VILLA O LOS HÁBITOS DEL ARTILLERO

ANTÓN CASTRO // REGATE EN EL AIRE /
En las páginas de Heraldo del 16 de Marzo de 2004, Félix Romeo Pescador (Zaragoza, 1968-Madrid, 2011) decía que «no me recuerdo sin ser zaragocista» y que «el Zaragoza es una máquina de alegría». Aquellos eran días felices: Félix estaba vivo y el Zaragoza era grande. Debajo, un joven David Villa se mostraba entusiasmado ante su primera final: los blanquillos se iban a enfrentar, en el estadio de Montjuic, a un Real Madrid repleto de luminarias y galácticos. Villa, con cara de niño, comentaba que Quini le había explicado la técnica del uno contra uno –«Lo importante es aguardar, no dudar y disparar. Esa siempre es una jugada soñada», le dijo–, confesaba que sus ídolos habían sido Luis Enrique y Juanele, y decía que había oído hablar de la clase, del remate y la elegancia del interior de los Magníficos Juan Manuel Villa.
Al día siguiente, el Real Zaragoza lograba una victoria inesperada, 2-3. Villa marcó el segundo gol. Luego, ante el Valencia, conquistarían la Supercopa. Estuvo aquí dos temporadas espléndidas, marcó 32 tantos, debutó en la absoluta en febrero de 2005, y ese mismo verano fue traspasado al Valencia. Iba a ser su goleador por excelencia, un futbolista menudo y vivaz, de gran movilidad, que ha logrado 59 goles y un título muy especial: el del máximo artillero de la selección de todos los tiempos. Más que Raúl, que Di Stéfano, que Zarra, Butragueño, Hierro o tantos y tantos nombres.
David Villa jugó cinco campañas en el Valencia. Logró algunos títulos, otra Copa del Rey, por ejemplo, y allí fue casi siempre su máxima estrella. Probó que era capaz de marcar desde todas las posiciones: de falta, de penalti, tras un buen desborde, de cabeza, por pura astucia y por su sentido del desmarque. Y no solo eso: David Villa, bregador con clase, vivaz siempre, ambicioso en los últimos metros, tenía (tiene) la facultad de marcar goles increíbles. Lo hizo en el equipo ché –donde, con 107 dianas, rivaliza con Mundo, Waldo, Kempes y Fernando–, en el Barcelona, donde no brilló a esa altura pero goleó cuando el equipo lo necesitaba, aunque siempre era el primer cambio de Guardiola; lo hizo en el Atlético de Madrid, con el que ha vuelto a proclamarse campeón de Liga, y lo ha hecho en la selección española con opulencia y variedad.
David Villa ha jugado tres mundiales. Y ha sido determinante en los éxitos de la selección de Luis Aragonés y de Vicente del Bosque. Siempre ha estado ahí con su gatillo preparado, olisqueando las oportunidades, presto a ser decisivo. Como lo fue, por recordar un ejemplo, ante la correosa selección de Chile de Sudáfrica 2010. Desatascó la
ruta del triunfo con una de sus parábolas impecables e imposibles.
El de ayer será casi con toda seguridad su último choque internacional: en una tarde maravillosa de Andrés Iniesta (que jugó con la clarividencia y la precisión de Xavi: de brújula de orientación, de capitán del pase), él marcó el primer gol. Un gol de clase, de sabiduría futbolística, un taconazo de sutilidad que no resultó insólito para nadie. Villa ha sido grande, talentoso, inspirado, con fantasía y eficacia, con ingenio y decisión. El joven que empezó en el Zaragoza decía: «Estoy atento, soy rápido, peleo. No sueño despierto. ¿El regate? Aquel que me sirva para superar al defensa».
Cuando ayer Del Bosque le retiró del campo, antes del minuto 60, el Guaje rompió a llorar. Le dolió que no respetasen su última tarde, sus galones de artillero, su clase recobrada; le dolieron la eliminación de España, el infortunio, su propio adiós. Recordó, de golpe, sus días de gloria, los goles y los minutos de una vida de pasión por La Roja y por el juego. Villa nunca dejó de ser un niño asombrado por el balón.
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