa con Neuer y Lloris, otro tipo discreto que también es capitán y que parece abonado a lo sobrenatural, le sacó una mano a Kimmich que fue decisiva. Ni es Batt, ni Barthez, ni Lama, ni falte que le hace. Es bueno, clásico y sereno sin ostentación.

Bale. El emblema de Gales, otro hombre para un tumulto: el cabeceador, el pateador incansable, el bombardero de las lejanías. El velocista incansable al que a veces le falta otear el horizonte y darse cuenta de que el fútbol exige pausa, cabeza erguida, partitura de grupo, solidaridad esencial. Aquí también fue ese jugador ambicioso y otro (tan distinto al del Real Madrid: un extranjero lejos de casa) que ha realizado una espléndida Eurocopa. Con los dragones rojos, ayudado por Ramsey y Robson-Kanu, su abrelatas particular, ha dado una lección de fe, de ilusión, de peligro y de liderazgo.

André Gomes. Toda Europa lo pretende, incluso el mismo Barcelona. El portugués tiene 22 años y ya había llamado la atención en Valencia. Aquí ha perdido la titularidad, pero ha dejado detalles: en esto del fútbol a veces se paga no por lo que es un jugador o por lo que hace, sino porque lo que se barrunta que podría llegar a hacer. Es su caso.

Hazard. Empezó casi renqueante, desdibujado, y acabó como nadie: marcó el gol del campeonato, o uno de ellos, y dejó para el recuerdo una actuación memorable, que hace pensar en las prodigiosas tardes de Maradona, Messi o Platini. Impresionante. Antonio Conte tiene un joya en el Chelsea al que solo le falta un poco más de constancia y algo menos de frivolidad.

Islandia. El equipo de los mil oficios. El bloque de los parias que demuestran que el fútbol es un entretenimiento coral con claves sencillas y de resultados inciertos. Despertaron a su país y provocaron oleadas de entusiasmo, tantas que colocaron al 99.88 % de sus paisanos ante el televisor. Todos hemos sido vikingos. Ellos, como los irlandeses o los galeses, han creado un ritual de identidad y fanatismo controlado. El fútbol, a veces, es sinónimo de felicidad y de pura alegría de ser y vivir.

Kimmich. Fue un recurso contra Italia para la defensa de cinco de Joachim Low. Dicen que Guardiola lo convirtió en su campo de pruebas y lo moldeó a su gusto: ha sido lateral, central y medio centro. Ayer falló en uno de los tantos y remató en varias ocasiones, con la cabeza y con el pie.  Soñó el gol. Su destino se ha abonado a la incertidumbre.

Müller. Es un tipo extraño: protestón, fullero, acusicas y errático. Es capaz de pasar inadvertido, de fallar más allá de lo posible y lo imaginable, y a la vez puede reventar un partido. Lo suele hacer en los mundiales, a lo Joaquín Murillo, ‘el Pulpo’. Recuerda a Julio Salinas o Delvecchio. En la Eurocopa se reveló otra de sus condiciones: está gafado y ni asiste, ni resiste, ni marca, ni siquiera a puerta vacía. Rivalizó con él, en tristeza y languidez, el irreconocible Götze. ¿Qué se hizo, Pep Guardiola, de aquel alemán de seda y música que parecía el hermano de Andrés Iniesta?

Pepe. El mejor defensa del torneo, acaso con el italiano Leonardo Bonucci, devoto de Santa Rosa. Expeditivo, concentrado, rápido y con ascendencia sobre sus compañeros. Un valladar de antaño que tumba delanteros de hogaño. Portugal no lo echó en falta ante Gales: ahí le suplió Bruno Alves, 33 años, de la estirpe de los rabiosos. Un doble contundente de Pepe, algo más desvanecido.

Renato Sanches. Otro de los misterios de Portugal. Muchos se plantean si tiene 18 años tan solo. Otros dicen que es un poco atolondrado, pero también dinámico, pasional, con la vehemencia del que aspira a ser ciclón. Casi nunca hace lo que debe, y de su osadía o inconformismo nacen sus mejores minutos. Corre como el guepardo y le gustan los desafíos: entrar por la banda como si fuera Garrincha o Best. Sin aquel gambeteo y otros pelos, eso sí.

Fernando Santos. El entrenador de Portugal -reservado, de carácter fuerte y filósofo de la mentalidad- inició su tarea hace dos años, dio un paso al frente y dijo: «Creed en mí, llegaremos a la final». Y ahí está Portugal. El francés Didier Deschamps, que se llevó el susto de su vida ante la brillante Alemania de la primera parte, sabe que se enfrenta a un hueso: Portugal jugará a cara de perro, con un excitado Cristiano Ronaldo y con este Santos obsesivo que habrá estudiado todos los movimientos de los galos.

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(*) Este artículo se publicó en Heraldo de Aragón el sábado 9 de julio de 2016.