La metamorfosis de Guardiola

Martí Perarnau (Barcelona, 1955) realiza una síntesis de los tres años del técnico en Alemania en su nuevo libro Pep Guardiola. La metamorfosis (Editorial Córner, 2016). El libro sigue un desorden meditado, en el que descubrimos las claves del viaje de Guardiola a Múnich, algunos rasgos de su carácter y los puntos de evolución de sus tácticas. Lorenzo Buenaventura ya avanzó en el primer título de Perarnau sobre el entrenador catalán, Herr Pep (Editorial Córner, 2013), que “Guardiola estaba cambiando Alemania y que Alemania estaba cambiando a Pep”. Este segundo título sirve como retrato de esa transformación.

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“El guardiolismo no existe como una idea definida, se está haciendo”. “Lo que no se entrena, se olvida (…) El entrenamiento consiste en que los jugadores tomen decisiones (…) Para corregir seriamente un defecto primero hay que haber sufrido sus consecuencias”. Estas citas, tan similares y a la vez tan distintas, se recogen en Pep Guardiola. La metamorfosis y definen la personalidad y las ideas de uno de los grandes entrenadores de nuestro tiempo. Martí Perarnau, que alterna la función de testigo y la de confidente, hace un recorrido por sus años en Alemania. Describe el cambio de un Guardiola que ha aprendido a adaptarse a las dificultades y que ha abandonado su hogar en busca de una identidad propia. La metamorfosis es la continuación de Herr Pep y es también un homenaje encubierto a Johan Cruyff. Guardiola es probablemente el mejor emisario del técnico holandés y ha sido fiel a su propuesta en un terreno adverso, en “el jardín de Beckenbauer”.

Como sugiere Perarnau, Guardiola no busca fotocopias del Barcelona en los clubes que le contratan. Entre otras cosas porque ha entendido que la copia siempre sería imperfecta. Los futbolistas del Bayern Múnich o los del Manchester City no han recibido una formación que se ajuste a la propuesta que defiende Pep. El estilo del técnico tampoco se adapta a la idea tradicional de los países que le acogen. Alemania aplaude el juego más físico, el centro permanente, la lucha hasta el último minuto. Inglaterra posee una mayor vinculación con los orígenes del deporte, se alternan las idas y venidas y se entiende que el descontrol es una virtud. Guardiola busca generar superioridades en campo contrario a través del dominio del juego y del balón. Pero, a pesar de lo que indican las etiquetas, es, sobre todo, un gran competidor: “Yo no juego por el estilo, juego para ganar”. La metamorfosis ofrece un breve esbozo de su llegada al Manchester City, que es, en palabras del propio Guardiola, el reto más difícil al que se ha enfrentado.

El libro es muchos libros al mismo tiempo. A veces, parece una novela compuesta de pequeñas piezas que adquieren su sentido global con las otras partes del libro. Perarnau utiliza la metáfora del trencadís, esa acumulación de detalles que adornan las obras de Gaudí. También parece una matrioska en movimiento. Y, además, recuerda a esos formatos de origen oriental en los que el final de cada cuento sirve como punto de partida para el siguiente. Algo así como Las Mil y una noches de Pep. Los capítulos no siguen un orden lineal, van y vuelven en el tiempo, mezclan la crónica, el registro estadístico y el resumen detallado de un plan de juego. En ocasiones, Perarnau recoge ideas que poseen una gran precisión: “lo que busca el juego de posición es aumentar el índice de probabilidad de ganar a través del juego”. El libro es a veces un tratado de vida, en el que se acumulan grandes citas y referencias, y se describen las inquietudes de un tipo perfeccionista, obsesionado con la evolución constante. Guardiola se mueve entre la contención y el afecto, busca el equilibrio entre la pasión y la fidelidad a sus ideas. Y La metamorfosis es también un inventario táctico, un perfecto manual para los entrenadores. Perarnau realiza un profundo trabajo de investigación, que enriquece con detalles de la vida cotidiana, con confidencias de ascensor y grandes testimonios de los personajes que rodean a Guardiola. Manel Estiarte, Paco Seirulo y Juanma Lillo dan voz a los conceptos de Pep, describen sus contradicciones, sus fórmulas de pensamiento y analizan las dificultades del deporte de élite.

Perarnau detalla también su relación con algunos de los personajes más importantes de su etapa en el Bayern. Guardiola es consciente de que “los jugadores son sus mejores aliados”. Algunos, como Philipp Lahm, Manuel Neuer o Xabi Alonso han sido los grandes defensores de su dialecto. David Alaba fue el intérprete de las variantes tácticas de Guardiola. Joshua Kimmich fue el gran descubrimiento: empezó siendo el chico de los recados y se convirtió en un comodín imprescindible. Su complicidad con Kimmich revela algunos detalles de humanidad del técnico catalán: la armonía entre dos tipos que de algún modo se parecen, que coinciden en su capacidad para entender el juego y adaptarse a situaciones inesperadas. Quizá con Kimmich se ven los rasgos de paternalismo de un técnico al que le cuesta expresarse ante los medios, pero que sabe proteger a sus jugadores. Uno de los pasajes más interesantes del libro es el relato de su sintonía con Tomas Tuchel, sus charlas tácticas en el Schummann´s Bar. En ellas se descubre a dos tipos que se analizan, que se ponen ante un espejo, que encuentran fórmulas de mejora y que poseen argumentos similares. Tuchel, a pesar de entrenar al gran rival del Bayern, es un admirador declarado de Guardiola y quizá el mejor testigo de sus ideas.

Perarnau narra algunas de las grandes derrotas de Pep: las tres eliminaciones consecutivas en semifinales de Champions, los conflictos con el cuerpo médico o la decepción que significaron futbolistas a los que no ha sabido convencer (Ribery, Mandzukic) o que simplemente no dieron todo lo que se esperaba de ellos (Götze, Thiago). Decía Cruyff que “las leyendas también pueden alimentarse de una derrota”. Y el libro insinúa que quizá la leyenda de Guardiola parta de su fracaso en la Champions League con el Bayern Múnich. La prensa ha calificado los años de Guardiola en Múnich como una “sinfonía inacabada”. Es probable que esa obra sin terminar sea parte del encanto de su biografía, un estímulo para la mejora. A veces, las victorias morales son casi tan importantes como los títulos. Y el mayor triunfo de Guardiola reside en el legado de los jugadores, en el cambio de paradigma del fútbol alemán, en el testimonio de una afición que ha modelado su gusto casi al mismo tiempo que Pep.

Quizá la metamorfosis de Guardiola pase por la negación de los dogmas que siempre le han acompañado. Por la búsqueda de nuevos registros, por triunfos conseguidos a través de diversas variantes de juego. Por victorias escuetas, en las que no sea fiel a sus principios. Con toda seguridad, Guardiola mostrará cierta insatisfacción hasta en los momentos de mayor lucidez. Siempre encontrará puntos para sentirse descontento, matices en los que sus equipos deben evolucionar. Perarnau lo resume con una frase que combina la belleza y la sencillez: “su partido perfecto siempre está por jugarse”.

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Jorge Rodríguez Gascón.

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CASA DE CITAS DE GEORGE BEST

98003603_a_352699b George Best (Belfast, 1946 – Londres, 2005) fue un futbolista genial y único, que dejó un gran legado en el campo y ante los micrófonos. Algunos de sus rivales describieron el juego de Best a través de anécdotas. Graham Williams, defensa del Tottenham Hospur, le dijo a Best en medio de un partido: “Así que este eres tú, ¿eh? He jugado contra ti tres veces y todo lo que había visto de ti era tu culo”. Su compañero en el United, Dennis Law le definió como “el jugador con más talento que he visto en un campo de fútbol”.

Best fue protagonista en los grandes partidos de la Premier. Sus choques contra el Liverpool, el Arsenal o el Chelsea tenían un interés especial. Frente a los blues mantenía un intenso duelo con el perro de presa Ron “Choper” Harris: “Siempre me encargaban la tarea de marcar a George, aunque nunca tuve mucho éxito”. Harris se acuerda especialmente de un partido en el que George Best les marcó el gol del triunfo en un rápido contragolpe. En aquella jugada Harris le dio una patada que puso en peligro el tobillo de Best. Pero Best aguantó el golpe y, tras sortear al portero, marcó el gol decisivo. Desde un estudio de la BBC, el defensa concluye su anécdota: “es el mejor jugador al que tuve que defender en mis 21 años de carrera”.

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El entrenador que le hizo debutar, sir Matt Busby, relativizó la temprana afición de Best por la noche: “En efecto tuvimos algunos problemas con el pequeño individuo, aunque prefiero recordar al genio”. Y profundizó en las virtudes de su juego: “Era capaz de usar los dos pies, e incluso a veces parecía que tuviera seis”. Quienes más sufrieron la espiral autodestructiva del extremo de Belfast fueron sus mujeres. La primera, Angela MacDonald-James, explicó la razón por la que Best no acudía a muchos entrenamientos: “Cada noche se bebe dos botellas de champán con vodka y por la mañana es imposible levantarle para que vaya a entrenar”. Su segunda esposa, Alex Pursey, calibró la decadencia del quinto Beatle: “cuando está borracho, George es el más deplorable, burro e ignorante pedazo de mierda que he visto”.

Sin embargo, nadie habló mejor de él que el propio George Best. No siempre tuvo acierto ni razón en lo que decía, ni siquiera sentido de la realidad o de su propia destrucción. Pero resumió su modo de vida en declaraciones llenas de ingenio que figuran en la memoria colectiva. Algunas reflejan un ideal hedonista: “He gastado mucho dinero en mujeres, alcohol y coches. El resto lo malgasté”. Otras muestran que el extremo tenía un buen concepto de sí mismo: “Si yo hubiese nacido feo, no hubierais oído hablar de Pelé”. Otras son simples frases en las que Best se sirve de un gran sentido del humor: “Un equipo norteamericano me hizo una oferta: ‘Te pagaremos 20.000 dólares el primer año y 30.000 el segundo’. Yo les respondí: ‘de acuerdo, firmaré el año que viene’”.

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Algunas de sus citas más célebres mezclan las grandes pasiones de Best fuera de los terrenos de juego: “En 1969 dejé las mujeres y el alcohol; fueron los peores 20 minutos de mi vida”. En otras repasó sus aventuras con las modelos, una de sus debilidades más famosas: “Hace años dije que si me daban a elegir entre marcar un golazo al Liverpool o acostarme con Miss Universo, iba a tener una difícil elección. Afortunadamente, he tenido la oportunidad de hacer ambas cosas”. “Dicen que me acosté con siete Miss Universo. No lo hice. Fueron solo cuatro. No me presentaron a las otras tres.” O su variante: “La prensa es muy mentirosa. Dicen que me he acostado con 200 mujeres, pero solo fueron 100”.

best drinking Algunas de sus declaraciones son una exhibición velada de su propio alcoholismo, siempre desde un punto de vista divertido e irónico: “Nunca me levantaba por la mañana con la intención de emborracharme, simplemente sucedía”.

“He dejado de beber… pero solo cuando duermo”.

“Tuve una casa junto al mar, pero para ir a la playa tenía que pasar por delante de un bar. Nunca me bañé”.

“Cada vez que entro a un sitio, hay setenta personas que quieren invitarme a beber y yo no sé decir que no”.

En una entrevista en la televisión nacional, Best descartó algunas posibilidades de tratamiento: “Podría ir a Alcohólicos Anónimos, pero creo que sería difícil para mí permanecer en el anonimato. (…) Si les dijese a los alcohólicos: ‘Hola me llamó George y tengo un problema con el alcohol’ me responderían: ‘Si, ya lo sabemos’ ”. Acto seguido profundizó y contó una anécdota de sus visitas a la asociación: “Fui una vez a Alcohólicos Anónimos. Me encontré a un viejo amigo y acabamos brindando por la ocasión”. En la siguiente respuesta George contestó con mayor seriedad: “No tengo nada en contra de Alcohólicos Anónimos, creo que a mucha gente le ha ayudado a dejar la bebida. Solo que no funcionó conmigo”. article-2255603-01D0581C00000578-280_634x547 El genial jugador también dedicaba declaraciones a aquellos a los que la prensa situaba como sus sucesores. Sobre David Beckham comentó: “No chuta con la izquierda, no marca muchos goles, no cabecea ni roba… Aparte de eso, está bien”. Con Paul Gascoigne tuvo una relación especial. Su talento y su afición por la bebida le situaban como el heredero natural de George Best en el fútbol británico. Al comienzo de su carrera a Best le pidieron que aconsejara a Gascoigne. Best respondió con la ironía que le caracterizaba: “Que no beba, que no haga el amor con mujeres y que no disfrute de su vida”. Instantes más tarde, Best se puso serio: “Creo que no soy quién para dar consejos a nadie (…). Solo espero que sepa soportar la presión de los medios y que no le destroce como me destrozó a mí”. Años más tarde, cuando compararon sus carreras, Best concluyó: “No me llega ni a la suela de la botella”. Best habló de Wayne Rooney en plena retransmisión de un partido para Sky Sports: “¿Rooney tan bueno como yo? ¡Qué tontería!”. La única comparación que fue bien recibida por Best fue la de Cristiano Ronaldo: “Ha habido unos cuantos jugadores en estos años a los que se ha llamado el nuevo George Best. Pero con Cristiano Ronaldo, por primera vez, es un halago para mí”.

article-2328969-039023950000044D-144_634x376 Best supo ser un gran crítico de sí mismo: “Estaba enfermo y yo era el único que no lo veía. Nací con un gran don, y eso en ocasiones genera una vena destructiva. Igual que yo quería superar a todo el mundo cuando jugaba, tenía que hacerlo también cuando estaba en la ciudad”. Protagonizó una famosa campaña publicitaria para News of the world en la víspera de su fallecimiento: el periódico publicó una foto con el lema “Don´t die like me” (No muera como yo). A pesar de eso, su único remordimiento, según declaró en 1981, no tenía nada que ver con sus excesos: “Tiré un penalti contra el Chelsea en 1971 y el hijo de puta de Peter Bonetti me lo paró. Ojalá se lo hubiera tirado por el otro lado”. Al fin y al cabo, Best había logrado su gran objetivo: “Mi mayor meta es que mi padre pensara que fui el mejor y lo piensa”.

Meses antes de morir concedió una entrevista a una radio irlandesa. En ella le preguntaron cuál era la clave para batir a grandes porteros como Gordon Banks, al que le marcó un célebre gol en Wembley. Con evidentes signos de enfermedad, George Best respondió: “El secreto es que era más rápido que él. Y lo sigo siendo”.

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Jorge Rodríguez Gascón.

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Foto 1: The Times.  Foto 2: http://img.blogs.es/1001experiencias/wp-content/uploads/2013/02/George-Best1.jpg. Foto 3: fifa.com. Foto 4: Daily mail. Foto 5: Daily mail. Foto 6: Getty images.

The Busby Babes: GEORGE BEST

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Se cumplen nueve años del fallecimiento de George Best, uno de los grandes extremos de la historia del fútbol. Fue un jugador con carisma y talento, que contribuyó a la formación de la era mediática del deporte: “Yo saqué el fútbol de las páginas traseras y lo puse en las portadas de los periódicos”. Vivió sus mejores años de jugador en Old Trafford y fue uno de los símbolos de la reconstrucción del Manchester United. Después de conquistar la Copa de Europa y el Balón de Oro, su carrera se fue apagando en equipos con poco cartel. Murió a los 59 años, tras una vida llena de excesos.

George Best nació en un humilde barrio de Belfast, el 22 de mayo de 1946, en medio del conflicto que dividió a católicos y protestantes. Su afición por el fútbol comenzó en los barrizales de Cregagh, marcando goles en porterías improvisadas. De ahí surgió una forma de jugar espontánea, basada en la imaginación, el don del regate y una frescura casi desafiante. Best no perdió esa insolencia en sus años de profesional y él mismo se encargó de resumirla: “Si perdía el balón era un insulto personal y lo quería recuperar. Sí, señor, me fastidiaba mucho que me lo quitaran, porque era mi balón” (…) “Siempre me han preguntado por qué me costaba tanto pasar el balón. Lo cierto es que cuando estaba en forma tenía la sensación de que yo lo podía hacer mejor que cualquier compañero al que se la pasara. Quizá debería haber sido menos egoísta jugando, me habría llevado mejor con mis compañeros”. Matt Busby fue el técnico con el que Best alcanzó sus mayores éxitos. Probablemente porque entendió que su talento no se podía domesticar: “A este chico no hay que tratar de entrenarle. Hay que dejarle solo. Es especial”.

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Durante su infancia, Georgie coqueteó con el rugby, pero pudo más su afición por el fútbol. Esa decisión mostró los primeros signos de un carácter rebelde. Su padre le había recomendado que optara por el rugby, que era un deporte de mayor tradición en Irlanda del Norte. Best no le hizo caso y escogió el fútbol. No le importó tampoco que le rechazaran en el equipo de su barrio, en el que se cuestionaba su débil físico, sin atender a su prodigiosa habilidad. Bob Bishop, uno de los ojeadores del United, no cometió el mismo error. Le vio jugar en un campo de Belfast y le envió a Matt Busby un célebre telegrama: “Creo que te he encontrado a un genio”. George Best se trasladó a Manchester, aunque no tardó en volver a Belfast porque extrañaba a su familia. A los dos días los directivos del United ya le habían convencido de que su sitio era Old Trafford. Esta vez le compraron un pequeño apartamento a la familia y Best se instaló definitivamente en Manchester. En la cantera del United, su generación consiguió grandes logros y fue un reclamo para la afición. Por Manchester se corrió la voz de que un equipo juvenil desplegaba un juego espectacular. Un delgado y veloz extremo, al que apodaban Belfast Boy, era la estrella de una plantilla que llegó a congregar a 5000 aficionados en un partido juvenil.

George Best debutó en First Division a los 17 años, después de foguearse en el filial. Llegó a un equipo inmerso en un proceso de reconstrucción tras el accidente de Múnich. Una plantilla que poseía una vinculación innegable con la generación anterior: el entrenador Matt Busby, el capitán Bobby Charlton, el jugador Bill Foulkes o el técnico asistente Jimmy Murphy eran algunos de los supervivientes del accidente. Y a ellos se sumaron un puñado de jugadores que encarnaban la renovación de un equipo instalado en la melancolía: George Best, Denis Law, John Kidd o Nobby Stiles.

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Bobby Charlton, Denis Law y George Best formaron uno de las grandes tridentes de la historia del fútbol, conocido como la “United Trinity”. Law llegó al equipo en 1962, procedente del Torino después de un traspaso millonario. Un año más tarde se produjo la irrupción de George Best. En la temporada de su debut, el Manchester United conquistó su primer título después de la tragedia de Múnich, una FA Cup. Tardó poco en afianzarse en el equipo títular y en 1965 Best ya era una de las estrellas de la First Division. Era imparable en el uno contra uno, tenía olfato de gol y sabía asociarse. Con sus actuaciones contribuyó a que el Manchester United reconquistara la liga inglesa, ocho años después de su último título.

El joven Best ya conocía entonces las promesas de la noche. Siempre disfrutó de su éxito con las mujeres y exhibió su afición por la bebida: “He gastado mucho dinero en mujeres, alcohol y coches. El resto lo malgasté”. La prensa se beneficiaba de ello y retransmitía con interés sus escándalos: “Debo de ser el único británico que ha aparecido en la portada, en la contraportada y en las páginas centrales de un periódico… el mismo día”. Sin embargo, en el campo sus salidas nocturnas no importaban. Su superioridad era casi insultante; desafiaba a su marcador en un duelo que siempre era desigual. Era un maestro del amago al que nadie podía seguir en carrera. Arrancaba, frenaba y volvía a arrancar, siempre un paso por delante del resto.

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La Copa de Europa seguía siendo el gran objetivo del United en 1965. Best, que tenía entonces 19 años, se presentó al mundo en Lisboa, con dos goles ante el Benfica de Eusebio. Pelé presenció el encuentro en directo y lo definió como la mejor exhibición que había visto de un jugador. Después de aquel partido le bautizaron con un apodo que le acompañó durante toda su vida: el quinto Beatle. Sin embargo, en aquella edición de La Copa de Europa, el Manchester cayó en cuartos de final ante el Milán, el mismo equipo que les eliminó en 1958, pocos meses después del accidente aéreo. Best fue mejorando sus números en las siguientes temporadas hasta lograr 115 goles en los 290 partidos que disputó con el United. Una de sus hazañas más recordadas son los seis goles que le marcó al Northampton en un partido de Copa. Best disfrutaba especialmente en las grandes ocasiones; pedía el balón y no paraba de encarar al rival, con la ambición de quien trata de demostrar su talento en los campos más exigentes.

El Manchester United había ganado dos ligas y una Community Shield cuando se cumplían diez años de la tragedia de Múnich. Y 1968 fue el gran año de George Best. En la edición anterior el equipo había caído en su regreso a Belgrado, ante el Partizán, con George Best lesionado. Al comienzo de aquella temporada, con Best ya recuperado y jugando mejor que nunca, el Manchester afrontaba la competición con enormes esperanzas. Venció al Hibernians escocés, al Sarajevo yugoslavo y al Górnik polaco hasta llegar a semifinales. Se enfrentó al Real Madrid, el gran dominador de los últimos años. Y le venció, después de una remontada de los red devils en el Bernabéu. Tras el 3 a 1 a favor del Madrid en la primera parte, Bobby Charlton y Bill Foulkes consiguieron el empate que clasificaba a los de Busby para la final de Wembley. Se enfrentaban al Benfica de Eusebio y Torres, uno de los rivales favoritos del quinto Beatle, en la catedral del fútbol inglés. Best jugó el partido más importante de su vida y fue de largo el mejor sobre el campo. No le importó el marcaje de Adolfo y Cruz, y decidió el encuentro con un gran gol al comienzo de la prórroga. Bobby Charlton sentenció y levantó la copa que les debía la historia. George Best fue designado mejor jugador de la competición y le otorgaron el Balón de Oro, que entonces premiaba al mejor futbolista europeo del año.

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Best había alcanzado la fama muy pronto y le faltó constancia para dominar el fútbol en los siguientes años. Mantuvo sus dotes de conquistador y sus adicciones y se despreocupó de su estado físico. El United no se renovó y se instaló en un estado de complacencia del que se contagió Best: “Para cuando cumplí los 25, me había dado por pensar que el equipo estaba en declive, y el alcohol empezaba a controlarme la vida. Me pasé tres años de juerga y apostar se convirtió en mi droga”. Los escándalos de su vida privada aumentaron y le costó más marcar diferencias en el campo. El desequilibrio de sus primeros años en el United se redujo a instantes de talento, tan brillantes como fugaces. En 1971 tuvo una pequeña resurrección y logró el Balón de Bronce. Pero, meses más tarde, Matt Busby abandonó el club y sin la protección del técnico, se precipitó la decadencia de Best. En 1974 dejó el Manchester United y se fue a jugar a Irlanda, en el Cork Celtic. Contribuyó a expandir el fútbol en los Estados Unidos y regresó al Fulham en 1976, donde jugó a buen nivel una temporada. Su alcoholismo ya era un problema serio y tras su paso por el Fulham vagabundeó por equipos de segunda fila. Probó fortuna en Escocia (Hibernian, Motherwell), prosiguió su aventura americana (Los Angeles Aztecs, Fortl Lauderdale Strikers, San José Earthquakes y Golden Bay) y jugó en la Segunda División Inglesa (AFC Bournemouth). Regresó a Irlanda del Norte para retirarse en el Tobermore United. Fue jugador-entrenador una temporada y colgó las botas en 1984, después de un famoso partido de homenaje. Cuando el extremo de Belfast se retiró, había jugado 706 partidos como profesional, en los que marcó 254 goles.

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Tras dejar el fútbol su imagen se fue deteriorando. Fue sancionado por conducir borracho en varias ocasiones, protagonizó peleas en alguno de sus clubs, agredió a un policía, acudió a un programa televisión en un evidente estado de embriaguez, fue acusado de malos tratos e intentó suicidarse. También empeoró su estado físico y en 2002 fue sometido a un trasplante de hígado que generó un gran debate en las Islas Británicas. Parte de la opinión pública consideraba que el futbolista irlandés no merecía el trasplante ya que había manifestado su intención de seguir bebiendo. Un año después de la operación se publicaron unas fotografías en las que Best aparecía bebiendo alcohol en uno de sus clubs. En 2005 fue ingresado a causa de una hemorragia interna que acabó con su vida. Best murió el 25 de noviembre en Londres y fue enterrado en Belfast, al lado de la tumba de su madre. Ella también padeció una enfermedad relacionada con el alcohol y murió un año más joven que Best, a los 58 años.

Best forma parte de una larga lista de personajes que alcanzaron la gloria de manera precoz y que descendieron al vacío sin tiempo para disfrutar del éxito. El irlandés tenía tendencias autodestructivas y un sentido puramente lúdico del juego: “Siempre entendí el fútbol como un entretenimiento. Podía hacer disfrutar a la gente, mientras yo me divertía”. Mientras estuvo en la cima se convirtió en el ídolo de una generación que prefería la sonrisa traviesa de George Best al pulmón de acero de Bobby Charlton.

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En una entrevista concedida a la televisión inglesa Best comentó: “Cuando me muera, la basura se olvidará y me recordarán por el fútbol”. El delantero del Liverpool Ian St. John solo se acordó del juego de Best: “Todos éramos futbolistas pero él era especial. Podía hacer cosas espontáneas, jugadas que solo un genio puede hacer”. En su estatua en Belfast hay una placa con una sentencia: “Maradona good, Pelé better; George best”. El extremo de Belfast solo jugó 7 años a gran nivel y no pudo disputar ningún mundial, pero se situó entre los grandes futbolistas de todos los tiempos. En la década de los 60, una generación afortunada de ingleses asistió al nacimiento de Los Beatles en The Cavern y descubrió el asombroso regate de George Best en Old Trafford.

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Por Jorge Rodríguez Gascón.

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Foto 1: Best celebra su gol en la final de la Copa de Europa en Wembley (Dailymail). Foto 2: El joven Best (livebreathefutbol.com).  Foto 3: El Manchester United celebra el título de liga 1966 /1967 (delanterofalso.com). Foto 4: Best rellena sus copas (Dailymail). Foto 5:  Best recibe el Balón de Oro. En la foto aparece flanqueado por Matt Busby, Bobby Charlton y Denis Law (The Sun). Foto 6: George Best con su hijo en brazos, en su partido de homenaje (The Daily Telegraph). Foto 7: El regate de Best (Dailymail).

The Busby Babes: DUNCAN EDWARDS Y BOBBY CHARLTON

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Duncan Edwards (1936, Dudley – 1958, Múnich) mostró desde su infancia unas condiciones innatas para el deporte. Su predilección era el fútbol y a los 11 años ya destacaba en el Dudley, ante rivales mayores que él. Jack O´Brien, uno de los secretarios del Manchester United, le vio jugar e informó a Matt Busby de que acababa de encontrar a un futbolista único. Le pretendían los grandes equipos del país y Edwards se decantó por el Manchester United, el equipo de su infancia. Le convenció Bert Whalley, uno de los asistentes de Busby, en una visita a su domicilio a las 2 de la madrugada. Edwards formó parte del equipo juvenil y sus cualidades no pasaron desapercibidas. Duncan era un jugador de gran presencia física, que se adaptaba al prototipo de futbolista inglés. Era capaz de organizar al equipo, se desplegaba por el costado izquierdo, robaba balones y llegaba al área con frecuencia. Era además un jugador valiente, capaz de tomar la responsabilidad en los momentos más difíciles. Años más tarde, Bobby Charlton resumió las virtudes de Edwards: “Desde el primer momento vi que podía jugar en cualquier parte y hacer cualquier cosa. Era valiente, tremendo en el tackle, podía hacer pases en largo o en corto y marcar. Cuando llegué al United, Duncan era el único que podía hacer cosas que yo sabía que era incapaz de hacer”.

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Pronto le quedó pequeño el equipo juvenil, con el que conquistó dos FA Cups junior, y, a los 16 años, Busby le hizo debutar en el primer equipo. La afición de los red devils se prendó del chico de Dudley y tres temporadas después de su debut ya llevaba 100 partidos en la First División. A los 18 jugó su primer partido como internacional y se convirtió en el futbolista más joven en vestir la camiseta de la selección inglesa. Su récord se mantuvo intacto hasta la irrupción de Michael Owen en 1998. Era el orgullo del fútbol inglés cuando su carrera se apagó en el accidente aéreo de Múnich. Hasta entonces había sido el líder natural de un equipo que venció en Inglaterra y soñó con Europa. En aquella plantilla coincidió con otra de las grandes promesas de The Busby Babes: Bobby Charlton.

Bobby Charlton (11 de octubre de 1937) era un talento que procedía de Ashington. Su padre trabajaba en una mina y cuatro de sus tíos eran futbolistas. Desde joven alcanzó cierta fama en el condado de Yorkshire por su facilidad para domar el balón. Jackie Charlton, que años más tarde jugaría con él en la selección inglesa, avanzó que el destino de su hermano ya estaba marcado: “Todo el mundo lo conocía en el noreste de Inglaterra. Hacían cola para verle jugar. Nadie me conocía a mí, pero todos le conocían a él. Nunca tuve dudas de que llegaría a la élite del fútbol”.

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Bobby Charlton recuerda con cariño los partidos en Yorkshire. Su padre trabajaba en la minería y él colaboraba como “chico de los recados”. En los descansos que daba la mina organizaban partidos de treinta contra treinta, en espacios muy reducidos. Charlton ha confesado en más de una ocasión que su técnica individual procede de esos partidos interminables, jugados en campos de carbón. A los 15 años le fichó el Manchester United y coincidió en alguna ocasión con Edwards en el equipo juvenil. Bobby debutó a los 17 en la First Division ante el Charlton Athletic, en un partido en el que anotó un doblete. Sorprendió a Old Trafford y se hizo con el mediocampo del United, siempre con vistas a la portería rival. Duncan Edwards ya estaba asentado en el primer equipo y fue un gran apoyo para Bobby Charlton en el vestuario. Aprendió a su lado y entendió las claves de la competición en la élite del fútbol. Quizá las diferencias en el juego de ambos potenciaron la unión de los futbolistas con más proyección de Inglaterra. Las condiciones físicas y técnicas de Edwards le permitían superar a los rivales con cierta facilidad, Charlton generaba ventajas sirviéndose de su manejo de balón.  Le daba sentido al juego, llegaba al área rival y surtía a los delanteros. Edwards era un volante izquierdo, un futbolista de mucho recorrido con dotes de mando. Ganaba las disputas de cabeza y tenía facilidad para marcar. Charlton era una apuesta de futuro, un niño que empezaba a dar frutos entre los grandes. Edwards era un adolescente al que, por su madurez, compañeros y rivales veían como un hombre.

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Entre Edwards y Charlton no tardó en surgir una gran amistad. Hicieron el servicio militar juntos y pedían un permiso para acudir a los partidos durante los fines de semana. Durante aquel año jugaron también en la liga militar, con el mismo éxito que con The Busby Babes. Ambos jugadores tenían muchas cosas en común: procedían de familias humildes y tenían una ética de trabajo similar. Pese a que los dos poseían unas facultades técnicas privilegiadas no tardaron en darse cuenta de que el éxito de su juego se basaba en el trabajo y el sacrificio. El fútbol comenzaba a ser un deporte de masas en Inglaterra y Edwards y Charlton se convirtieron en modelos de conducta. Eran los ídolos de la afición y parecían tener una vida sencilla: no eran famosos por sus  salidas nocturnas ni hacían declaraciones fuera de lugar. Diez años más tarde, la figura del siguiente héroe de Old Trafford, George Best, se alejaría de ese modelo de ciudadano ejemplar que encarnaban Duncan Edwards y Bobby Charlton.

Matt Busby dio entrada a los jóvenes formados en la academia. Tras conquistar la liga de 1952, el relevo generacional que el técnico había planeado fue tomando forma. El Manchester United conquistó la liga en la temporada 1955/1956 con una media de edad de 22 años. En aquel equipo habían ido entrando Roger Byrne, Mark Jones, Eddie Colman, el prometedor Bobby Charlton y el que ya era el líder de aquella plantilla: Duncan Edwards.

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En 1957 revalidaron el título de liga y retaron al Madrid de Di Stéfano, Gento y Kapa en Europa. Tras perder ante los blancos en 1957, se clasificaron para las semifinales en la siguiente edición, después de eliminar al Estrella Roja de Belgrado. El 6 de febrero de 1958 el equipo emprendió el viaje de vuelta a Manchester. El avión que partía de Belgrado se estrelló en una casa abandonada en las cercanías del aeropuerto de Múnich, después de repostar en la ciudad alemana. Murieron 23 personas: 8 jugadores y 15 pasajeros, entre los que se encontraban algunos periodistas ingleses y personal del Manchester United. Bobby Charlton salió despedido y quedó inconsciente tras el impacto. Harry Greg y Bill Foulkes, que formaban parte de la plantilla, le pusieron a salvo y sacaron a algunos heridos del avión. Duncan Edwards estaba entre los más afectados y fue trasladado al hospital Isar der Rechts con múltiples heridas. Algunas de ellas le habían afectado al riñón y era necesario un trasplante. El órgano llegó pero tras la operación surgieron problemas derivados del accidente en otras partes de su cuerpo. Tenía las costillas rotas, lesiones medulares y un pulmón colapsado. Los médicos creían que no duraría más de dos noches. Duncan Edwards luchó durante 15 días en aquel hospital de Múnich. Murió el 21 de Febrero de 1958, a los 21 años, y fue despedido por más de 5000 personas en su funeral en Dudley.

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Bobby Charlton se recuperó y fue la pieza angular de la reconstrucción del Manchester. Conquistó la Copa de Europa diez años más tarde, fue el líder de la Inglaterra que consiguió la Copa del Mundo y fue galardonado con el Balón de Oro en 1966. Sir Alex Ferguson, el técnico que dirigía al Manchester en 2008 y otro de los emblemas del club, definió al inglés: “Cuando pienso en los grandes deportistas que han mantenido un proceder correcto a lo largo de su carrera, el primer y mejor ejemplo que me viene a la cabeza es Bobby Charlton”.

Charlton es un hombre de un solo club. Sigue siendo el máximo goleador de la historia del United y la FIFA le considera el mejor jugador inglés de todos los tiempos. En la actualidad es el presidente de honor del Manchester United e imparte cada año una charla a los jugadores en la que narra la historia de The Busby Babes. Charlton siempre recuerda la importancia que tuvo la tragedia a la hora de forjar la identidad del club. Cuando se cumplió el 50 aniversario del accidente de Múnich, el Manchester United saltó al campo con la indumentaria que usó el equipo de Matt Busby ante el Estrella Roja de Belgrado, en el partido previo a la catástrofe. Fue en un derbi de Manchester en 2008 y, rápidamente, las cámaras enfocaron a un Bobby Charlton visiblemente emocionado.

En 1968, con la Copa de Europa todavía reciente, Bobby Charlton se acordó de su gran referente: “Duncan Edwards era incomparable. Fue terrible que muriera y sólo puedo explicar a la gente que su adiós fue la mayor tragedia porque era el mejor de todos nosotros. En toda mi vida como futbolista, siempre sentí que podía competir con cualquier jugador. Menos con Duncan. Él era el talento, siempre me sentí inferior a él. Nunca conocí a alguien tan dotado técnicamente y tan fuerte. Duncan tenía una presencia que nos eclipsaba a todos”.

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En sus últimas horas de vida, Duncan Edwards recibió la visita de Jimmy Murphy, el asistente de Matt Busby. Murphy había evitado el accidente porque alternaba su labor de segundo entrenador con la de seleccionador de Gales. Desde Yugoslavia había escogido otro vuelo para acudir a una convocatoria con la selección galesa. Al técnico le dio rabia perderse el viaje de vuelta a Inglaterra, ya que reinaba un ambiente de celebración tras conseguir la clasificación en Belgrado. Después de la tragedia, se hizo cargo del equipo hasta que Busby se recuperó por completo.

Cuándo Jimmy Murphy entró en la habitación encontró a Edwards en medio de un sueño agitado. De pronto, Duncan Edwards se despertó y le preguntó: “¿A qué hora jugamos el próximo fin de semana contra los Wolves? No me puedo perder ese partido”.

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Por Jorge Rodríguez Gascón.

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Foto 1: Bobby Charlton en primer plano y una foto de Duncan Edwards al fondo, en la presentación del libro Duncan Edwards, The Greatest.  (dailymirror)

Foto 2: Duncan Edwards realiza un saque de banda. (the telegraph). 

Foto 3: Bobby Charlton juega con unos niños en su Ashington natal. (dailymirror).

Foto 4: The Busby Babes se fotografían en un desplazamiento por Europa. En la parte derecha de la foto alguien se apoya en el hombro de Duncan Edwards, no es otro que Bobby Charlton (manutd.official)

Foto 5: Imagen del equipo juvenil del Manchester United. En la fila superior, el tercer jugador empezando por la izquierda es Duncan Edwards. Al final de la misma se encuentra Bobby Charlton (footyposters).
Foto 6: Bobby Charlton se recupera del accidente aéreo en Múnich. (dailymirror // getty images).
Foto 7: La estatua que se levantó en honor de Duncan Edwards en su Dudley natal. (manudtalk.com)    

DI STÉFANO, GENIO SIN MUNDIAL

ANTÓN CASTRO // REGATE EN EL AIRE /

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Hay futbolistas que parecían de otro mundo y, quizá, de otros sueños. Futbolistas de cuento, casi invencibles, hechos de tango y de acero, que están en todas partes: arriba y abajo, en defensa y ataque, dirigiendo el juego, encorajinados, dispuestos a todo y con un verbo casi único en la boca y en el ánimo. Ganar. Ante todo: ganar. Era el verbo de Alfredo Di Stefano, quien, por lo demás, ha sido un argentino atípico: más bien lacónico, contundente y directo, dispuesto a solventar cualquier asunto por la vía rápida e incluso por las bravas.

Fue un héroe antes de que apareciese, casi, la televisión: llenaba estadios, provocaba suspiros, levantaba a los muertos. En el Madrid, y en Argentina, en sus primeros clubs, el River Plate y el Huracán, y en Millonarios de Bogotá, adonde llegó en 1949, tras una huelga en su país, para formar un equipo de ensueño, el ‘Ballet Azul’, con jugadores como Pedernera, que era uno de los ídolos celestes. En Colombia jugó al fútbol como nadie, ganó tres ligas y fue dos veces máximo goleador. En 1952, se enfrentó con su club al Real Madrid, y ya demostró quien era: un futbolista incontenible e incansable, un artista y un jabato, puro nervio, clase y carisma. El Madrid esperaría una mejor oportunidad; en 1953, tras un litigio demasiado complicado que amargó a Pepe Samitier, el Barcelona renunció a sus derechos sobre el jugador y este ingresó en el Real Madrid. No tardaría en revelarse como un futbolista ambicioso, de exquisita técnica, director de juego, líder y goleador nato. El fútbol en Europa cambió con su llegada, y con la presencia de otra estrella en el Barcelona: Ladislao Kubala, que integró una delantera mítica que cantó Serrat: Basora, César, Kubala, Moreno y Manchón; la citamos aquí porque con la camiseta del diez formaba un zaragozano como Tomás Hernández, ‘Moreno’.

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El Real Madrid llevaba muchos años sin ganar la liga. Con Di Stéfano todo cambió. Él fue el revulsivo del fútbol europeo: trajo un nuevo concepto de juego que lo tenía casi todo. Incluso la soberbia de los monarcas del césped. Fue ‘la Saeta rubia’, un auténtico torbellino que desarbolaba a los rivales. Volaba. En once temporadas, ganó ocho ligas, cinco pichichis y cinco copas de Europa e hizo del Real Madrid –que contó con Kopa, Rial, Puskas, Gento, Del Sol, etc.- el mejor equipo del mundo. Para muchos es el jugador más completo de todos los tiempos. Para otros forma parte del olimpo de los dioses con Pelé, Cruyff, Beckenbauer y Maradona. Ahora habrá que buscarle sitio a Messi.

Quizá el gran lunar de su trayectoria es que no llegó a jugar ningún Mundial. En 1950 y 1954, por diversas razones, Argentina (con la que participó en seis partidos: ganó en 1947 la Copa de América y marcó seis goles) no acudió. En 1956, Alfredo se nacionalizó español e intervino en 31 choques y marcó 29 goles. En Suecia-1958 no estuvo España y sí fue convocado para Chile-1962, pero se lesionó en un partido de preparación. En 1966 ya se le había pasado su tiempo y estaba a punto de retirarse en el Español. Di Stéfano siempre ha tenido bula futbolística: opinaba con libertad, a su antojo, aunque no se andaba por las ramas. Podía ser provocador, poco diplomático o soltar las campanas de la indiscreción al vuelo. También conoció el triunfo como entrenador: fue uno de los descubridores de la ‘Quinta del Buitre’ y logró la Liga y la Recopa con el Valencia.

Acaba de cumplir 88 años. Los hizo el 4 de julio. Y ahora pugna por escapar de la muerte que le persigue. Venga cuando venga, hay una victoria que nunca podrá anotarse: Di Stéfano es inmortal. Está ahí, como los fantasmas de los estadios, para siempre, corriendo, burlando rivales, cabeceando o gritando a sus compañeros: “Che, boludos, perseguimos la gloria”.

(*) Este artículo se publicó en Heraldo de Aragón el 7 de julio de 2014.

* Foto 1: http://img4.hostingpics.net/pics/165085DiStefano.jpg

* Foto 2: http://colgadosporelfutbol.com/wp-content/uploads/2012/07/Kubala-y-Di-Stefano.jpg

GARRINCHA, EL EXTREMO DEL AMOR

ANTÓN CASTRO // REGATE EN EL AIRE /
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Brasil acaba de presentar su candidatura al título en el estadio Garrincha de Brasilia. Venció a Camerún, en su partido 100, con relativa facilidad y suavizó algunas de las incógnitas de su juego. Sigue agarrada a Neymar, al que se quiere ver en estado de gracia. Brasil ha ganado cinco finales y perdió dos, una, en casa, ante el Uruguay de Obdulio Valera, en la tarde del ‘Maracanazo’, y otra en Francia, en la gran noche de Zinedine Zidane. Se coronó por vez primera en Suecia: allí coincidieron dos jugadores magníficos, Mané Garrincha y Pelé.
Manuel Francisco dos Santos tomó su nombre de un pájaro «feo, veloz y torpe» del Matto Grosso, apodo que le puso uno de sus hermanos. Garrincha encarnó el desorden, la vitalidad, la parranda; Pelé fue un deportista ejemplar y metódico. Garrincha ha sido para muchos el mejor regateador de todos los tiempos, superior a Best o Johnstone, por citar dos ejemplos. Fue un jugador de leyenda, cuya existencia está marcada por la desmesura, las frases inventadas, la vecindad de la miseria y la precocidad. Tuvo doce hermanos, conoció el hambre y a la vez se crió y se formó jugando al fútbol, pescando, cazando y haciendo el amor. Así lo dicen diversos cronistas.
Había sufrido poliomielitis, tenía la columna torcida y una pierna seis centímetros más larga que la otra. Era zambo. Le costó llegar; contó con un informe maravilloso de Djalma Santos que pidió a los responsables de la ‘canarinha’ que lo llamasen porque jamás nadie le había vuelto tan loco como él en un campo de fútbol. El extremo del Botafogo reemplazó en el ataque, en la banda derecha, a Canario, que jugaría en los Magníficos, y maravilló en Suecia.
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Los pupilos de Vicente Feola ganaron en la final 5-2; Pelé lloraba como el niño-adolescente que era en medio de Didí, Vavá, Zagalo, Djalma y Nilton Santos, y Garrincha demostró a todos que era distinto. Recibía, corría la banda, amagaba una y otra vez, desbordaba hacia fuera y realizaba el centro de la muerte a la perfección. Parecía hipnotizar a sus rivales, a los que llamaba siempre Joao. Poseía un gran disparo y un sorprendente cambio de ritmo. Caracoleaba, se detenía y salía disparado. Como un obús. Por eso, y por su candor, lo llamaban «el ángel de los pies torcidos».
Garrincha se casó tres veces. Tuvo catorce hijos. En Suecia se enamoró de la joven Ulf Lindberg y vivieron un romance, del que nacería un hijo, como se sabría muchos años después. Para entonces ya se había casado con Nair. Sin embargo, sería en el Mundial de Chile-1962 donde rindió a su mejor nivel: Pelé se lesionó y fue sustituido por Amarildo, y él jugó a un nivel increíble. Marcó cuatro tantos y ya casi es un lugar común decir que Brasil ganó gracias a él como lo haría Argentina en 1986 merced a la inspiración de Maradona. Garrincha fue elegido mejor jugador del torneo. Se decía que una de las razones de su gran juego, espectacular e incesante, de pura fantasía, fue que se había enamorado de la cantante de samba Elza Soares, que cantó  con Louis Armstrong, y le dedicó sus mejores fintas, sus carreras, la turbadora plasticidad de su rapidez. Garrincha aún jugaría el Mundial de Inglaterra de 1966, pero el equipo cayó en la primera fase. No tardaría en retirarse, víctima de las lesiones.
La gente lo veneraba, lo conocía como «la alegría del pueblo», como reza en su tumba, y recordaba la consigna: «Hay que dársela a Garrincha». Para él sobrevivir al margen del fútbol iba a ser algo durísimo. Sucumbió al alcohol (cerveza y aguardiente) y a otras formas de la miseria, hasta tal punto que murió «pobre, borracho y solo» en 1983, a los 49 años. En mitad de la desesperación, resumió así su condena: «Yo no vivo la vida, la vida vive en mí».
* Este artículo se publicó en Heraldo de Aragón el 25 de junio de 2014.

FÚTBOL ES FÚTBOL: JOHAN CRUYFF

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Johan Cruyff (Ámsterdam, Países Bajos, 25 de Abril de 1947) es un referente en la historia del fútbol. Como jugador conquistó prácticamente todos los trofeos y fue un revolucionario, el líder del “Fútbol total”. Con el Ajax de Ámsterdam ganó tres Copas de Europa y seis ligas holandesas. Fue galardonado en tres ocasiones con el Balón de Oro y en Agosto de 1973 se convirtió en el fichaje más caro de la época. El Barcelona pagó por él 126 millones de pesetas con el objetivo de volver a la senda de la victoria. Llegó a un equipo en depresión y lo relanzó en su primer año. Conquistó la Liga 14 años después y cambió la forma de jugar. [1] Aún así solo logró un título más: una Copa del Rey. Tuvo discrepancias con la directiva y sus técnicos. Y se marchó en 1978. En el Barcelona, a modo de balance, se podría decir (con algo de riesgo) que tuvo tanta gloria como pena. Por mucho que sus ideas renovaran un equipo hundido, el holandés no cosechó los éxitos esperados. Cuajó buenos números pero los resultados no le acompañaron.

Sus victorias más importantes para el Barcelona llegaron desde el banquillo. Formó un equipo histórico, basando el juego en sus ideas de fútbol ofensivo, vistoso y de toque. El Dream Team ganó 4 ligas consecutivas y rompió el maleficio blaugrana en la Copa de Europa. El Barcelona se alzó con la “orejona”en Wembley ante la Sampdoria, con un golazo de Koeman en la prórroga. Y el patrimonio del holandés sigue presente en un club que ha sido fiel a sus ideas.

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Cruyff resumió su ideario futbolístico en sentencias sencillas y obvias que se han convertido en emblemas del juego:

“Si tienes la pelota, no hace falta defender, porque solo hay una pelota”.

“El fútbol es sencillo, pero lo más difícil es jugar al fútbol de manera sencilla”. Y su variante: “La solución que parece más fácil es de hecho la más difícil”.

“En un partido solo hay tres minutos, repartidos en fragmentos durante todo el encuentro, en el que todo se decide”.

“Mis delanteros solo deben correr 15 metros, a no ser que sean estúpidos o estén durmiendo”.

En otras frases utilizó el fútbol como aliado para expresar sus ideas, a veces con mucho ingenio:

“No soy creyente. En España, los 22 jugadores se santiguan antes de salir al campo. Si Dios existiera siempre habría empate”.

Cruyff fue el máximo exponente de un nuevo fútbol: más ofensivo y menos encorsetado, donde primaba la diversión, el buen juego y el espectáculo. Y estos requisitos eran un medio imprescindible para obtener triunfos:

“Demostramos al mundo que puedes divertirte mucho como futbolista, que puedes reír y pasártelo en grande. Yo represento una época que dejó claro que el fútbol bonito es divertido y que, además, con él se conquistan triunfos”.

Cruyff formó parte de una selección inolvidable: La Naranja Mecánica. Una selección dirigida por Rinus Michel y que protagonizó una gran competición en el Mundial de Alemania (1974). Una selección con ideas renovadas, que procedían del Ajax de Rinus Michel y de Cruyff. La orange perdió en la final ante la anfitriona, cuyo líder era Franz Beckenbauer, un jugador que nunca daba un pelotazo pese a que jugaba en un equipo rocoso y físico. Perdió tras adelantarse a los 50 segundos, en un penalti que le hizo Berti Vogts al propio Cruyff y que ejecutó Johan Neeskens.  Holanda era la favorita y la que mejor fútbol practicaba, pero la fuerza alemana pudo con el talento holandés. La derrota no hizo olvidar la brillantez de la selección pero no le otorgó el premio que se merecía.

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Johan, pese a ser un ganador durante toda su carrera, resumió a la perfección la épica de la derrota:

“Si hubiéramos ganado, quizá nadie habría hablado tanto de ese partido, de lo buenos que éramos y de la perfección de nuestro fútbol”, “Las leyendas también pueden alimentarse de una derrota”.  

La derrota tiene siempre un encanto especial y en el fútbol muchas grandes selecciones han pasado a la historia por ser las grandes derrotadas: la Brasil de 1950 que cayó en Maracaná ante Uruguay, la gran Hungría de Puskas en 1956, la Polonia de Lato y Deyna 1974, la Francia de Platini en el 1982, la Alemania del 66 del joven Beckenbauer o la Brasil del Mundial de España de Zico y Sócrates (1982). Los derrotados generan simpatía y son recordados con orgullo, aunque eso casi nunca les sirva de consuelo. Ellos, al fin y al cabo, lo que quieren es la victoria. Aunque Cruyff pretenda disimularlo con su sentencia.

Cruyff pasó a la historia como un futbolista diferente, de talento irrepetible y cambio de ritmo mortal. Pero también mostró un carácter peculiar y rebelde. Lleno de provocación y excentricidades.

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En el Ajax sufrió una lesión y a su regreso, en Octubre de 1970, el número 9 estaba ocupado por Gerry Mühren. A Cruyff no le importó, empleó el 14 y firmó una brillante actuación. La prensa holandesa se alegró de su regreso a la vez que bromeó acerca del dorsal empleado. Johan convirtió entonces el 14 en su dorsal favorito[2]. Más tarde, la directiva del Ajax negoció su traspaso al Real Madrid a sus espaldas. El holandés ganó la Copa de Europa y se marchó del Ajax, dolido con la directiva. Cruyff firmó entonces, en una clara provocación, por el máximo rival blanco: el Barcelona. En España mostró sus discrepancias con el régimen franquista y tuvo problemas con su entrenador Hennes Weisweiler y la directiva blaugrana. Problemas que anticiparon su salida del club catalán. Más tarde se peleó con la federación holandesa y no acudió al mundial de Argentina, en el que Holanda volvió a perder en la final, otra vez ante la anfitriona. Se rumoreaba que su mujer le había prohibido ir al Mundial por el contexto político que rodeaba a la cita, con la dictadura de Videla enquistada en el poder, y por las continuas fiestas que hacían los holandeses. Años más tarde, cuando su carrera como futbolista se acababa, se enfrentó a la directiva del Ajax y firmó a modo de venganza por su máximo rival: el Feyenoord. En su última temporada jugó a gran nivel y le robó la Liga al equipo de su vida.

Como técnico del Barcelona tuvo enfrentamientos con la prensa y con jugadores. Maltrató a un genial futbolista como Laudrup y el danés le ganó la liga al año siguiente con el Madrid. Y la derrota por 4-0 ante Milán en la final de Atenas (en la que Laudrup fue suplente) puso fin al ciclo del Dream Team. El Barcelona se había fatigado en una dura batalla por la liga, la segunda de Tenerife, y había llegado justo a la final. Cruyff se escudó en ello pero en la rueda de prensa anterior al encuentro había dejado claro que eran los favoritos, en un alarde innecesario que enrabietó al Milán.

Su salida del Barcelona también fue polémica. A falta de dos jornadas, la prensa filtró el acuerdo al que había llegado el club blaugrana con Sir Bobby Robson. Cruyff explotó ante la cúpula culé y el vicepresidente Joan Gaspar, que sería el encargado de cesar al técnico holandés.

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Pese a su carácter particular y sus provocaciones Cruyff dejó huella en el fútbol y en Barcelona. La fortuna estuvo de su lado en las ligas del Dream Team aunque le esquivó con su selección. El holandés, un romántico del buen fútbol, estableció la base para un proyecto que ha dado más títulos que ningún otro, con su filosofía futbolística como bandera. Fue un torbellino que transformó cada equipo en el que jugó. Y dejó un legado que alimenta el fútbol actual. Los éxitos de Guardiola, de Rikjaard y de la selección española heredan las ideas de Cruyff, de su Ajax y de la Naranja Mecánica. De un jugador que lo ganó casi todo y una selección que cambió el fútbol desde la derrota.

Por Jorge Rodríguez Gascón.


[1] El Barcelona solía formar así: Mora; Rifé, Torres, De la Cruz; Costas, Juan Carlos; Reixach, Asensi, Cruyff, Sotil y Marcial.

[2] En aquel momento, los dorsales por encima del 11 se reservaban a los suplentes.

(*) Algunas de las citas de Cruyff han sido extraídas del libro de Miguel Gutiérrez, Frases de Fútbol, Del libro de Sergi Pàmies, Me gusta el fútbol y del blog argentino La pelota no dobla.