La sonrisa de Griezmann

griezmann francia

Antoine Griezmann es de esos futbolistas que tienen algo especial. Técnico, hábil y veloz, su zurda es una promesa de felicidad. Quizá esa es una de las grandes virtudes del 7 de Francia: Griezmann disfruta con el fútbol. No hay mejor ejemplo que su festejo del gol: el zurdo ensaya un baile poco convencional. Alza los brazos, sonríe y mueve los dedos en un gesto que recuerda a Ronaldinho.[1] Hay muchas diferencias entre él y Cristiano Ronaldo, la estrella rival, que se manifiestan también en el ritual de sus celebraciones. Cristiano salta y muestra la espalda, abre los brazos y grita. Su alarido es a medias una liberación y a medias un ejercicio intimidatorio. Las celebraciones de Ronaldo son una explosión de rabia contenida. En las de Griezmann solo hay sonrisas.

El Principito se ha revelado como el hombre del torneo. Después de una magnífica temporada en el Atlético de Madrid se esperaba que liderara a la anfitriona. Tras el partido inicial, en el que Griezmann fue señalado injustamente por la crítica, Deschamps cometió una imprudencia. Decidió situar a Griezmann y a Pogba, los futbolistas de mayor talento de su selección, en el banquillo. La respuesta del 7 fue inmediata. Salió con el partido igualado y marcó el gol de la victoria en el descuento. Desde entonces, Deschamps tiene una cosa clara: Griezmann y Pogba, que comparten habitación y un concepto sofisticado del juego, son absolutamente imprescindibles.

En los octavos de final ante Irlanda, Francia vivió al borde del precipicio. Se adelantó el llegador Brady y Francia sufrió para darle la vuelta al marcador. Griezmann fue la solución a la emergencia y la agonía. En la jugada previa a su primer tanto, algunos silbidos de la afición cuestionaban la actuación del 7. Pocos segundos después, el menudo delantero se elevó por encima de todos e igualó el partido. Minutos más tarde, recibió una gran asistencia de Giroud y marcó el gol de la victoria. Fue la gran tarde de Griezmann y el preludio de su consagración.

El partido contra Islandia fue una fiesta colectiva para los franceses. Derrotaron sin compasión a la selección más humilde del torneo. Griezmann marcó el cuarto tanto de vaselina, en un gesto técnico que resume algunas cualidades del francés: su delicadeza, su picardía y su plasticidad; también su velocidad en carrera y en la ejecución del disparo. Aquel partido reveló que Francia era una de las candidatas y la semifinal ante Alemania encumbró a Griezmann.

Francia vivía el peor momento del campeonato, agobiada por el fútbol vistoso de los alemanes. Antes del descanso era casi un milagro que la selección de Deschamps no hubiese encajado un gol. Griezmann mostró el camino a la final en un par de conducciones. El extremo tenía la libertad y la inspiración que se reserva a los elegidos. Schweinsteiger cometió una imprudencia y Griezmann, que falló recientemente un penalti en la final de Champions, lanzó desde los once metros. Cargado de responsabilidad y de malos recuerdos, ejecutó un disparo impecable ante el gigante Neuer. En el segundo tiempo, Alemania buscaba el empate con más insistencia que brillo. Había perdido la frescura del inicio, producto de la superioridad física de los mediocampistas franceses. Pogba, un gigante de seda, desbordó por el costado. Neuer despejó con apuros y el balón quedó muerto en el área. Allí apareció Griezmann, listo e intuitivo. La estrella francesa fue lo suficientemente rápido para que ningún alemán pudiera toparse con su remate. El resultado era inevitable: gol y baile de Griezmann.

La final de esta noche le enfrenta a la Portugal de Cristiano Ronaldo. No puede haber más diferencias entre dos estrellas que llevan el mismo dorsal. Cristiano tiene porte de atleta, es un depredador del área y parece un líder irascible y caprichoso. Griezmann es un espadachín o un mosquetero, uno de esos zurdos que cambian el partido desde la sutileza. Mejora el juego colectivo y parece comprensivo con los errores de sus compañeros. Griezmann mantiene la inocencia y la valentía de la juventud y espera vengar su derrota en la final de la Champions, ante el Madrid de Cristiano Ronaldo. Una de sus grandes ilusiones es vencer con su selección: “Siempre soñé con ser como los campeones del 98”, ha dicho en alguna ocasión. En el fondo es el deseo de todo un país, acostumbrado además a vencer en su terreno. Esta vez no juegan ni Zidane ni Platini, sino uno de esos extremos que saben vestirse de 10. Se trata de un mago dulce y sonriente: Antoine Griezmann.

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[1] En realidad, es un acuerdo que revela su complicidad con Koke, compañero en el Atlético de Madrid, con el que celebra los goles. Se trata de la imitación de un conocido baile del rapero Drake.

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