La metamorfosis de Guardiola

Martí Perarnau (Barcelona, 1955) realiza una síntesis de los tres años del técnico en Alemania en su nuevo libro Pep Guardiola. La metamorfosis (Editorial Córner, 2016). El libro sigue un desorden meditado, en el que descubrimos las claves del viaje de Guardiola a Múnich, algunos rasgos de su carácter y los puntos de evolución de sus tácticas. Lorenzo Buenaventura ya avanzó en el primer título de Perarnau sobre el entrenador catalán, Herr Pep (Editorial Córner, 2013), que “Guardiola estaba cambiando Alemania y que Alemania estaba cambiando a Pep”. Este segundo título sirve como retrato de esa transformación.

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“El guardiolismo no existe como una idea definida, se está haciendo”. “Lo que no se entrena, se olvida (…) El entrenamiento consiste en que los jugadores tomen decisiones (…) Para corregir seriamente un defecto primero hay que haber sufrido sus consecuencias”. Estas citas, tan similares y a la vez tan distintas, se recogen en Pep Guardiola. La metamorfosis y definen la personalidad y las ideas de uno de los grandes entrenadores de nuestro tiempo. Martí Perarnau, que alterna la función de testigo y la de confidente, hace un recorrido por sus años en Alemania. Describe el cambio de un Guardiola que ha aprendido a adaptarse a las dificultades y que ha abandonado su hogar en busca de una identidad propia. La metamorfosis es la continuación de Herr Pep y es también un homenaje encubierto a Johan Cruyff. Guardiola es probablemente el mejor emisario del técnico holandés y ha sido fiel a su propuesta en un terreno adverso, en “el jardín de Beckenbauer”.

Como sugiere Perarnau, Guardiola no busca fotocopias del Barcelona en los clubes que le contratan. Entre otras cosas porque ha entendido que la copia siempre sería imperfecta. Los futbolistas del Bayern Múnich o los del Manchester City no han recibido una formación que se ajuste a la propuesta que defiende Pep. El estilo del técnico tampoco se adapta a la idea tradicional de los países que le acogen. Alemania aplaude el juego más físico, el centro permanente, la lucha hasta el último minuto. Inglaterra posee una mayor vinculación con los orígenes del deporte, se alternan las idas y venidas y se entiende que el descontrol es una virtud. Guardiola busca generar superioridades en campo contrario a través del dominio del juego y del balón. Pero, a pesar de lo que indican las etiquetas, es, sobre todo, un gran competidor: “Yo no juego por el estilo, juego para ganar”. La metamorfosis ofrece un breve esbozo de su llegada al Manchester City, que es, en palabras del propio Guardiola, el reto más difícil al que se ha enfrentado.

El libro es muchos libros al mismo tiempo. A veces, parece una novela compuesta de pequeñas piezas que adquieren su sentido global con las otras partes del libro. Perarnau utiliza la metáfora del trencadís, esa acumulación de detalles que adornan las obras de Gaudí. También parece una matrioska en movimiento. Y, además, recuerda a esos formatos de origen oriental en los que el final de cada cuento sirve como punto de partida para el siguiente. Algo así como Las Mil y una noches de Pep. Los capítulos no siguen un orden lineal, van y vuelven en el tiempo, mezclan la crónica, el registro estadístico y el resumen detallado de un plan de juego. En ocasiones, Perarnau recoge ideas que poseen una gran precisión: “lo que busca el juego de posición es aumentar el índice de probabilidad de ganar a través del juego”. El libro es a veces un tratado de vida, en el que se acumulan grandes citas y referencias, y se describen las inquietudes de un tipo perfeccionista, obsesionado con la evolución constante. Guardiola se mueve entre la contención y el afecto, busca el equilibrio entre la pasión y la fidelidad a sus ideas. Y La metamorfosis es también un inventario táctico, un perfecto manual para los entrenadores. Perarnau realiza un profundo trabajo de investigación, que enriquece con detalles de la vida cotidiana, con confidencias de ascensor y grandes testimonios de los personajes que rodean a Guardiola. Manel Estiarte, Paco Seirulo y Juanma Lillo dan voz a los conceptos de Pep, describen sus contradicciones, sus fórmulas de pensamiento y analizan las dificultades del deporte de élite.

Perarnau detalla también su relación con algunos de los personajes más importantes de su etapa en el Bayern. Guardiola es consciente de que “los jugadores son sus mejores aliados”. Algunos, como Philipp Lahm, Manuel Neuer o Xabi Alonso han sido los grandes defensores de su dialecto. David Alaba fue el intérprete de las variantes tácticas de Guardiola. Joshua Kimmich fue el gran descubrimiento: empezó siendo el chico de los recados y se convirtió en un comodín imprescindible. Su complicidad con Kimmich revela algunos detalles de humanidad del técnico catalán: la armonía entre dos tipos que de algún modo se parecen, que coinciden en su capacidad para entender el juego y adaptarse a situaciones inesperadas. Quizá con Kimmich se ven los rasgos de paternalismo de un técnico al que le cuesta expresarse ante los medios, pero que sabe proteger a sus jugadores. Uno de los pasajes más interesantes del libro es el relato de su sintonía con Tomas Tuchel, sus charlas tácticas en el Schummann´s Bar. En ellas se descubre a dos tipos que se analizan, que se ponen ante un espejo, que encuentran fórmulas de mejora y que poseen argumentos similares. Tuchel, a pesar de entrenar al gran rival del Bayern, es un admirador declarado de Guardiola y quizá el mejor testigo de sus ideas.

Perarnau narra algunas de las grandes derrotas de Pep: las tres eliminaciones consecutivas en semifinales de Champions, los conflictos con el cuerpo médico o la decepción que significaron futbolistas a los que no ha sabido convencer (Ribery, Mandzukic) o que simplemente no dieron todo lo que se esperaba de ellos (Götze, Thiago). Decía Cruyff que “las leyendas también pueden alimentarse de una derrota”. Y el libro insinúa que quizá la leyenda de Guardiola parta de su fracaso en la Champions League con el Bayern Múnich. La prensa ha calificado los años de Guardiola en Múnich como una “sinfonía inacabada”. Es probable que esa obra sin terminar sea parte del encanto de su biografía, un estímulo para la mejora. A veces, las victorias morales son casi tan importantes como los títulos. Y el mayor triunfo de Guardiola reside en el legado de los jugadores, en el cambio de paradigma del fútbol alemán, en el testimonio de una afición que ha modelado su gusto casi al mismo tiempo que Pep.

Quizá la metamorfosis de Guardiola pase por la negación de los dogmas que siempre le han acompañado. Por la búsqueda de nuevos registros, por triunfos conseguidos a través de diversas variantes de juego. Por victorias escuetas, en las que no sea fiel a sus principios. Con toda seguridad, Guardiola mostrará cierta insatisfacción hasta en los momentos de mayor lucidez. Siempre encontrará puntos para sentirse descontento, matices en los que sus equipos deben evolucionar. Perarnau lo resume con una frase que combina la belleza y la sencillez: “su partido perfecto siempre está por jugarse”.

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Jorge Rodríguez Gascón.

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El City se reinventa ante el Barcelona

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El Manchester City venció al Barça (3-1) en el Etihad Stadium, en un partido bonito y alocado, jugado a muchas revoluciones. Si alguna virtud acercó la victoria al lado de los citizen fue su insistencia en los momentos de mayor adversidad. Antes del empate de Gündoğan el Barcelona se sentía vencedor del duelo. No supo apreciar las oportunidades que tuvo para el 2-0, con la soberbia de quien pospone una sentencia. Tras el empate, se desvaneció con aparente facilidad, arrollado por un equipo entusiasta, que supo presionar en las zonas oportunas. El Barça ha perdido el fútbol sosegado de sus centrocampistas, ya no sabe conservar el balón en las zonas de peligro y retrasa la jugada como si despreciara los metros que ya había ganado. En ocasiones, proporciona una salida más limpia del juego. Ayer, permitió la resurrección del City, que parecía entregado al fútbol de Messi. El 10 del Barça marcó el primer tanto en una combinación veloz con Neymar y dirigió los mejores minutos de los blaugranas; cuarenta minutos de un fútbol inspirado y feliz. En el segundo tiempo, apenas inquietó a Caballero; alejado del balón y del juego. Cuando el partido parecía ajustarse a los planes de Luis Enrique, el resultado cambió a gusto del City. Agüero aprovechó un error de Sergi Roberto, que vivió una de sus peores noches como lateral, y cedió para Sterling. El extremo aceleró, con esa cadencia motorizada tan suya, y le regaló el balón del gol a Gündoğan (1-1). Fue suficiente para derribar al Barça, que se bloqueó en el Etihad, ante un equipo más vertical y necesitado.

A veces el estado de ánimo puede tener la misma importancia que el manual de estilo. Ningún partido lo reflejó tanto como el de ayer, entre dos equipos que se distinguen por su fútbol posicional y que, sin embargo, marcaron al contragolpe. El City cuidó mejor los detalles y convirtió al Barça serio del primer tiempo en un equipo frágil e impreciso poco después. Esta vez sí batió a Ter Stegen, que no pudo mantener el nivel estelar del Camp Nou. El City cambió la inercia del juego en un error y, de repente, pareció absolutamente convencido de sus posibilidades. Conocedor del método azulgrana en el inicio del juego, recuperó en campo contrario, ante los titubeos de Busquets, Mascherano o Sergi Roberto. Ni siquiera necesitó la posesión, porque en el fondo le favorece que el juego del Barça pase por sus centrales y no por su trío de delanteros. El equipo de Luis Enrique olvidó que el dominio del balón solo tiene sentido en campo contrario. Echó en falta a Iniesta y no supo administrar los momentos de mayor agobio a través de secuencias de pases. Pudo empatar en botas de André Gomes, pero en el fondo agradeció que el castigo no fuera mayor en el segundo tiempo. Guardiola consiguió desnaturalizar al Barcelona, con un valiente ejercicio en la presión y un fútbol veloz y sin reservas. Aparentemente lejos del estilo que le ha consagrado, ganó el partido en la disputa y a la carrera. No se recuerda una ocasión en la que un equipo de Guardiola disfrutase solo de un 34,5 % de posesión del mismo modo que es difícil encontrar un partido del Barça en el que solo dispare dos veces a puerta.

Un `match ball´y una transformación inesperada

El técnico de Santpedor salvó uno de esos partidos que pueden marcar una temporada, especialmente porque la Champions es desde hace años el objetivo del millonario proyecto del Manchester City. La victoria deja en buen lugar a Kevin De Bruyne, que tomó las riendas del equipo desde la mediapunta y firmó el 2-1 en un lanzamiento de falta. También colaboró Agüero, que demostró que es la mejor opción de la delantera y que no incluirle en el once en Barcelona fue una temeridad. Su carrera corta, su fútbol callejero y su disparo fueron amenazas constantes para una defensa en la que solo se salvó Umtiti (aunque el árbitro fue generoso con el penalti que cometió sobre Sterling). Silva creció con el paso de los minutos y fue capaz de detener un juego en movimiento. Y Gündoğan, que prescindió de sus dotes en la organización del juego para pisar el área de Ter Stegen, fue otra de las bases de la remontada. En una de sus mejores noches europeas, marcó dos tantos propios de un mediocampista de corte británico. Si se le valora especialmente por su buen trazo con el balón, frente al Barcelona confirmó una virtud oculta: su personalidad para llegar al remate y su seguridad para marcar goles importantes.

El Barcelona mantiene el liderato del grupo, pero ha mostrado demasiados rasgos de imperfección. Parece un equipo discontinúo, aferrado al gol del tridente. No siempre recuerda su abecedario y le ha faltado fortaleza moral y defensiva en demasiados partidos del curso. En la segunda parte del Etihad no supo integrar a Messi en el partido. Sin el 10, el Barça no discutió la victoria. Preocupa el estado de Busquets, cada vez más abandonado en el mediocampo, y al que parece afectarle una crisis de confianza, precisamente uno de los aspectos en los que siempre ha destacado. Si antes fallaba era en errores de concentración y en excesos de seguridad. Ahora, no encuentra salidas en la presión rival y le ocurre lo peor que le puede suceder a un futbolista: duda de sí mismo. Por otro lado, la baja de Piqué ha rebajado la protección de su defensa: el Barça pareció más vulnerable que nunca en el Etihad.

El Manchester City venció en un partido bonito y bien jugado, lleno de alternativas y de cambios emocionales. El Barça transmitió autoridad en el primer tiempo y pudo ser goleado en el segundo. El City se rebeló ante su fama de equipo dócil y consiguió una de esas victorias que justifican las mejores ilusiones. Lo hizo a través de una reinvención, que ensalza la capacidad de adaptación de Guardiola y de sus chicos. No jugó como se intuía que querría jugar y, sin embargo, ganó como nunca antes lo había hecho.

El fútbol vuelve cada fin de semana

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A veces al fútbol le sobran días de la semana. El deporte vive un momento de saturación televisiva que parece el resultado de un plan trazado por dirigentes, patrocinadores y medios de información. El problema es que se ha descubierto un foco de atención casi tan rentable como los goles: la polémica. La espera de los partidos sirve para desviar la atención hacia conflictos absurdos, agravios y escarnios que poco tienen que ver con el juego. La última disputa que ha surgido en el fútbol español tras los incidentes de Mestalla sirve como ejemplo. En el fondo, muestra la hipersensibilidad de las partes, la falta de mano izquierda, la predisposición al enfado. El Barcelona venció en Mestalla en un partido vivo y accidentado, en el que el colegiado favoreció a los de Luis Enrique en dos o tres jugadas claves. Más que suficiente para indignar a la grada, que no toleró bien los errores del colegiado. El encuentro se resolvió con un penalti en el último minuto, que transformó Messi ante el ágil Diego Alves.

Pronto dejó de importar que hubiésemos visto un bonito intercambio de golpes, lleno de emoción y de alternativas. En cuanto el balón llegó a las redes, el fútbol pasó a un segundo plano. Los futbolistas del Barça se reunieron frente a las grada de animación de Mestalla, en la que se suelen situar los Yomus, el sector más radical de su afición. Algunos jugadores (especialmente Neymar y Busquets) celebraron de mala manera, casi desafiando al público. La respuesta llegó de la peor forma posible. Un menor, que ya ha sido identificado y expulsado de Mestalla, lanzó una botella que rozó a Neymar y a Messi. Algunos de sus compañeros también se llevaron las manos a la cabeza, como si el botellazo hubiese tenido más réplicas. Messi siempre aparenta estar despistado, incluso cuando marca su quinto gol en dos partidos. Tras el botellazo, recordó que hace dos temporadas también le tiraron una moneda en el mismo estadio. Enrabietado y fuera de sí, se dirigió a la grada en los peores términos que se le recuerdan.

El Valencia tenía motivos legítimos para quejarse, pero la actitud de un sector de sus aficionados deja en mal lugar a la institución. Sobre todo porque es reincidente en este tipo de actos y porque se lanzaron más objetos que la botella (los árbitros recogieron un par de mecheros en su acta). Tampoco colaboró el directivo García Pitarch en sus declaraciones, censuradas en un primer momento por Bein Sports, en las que calificaba el arbitraje de “vergonzoso”. La versión del club siempre debe ser más moderada que la del aficionado más extremista. Aún así, el problema pudo haber quedado ahí, pero se encargó de devolverle el protagonismo Javier Tebas, el mandamás de la Liga Santander. A Tebas le dolía el desprecio de los jugadores del Barcelona a la Gala de la liga, un evento que se retransmite en más de 80 países y que, en el fondo, no tiene ningún interés. Otro de los males del fútbol es el pomposo envoltorio que rodea al juego. Tebas aprovechó la ocasión para condenar la actitud del aficionado y para reprochar la teatralidad de los futbolistas del Barça. El club catalán, propenso al sentimiento de agravio, siempre sospechó de Tebas, un madridista declarado. Y entró al trapo con una medida infantil e inoportuna: se planteó llevar el caso al Tribunal de Arbitraje Deportivo. Como si los pleitos fueran una solución para un lenguaraz profesional como Tebas o para un equipo que ha manchado su imagen en los juzgados. El deporte se ha convertido en un espectáculo televisivo, que tiende, como tal, a la exageración y al sensacionalismo. En este caso, ninguna de las partes han actuado con cordura: el Barça ha creído en las teorías conspiratorias, la afición del Valencia recurrió a la violencia y Tebas ha aprovechado su poder para sentar un peligroso precedente.

El conflicto refleja el pobre estado del fútbol español a nivel institucional, enturbiado desde hace años por las luchas de poder que mantienen Tebas y Villar. Por si no había ya suficientes problemas, el periódico El Mundo ha destapado que la Federación Española (presidida por Villar) no ha podido justificar el gasto de 200.000 euros, destinados en teoría a un proyecto formativo en Haití. De un modo extraño, la corrupción y las insidias que envuelven al deporte se olvidan cuando comienza la jornada. Por fortuna, el fútbol vuelve cada fin de semana.

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Juego de errores

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El partido entre el Barcelona y el Manchester City fue durante muchas fases un duelo entre dos equipos que parecen hermanos. Dos plantillas que entienden el fútbol desde posturas similares. La diferencia llegó en botas de Messi, que supo aprovechar los errores de un rival dócil en las jugadas más comprometidas. En un partido extraño, marcado por las lesiones y el regreso de Guardiola al Camp Nou, el City le dio demasiadas ventajas a la delantera del Barça. Especialmente a Messi, que volvió a ser el verdugo de los citizen y del que fue su técnico. No importa que parezca alejado del juego y del partido, porque cada uno de sus arrebatos tiene incidencia en el marcador. También aprovechó las concesiones Neymar, veloz y atrevido como de costumbre, y Suárez, que estuvo insistente y generoso. Guardiola no disfrutó de su regreso, a pesar de que consideró una victoria que sus chicos fueran fieles a sus principios. La realidad es que salió del Camp Nou goleado, con la impresión de que está algo lejos del siguiente escalón, que se turnan entre Barcelona, Real Madrid y Atlético. Y eso que si el fútbol fuera un juego sin porterías, el Manchester City habría estado cerca de la victoria. “Tengo la sensación de que hoy no hemos estado tan mal (…) La primera parte hemos jugado bien, teniendo en cuenta de dónde venimos y que nos conocemos desde hace muy poco. Pero queríamos ser un equipo valiente y atrevido y lo hemos sido (…) Hasta la expulsión, el partido estaba abierto. La última vez que vinimos controlamos el juego pero no creamos ocasiones. Hoy hemos llegado a línea de fondo varias veces y hemos creado oportunidades para marcar uno o dos goles. Pero ya conocemos al Barcelona y sus delanteros, cuando llegan te castigan”, resumió Guardiola, al que se le ha reprochado la suplencia de Agüero.

Soluciones tácticas

Se esperaba el fútbol más vistoso en el Camp Nou y no llegó porque ambos equipos comparten el método en el inicio del juego, la voluntad de robar el balón en campo contrario. Durante algunos minutos se anularon, como si conocieran el siguiente paso del rival. El Barcelona tuvo, eso sí, todo el oficio que le faltó al City. A pesar de sus buenos modos, no hubo un solo jugador con dotes de mando en el equipo. Más allá del pase inteligente de Gundogan, del juego sutil de Silva, de la llegada de De Bruyne o del descaro de Sterling, Guardiola no encontró ayer un líder capaz de aplicar a sus compañeros. Los despistes en las jugadas que precedieron a los goles decidieron un partido marcado por la riqueza táctica.  Luis Enrique lo resumió en sala de prensa: “Ha sido un partido en el que han pasado muchas cosas: lesiones, expulsiones, jugadores en posiciones que no son las habituales (…) Ha habido errores muy graves y eso siempre es una ventaja. En estos partidos en que los dos equipos tienen calidad y se van a decidir por pequeñas cosas, aprovechar esos errores como lo hemos hecho hoy es clave. (…) Este es un juego de errores. Los equipos que intentamos crear y que queremos jugar desde atrás, aceptamos que esto puede suceder porque a la larga nos da mucho más de lo que nos quita”. En esas acciones, la fortuna sonrió al Barcelona. En las áreas reinaron Messi y Ter Stegen y tropezaron Fernandinho, Bravo o Stones, algunas de las apuestas más personales de Guardiola. Luis Enrique reconoció tras el partido la exigencia de jugar ante los equipos que dirige el de Santpedor: “Estoy un poco cansado, no solo por la preparación del partido sino por lo que significa jugar contra Pep. Menos mal que solo hay un Guardiola.”

Si pudo lamentar algo el Barcelona fueron las lesiones de Piqué y Jordi Alba, que dejan a su zaga bajo mínimos. Entre tanto, en un partido lleno de rarezas y contratiempos, Iniesta confirmó su condición de todocampista y Umtiti mostró que le sientan bien los grandes partidos. Por una vez y sin que sirva de precedente, parece que el Barça ha acertado en el fichaje de un defensor.

Factor Messi

El Barça no necesita un futbol brillante para sacar lo mejor de Messi, que juega a su ritmo, pendiente de las acciones definitivas. Es el máximo goleador de esta edición (6) y en los mismos partidos (2) ha corrido 7 kilómetros menos que David Silva o Kevin De Bruyne, las estrellas del City. El partido volvió a recordar a la semifinal de 2015, en la que Messi ejecutó sin compasión al Bayern. La advertencia de Guardiola para aquel partido sigue vigente: “Un talento de esta magnitud no se puede defender”.

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Portugal burló a Francia con su lentitud letal

Antón Castro / La química del gol

Se cumplió el axioma: quien perdona tanto, pierde. Los franceses sucumbieron ante el trabajo parsimonioso que elaboró Fernando Santos, tras un gol de Éder en la prórroga.

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Fernando Santos, fumador empedernido, católico y sentimental, no cree en la enfermedad portuguesa que cantan los poetas. Es de la tribu dura y airada de los parias y los estrategas. Sabía que una vez allí, en la otra ciudad de la luz (él es de Lisboa: la ciudad de la luz abierta al mundo de los navegantes), todo era posible. Hasta que se cumpliera su profecía.

Sus chicos y él habían ido a por todo y a por todas. A veces parece un tipo colérico, mal encarado, casi violento, pero se le ven detalles de paternalismo, de afecto profundo hacia sus jugadores. Los protege, les enseña el camino, los cambia de sitio, les otorga responsabilidad, como hizo con Renato Sanches o con João Mario, o con Éder, ese delantero al que nadie esperaba y que incendió Francia y las esperanzas del mundo.

Fernando Santos sabe que a los azules franceses les cuesta pensar. Los jugadores de Deschamps son prodigiosos en cuanto a condición física, parecen de acero o de hormigón armado (incluso Dimitri Payet, que lesionó a Cristiano Ronaldo), a veces no se sabe si son motos, coches o caballos, tal como pareció insinuar un anuncio publicitario anterior al choque, y llegan a arriba por pura potencia, por desmelenamiento y agresividad. El caso más claro ha sido Moussa Sissoko, un torbellino incontenible capaz de destrozarlo casi todo, que asumió no la dirección de juego, que no la tuvo Francia, sino la intensidad, el desborde, la dentellada que provocaría tarde o temprano el gol.

Antoine Griezmann ni fue el mosquetero ni el cerebro ni el principio de la revuelta necesaria: anduvo un tanto errático, sin sitio, un poco huidizo y conformista, pudo marcar de un servicio impecable de Payet, tuvo dos o tres intentonas más, pero no se puede decir que compadeciese mucho en un día imperfecto. Quizá pensó, o sintió, que debía solidarizarse con Cristiano Ronaldo, herido en una rodilla. El hombre de Madeira dejó el campo teatralmente, entre lágrimas, que ya no le abandonaron hasta que se produjo lo inesperado: el gol de Éder. El milagro de todos los torneos. El delantero de Guinea-Bissau, de origen brasileño, ratificó un viejo axioma: cuando se perdona tanto, cuando no se aprovecha la superioridad y falta el autentico coraje, el sentido histórico y el orgullo del campeón en casa, el rival apuntilla. Y humilla a todo un país. Portugal, que había hecho poco y había resistido mucho, sentenció con una jugada espléndida. No se puede decir que Portugal haya jugado mejor que Francia. No. Pero quizá sí se deba decir. Fue más inteligente en sus limitaciones, empleó mejor sus armas, emborronó el juego cuando y cuanto quiso, lo volvió denso, insustancial y opaco, se abrazó a su extraordinario portero y le dio alas a Nani, que ha sido su mejor jugador con Rui Patricio. Francia quiso un poco, solo un poco, y se desfondó. Tuvo algunos arreones pero siempre fue un equipo demasiado impersonal, desarmado de claridad, un quiero y no puedo. Portugal se abrazó a sus certezas: los defensas Fonte y Pepe, sintió que William Carvalho, sin brillantez ni estridencia y sin errores, hizo su trabajo inmisericorde y gris, barrió su media luna y el centro del campo con serenidad y astucia. Santos intuyó que Quaresma está en el fútbol para lograr un milagro y que João Mário es ese jugador tranquilo y vibrante, de oficio, que alarga al equipo. Es sobrio, técnico, con sentido coral, que adormece al adversario. João Mário se vació para que Portugal fuese como un narcótico para Francia: el colectivo luso sobrevivió con agotamiento y ejecutó por aplastamiento.

Este partido lo hemos visto muchas veces. Portugal obtuvo el gran premio y Francia decepcionó: si a veces le sobró pundonor, le faltó auténtico corazón, aceleración y compromiso. En el fondo, le faltó fútbol y el verdadero ritmo que conduce al gol. Deschamps nunca se percató de que Francia carece de fantasía: no hay ingenio ni sutileza que alimente a sus atletas.

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(*) Este artículo se publicó en Heraldo de Aragón el lunes 11 de julio de 2016.

 

El milagro de los capitanes y otras excentricidades

Antón Castro / La química del gol

Durante un mes la Eurocopa ha propiciado hechos extraordinarios como los éxitos de Gales e Islandia, las actuaciones imponentes de Bale o Hazard y la eficiencia de clásicos como Buffon.

Portugal's Cristiano Ronaldo, left, comforts Wales' Gareth Bale after Portugal won 2-0 during the Euro 2016 semifinal soccer match between Portugal and Wales, at the Grand Stade in Decines-­Charpieu, near Lyon, France, Wednesday, July 6, 2016. (AP Photo/Michael Sohn)

.Hasta aquí el fútbol  algo pálido de Europa: solo queda el partido decisivo que enfrentará mañana a dos rivales que saben lo que es jugar finales. Portugal, tercera con Eusebio en el Mundial de 1966, ha sido semifinalista en las Eurocopas de 1984, 2000 y 2012, y finalista en su propia casa en 2004, justo cuando Cristiano Ronaldo tenía 19 años y ya poseía un prodigioso salto de cabeza. Francia ganó en 1984 y en 2000 y logró el campeonato del mundo en 1998, bajo la dirección de Zidane. Por el camino se han quedado equipos simpáticos, otros que han decepcionado, momentos inolvidables y un puñado de futbolistas que oyen numerosos cantos de sirena. De todo ello hablamos en este inventario un poco azaroso.

Buffon. Sin duda uno de los grandes porteros del torneo. Y un tipo discreto y elegante: en sus amores, en sus afectos (por ejemplo, el cariño hacia Iker Casillas) y en sus convicciones religiosas. Felip Vivanco, uno de los mejores cronistas elípticos del torneo desde ‘La Vanguardia’, recuerda que es un hombre religioso que acude a misa los domingos. Quizá crea en los milagros: su Dios no ayudó a Italia a clasificarse pero sí lo ayuda a él a ser el mejor cancerbero en disputa con Neuer y Lloris, otro tipo discreto que también es capitán y que parece abonado a lo sobrenatural, le sacó una mano a Kimmich que fue decisiva. Ni es Batt, ni Barthez, ni Lama, ni falte que le hace. Es bueno, clásico y sereno sin ostentación.

Bale. El emblema de Gales, otro hombre para un tumulto: el cabeceador, el pateador incansable, el bombardero de las lejanías. El velocista incansable al que a veces le falta otear el horizonte y darse cuenta de que el fútbol exige pausa, cabeza erguida, partitura de grupo, solidaridad esencial. Aquí también fue ese jugador ambicioso y otro (tan distinto al del Real Madrid: un extranjero lejos de casa) que ha realizado una espléndida Eurocopa. Con los dragones rojos, ayudado por Ramsey y Robson-Kanu, su abrelatas particular, ha dado una lección de fe, de ilusión, de peligro y de liderazgo.

André Gomes. Toda Europa lo pretende, incluso el mismo Barcelona. El portugués tiene 22 años y ya había llamado la atención en Valencia. Aquí ha perdido la titularidad, pero ha dejado detalles: en esto del fútbol a veces se paga no por lo que es un jugador o por lo que hace, sino porque lo que se barrunta que podría llegar a hacer. Es su caso.

Hazard. Empezó casi renqueante, desdibujado, y acabó como nadie: marcó el gol del campeonato, o uno de ellos, y dejó para el recuerdo una actuación memorable, que hace pensar en las prodigiosas tardes de Maradona, Messi o Platini. Impresionante. Antonio Conte tiene un joya en el Chelsea al que solo le falta un poco más de constancia y algo menos de frivolidad.

Islandia. El equipo de los mil oficios. El bloque de los parias que demuestran que el fútbol es un entretenimiento coral con claves sencillas y de resultados inciertos. Despertaron a su país y provocaron oleadas de entusiasmo, tantas que colocaron al 99.88 % de sus paisanos ante el televisor. Todos hemos sido vikingos. Ellos, como los irlandeses o los galeses, han creado un ritual de identidad y fanatismo controlado. El fútbol, a veces, es sinónimo de felicidad y de pura alegría de ser y vivir.

Kimmich. Fue un recurso contra Italia para la defensa de cinco de Joachim Low. Dicen que Guardiola lo convirtió en su campo de pruebas y lo moldeó a su gusto: ha sido lateral, central y medio centro. Ayer falló en uno de los tantos y remató en varias ocasiones, con la cabeza y con el pie.  Soñó el gol. Su destino se ha abonado a la incertidumbre.

Müller. Es un tipo extraño: protestón, fullero, acusicas y errático. Es capaz de pasar inadvertido, de fallar más allá de lo posible y lo imaginable, y a la vez puede reventar un partido. Lo suele hacer en los mundiales, a lo Joaquín Murillo, ‘el Pulpo’. Recuerda a Julio Salinas o Delvecchio. En la Eurocopa se reveló otra de sus condiciones: está gafado y ni asiste, ni resiste, ni marca, ni siquiera a puerta vacía. Rivalizó con él, en tristeza y languidez, el irreconocible Götze. ¿Qué se hizo, Pep Guardiola, de aquel alemán de seda y música que parecía el hermano de Andrés Iniesta?

Pepe. El mejor defensa del torneo, acaso con el italiano Leonardo Bonucci, devoto de Santa Rosa. Expeditivo, concentrado, rápido y con ascendencia sobre sus compañeros. Un valladar de antaño que tumba delanteros de hogaño. Portugal no lo echó en falta ante Gales: ahí le suplió Bruno Alves, 33 años, de la estirpe de los rabiosos. Un doble contundente de Pepe, algo más desvanecido.

Renato Sanches. Otro de los misterios de Portugal. Muchos se plantean si tiene 18 años tan solo. Otros dicen que es un poco atolondrado, pero también dinámico, pasional, con la vehemencia del que aspira a ser ciclón. Casi nunca hace lo que debe, y de su osadía o inconformismo nacen sus mejores minutos. Corre como el guepardo y le gustan los desafíos: entrar por la banda como si fuera Garrincha o Best. Sin aquel gambeteo y otros pelos, eso sí.

Fernando Santos. El entrenador de Portugal -reservado, de carácter fuerte y filósofo de la mentalidad- inició su tarea hace dos años, dio un paso al frente y dijo: «Creed en mí, llegaremos a la final». Y ahí está Portugal. El francés Didier Deschamps, que se llevó el susto de su vida ante la brillante Alemania de la primera parte, sabe que se enfrenta a un hueso: Portugal jugará a cara de perro, con un excitado Cristiano Ronaldo y con este Santos obsesivo que habrá estudiado todos los movimientos de los galos.

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(*) Este artículo se publicó en Heraldo de Aragón el sábado 9 de julio de 2016.

La noche total y dos destellos de Griezmann

Antón Castro / La química del gol

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Didier Deschamps podría decir aquello de «a veces tengo visiones». Y anoche fue uno de esos días donde lo vio casi todo: una Francia eléctrica e incontenible que parecía que iba a comerse el mundo en los diez primeros minutos. Luego durante media hora vería como sus futbolistas se  encogían y desaparecían en su campo, y observaba cómo los alemanes poseían un inagotable abanico de recursos. La paleta cromática del juego. Entraban por las alas, manejaban el pase interior, ensayaban centros mortales e incluso andaban por ahí, derramándose en contactos al borde del penalti. Francia, achicada ante la clarividencia germana, parecía un país de espejismo. Nadie era capaz de trenzar un pase o de aguantar un balón. Nadie salvo ese bajito de Maçon con cara de pícaro seductor, ángel de todas las esquinas o duende de los bosques hechizados: Griezmann.
Francia, por fin, a partir del minuto 40 recobró un poco de impulso y de dignidad. Y no solo esto: contó con un destello de la suerte y con un decisión discutible del juez de línea. Schweinsteiger quiso emular a Boateng ante Italia, sacó su maneta a pasear y… penalti. El artillero feliz tomó el balón con su sonrisa ligeramente meliflua o letal, lo colocó y miró al gigantón Neuer, otro tipo suave. Antoine Fabrizzio Griezmann ejecutó con serenidad, exactitud y hermosura. Y los alemanes, que habían parecido auténticos reyes de la imaginación, se fueron al descanso con una herida brutal. Sin suerte.
Francia volvió a salir corajinosos y al ritmo del vendaval. Fue un trampantojo, aunque a diferencia de lo que había sucedido en la primera parte, Alemania no fue capaz de recobrar el timón, se lesionó Boateng y Griezmann seguía por ahí, detrás de Giroud, a la espera de un pista libre para correr o de un claro del bosque para lustrar la bota. Y así lo hizo, tras un fallo defensivo, destello posterior de Pogba y despeje en falso de Neuer: siguió la jugada con un arrebato de felino en los ojos y sentenció con la puntera y una  seguridad glacial. Francia ascendió a los cielos: casi todos supieron entonces que el equipo iba directo a la final. Alemania aún no se daría por vencida, claro que no, ni tampoco Griezmann, que aún ensayó al menos una carrera de velocista que debió acabar en gol. No le importó su leve error: era el héroe de la noche, el tipo sencillo y dulce que le daba más sentido que nunca al emocionante himno de Francia. Alemania, por terquedad y oficio de competidor honesto, buscó un gol pero se halló con el majestuoso vuelo de Lloris, y se rindió poco a poco ante ese futbolista goleador y relámpago, inspirado y artista, que podría ser un violinista en las esquinas y el solista de la orquesta.
Francia no brilló pero se comportó como un equipo sacrificado, que sufre por alto, que le falta un poco de elaboración en la media, aunque le sobre todo lo demás: coraje, trabajo, energía, constancia y poderío; hubo un momento en que la media era como una muralla inexpugnable: Sissoko, Kanté, Pogba y Matuidi. Cuando retiró del campo a Griezmann, el gallo rubio del estadio, Deschamps volvió a sentir: «A veces tengo visiones: ¡pensar que fui yo quien envió al banquillo en el segundo partido a mi mejor jugador!».
El domingo espera otro ganador: Cristiano Ronaldo. Suceda lo que suceda, el príncipe valiente del torneo es francés, angelical, usa espada de mosquetero, lleva seis goles como seis soles y juega en el Atlético de Madrid.
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(*) Este artículo se publicó en Heraldo de Aragón el 8 de julio de 2016.