Arconada

Antón Castro / La química del gol

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Hace ahora 32 años, en la Eurocopa de Francia- 1984, España estuvo a punto de reeditar su gran triunfo ante Rusia en 1964, cuando Marcelino estiró el cuello y paralizó a Yashin. Los galos poseían un equipo formidable y la mejor media de la tierra con Giresse, Tigana y Platini, fantasía, magia y clase, y con el gladiador Luis Fernández, de Tarifa.

España se sostuvo con más pundonor que fútbol, pero tuvo momentos épicos: el gol de Maceda ante Alemania cuando moría el partido, la suerte en los penaltis ante Dinamarca y la memorable actuación, tarde tras tarde, de Luis Arconada, el arquero que volaba impulsado por la fuerza y la elasticidad de sus piernas. Sin embargo, en la final le sucedió una de esas pifias que afean una trayectoria. Francia se las veía y se las deseaba con la España de Víctor, Señor y Salva (los nuestros), pero dispuso de una falta. La lanzó Platini, débil e indigna de su fama, y Arconada la atrapó, pero la escupió en su marco en un gesto insólito de puro infortunio. Ahí empezó la derrota española, que redondeó Bellone. El portero más soberbio casi siempre tiene un desliz. Y eso también explica su soledad mas radical, no solo en un choque, sino en la senda de la inmortalidad.

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(*) Este artículo se publicó en Heraldo de Aragón, el sábado 11 de junio de 2016.

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Foto: ABC.

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