Juanfran, el valor esencial de los modestos

Antón Castro / La química del gol

El lateral, que antes había sido extremo, es un ejemplo de adaptación y de integración en el bloque de Del Bosque

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En un buen equipo no solo son importantes las figuras. Un conjunto sólido empieza por sus hombres modestos. Jorge Valdano, que tanto bien le ha hecho al fútbol con su visión teórica y sus nomenclaturas, se aplicó a sí mismo un término más que interesante: ante la grandeza de Maradona o la de Burruchaga, bastante menor que la del Pelusa, él se sentía “un jugador complementario”. Un bloque empieza a armarse en los futbolistas inadvertidos, casi sin fama, que hacen bien su trabajo y que se vuelven tan necesarios como las piezas invisibles de un mecanismo de relojería.

En España, el jugador humilde por excelencia, más que Jordi Alba, Nolito o Pedro, es sin duda Juanfran Torres. Un futbolista alicantino que se inició en el Real Madrid, que jugó en el Español y Osasuna y que se ha hecho imprescindible en el Atlético de Simeone. Él, con el capitán Gabi, encarna el entusiasmo, la pasión por el juego, el coraje y el afán de vencer. Pertenece a ese grupo de extremos que acabaron retrasando su posición: como Rifé, como Lasa (aquel lateral del Real Zaragoza, del Granada y del Bilbao) o Salgado, pongamos por caso. Hay un instante en que el equipo tiene un apuro y realiza una prueba inesperada: fue Gregorio Manzano quien le retrasó de posición y fue Simeone quien le dijo que ahí iba a ser determinante. Dicho y hecho.

Juanfran Torres veía jugar a Dani Alves o a Lahm, quizá hubiera visto antes a Cafú, y se dio cuenta de lo importante que es su demarcación en el equipo y de las posibilidades que tiene un lateral o carrilero. Llega al fondo muchas veces, ayuda en el ataque, se desdobla y, además, debe saber retroceder. Juanfran es un perfeccionista y un profesional como la copa de un pino: desde los primeros días demostró que sabía marcar encima, que no concedería metros a sus adversarios y que iba a ser un auténtico hueso; Cristiano Ronaldo en más de una ocasión se encontró con su pundonor, con su compromiso, con su velocidad y con su sentido de la colocación; al atleta de Madeira si hay alguien a quien le cuesta el cielo y el infierno rebasar, el primero en la lista es Juanfran Torres.

Dicen de él que es puro optimismo. Ilusión. Brega. Cree en sí mismo: lo demostró ante el PSV, marcando su penalti e incluso cuando lo falló ante el Real Madrid, en la final de la Champions. Quizá se sintiese un poco intimidado por Keylor Navas y golpeó con imprecisión. Si hubiese marcado, el Atlético habría podido competir un poco más, pero a lo mejor hubiera cedido igualmente. Juanfran mandó una carta a los aficionados, lo cual demuestra su bonhomía, su angustia y su respeto. Y confesó que aquel fue “uno de los días más tristes de mi vida”. El gesto le honra: el fútbol es algo más que dinero, turbiedades de agentes o relatos de amaños y apuestas. El fútbol también revela el tamaño del corazón.

Juanfran debutó con la selección en mayo de 2012 ante Serbia. Estuvo convocado en la Eurocopa de Polonia y Ucrania-2012, en la que ganó nuestra selección, pero no jugó. También estuvo en el Mundial de Brasil-2014; en aquella desdichada competición jugó ante Australia, y la Roja venció 3-0. Ahora está en Francia y es el motivador, el hombre jovial que anima a todos. Representa la furia y el convencimiento. Es consciente de que España dispone de una gran oportunidad y que tampoco a él le quedan muchas ocasiones. Tiene 30 años y está en plena madurez: física, mental, y se ha fortalecido en sabiduría y experiencia. Se ha ganado su sitio y el cariño de sus compañeros y del míster. Es impetuoso, inteligente, constante, se asocia como pocos, y es un futbolista de equipo que conoce a las mil maravillas qué se le pide a un lateral moderno: defender, ayudar en las transiciones, colaborar en el despliegue con David Silva y ajustar el centro. Y ahí está: lo hace. Lo ansía, se desvive por lograrlo. Da gusto verlo jugar. Puede resultar deslavazado, pero cuando se le contempla con atención y se repasan sus 90 minutos queda una cosa muy clara: lo hace casi todo bien. O, mejor aún, lo hace muy bien con la dignidad de la clase obrera.

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* Este artículo se publicó en Heraldo de Aragón, el viernes 17 de junio de 2016.

Foto: El País.

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