EL VALENCIA VENCE A UN BARÇA APÁTICO

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La derrota del Barcelona ante el Valencia dejó un clima de cierta preocupación del entorno culé. La liga está en un pañuelo y cualquier tropiezo puede ser decisivo. El Atlético se alzó como líder en solitario y el Madrid alcanzó al Barça en la segunda posición. Los blaugranas esperan que la sombra de la derrota no sea muy alargada y su afición no quiere volver a ver los fantasmas del pasado. La pitada quizá fuera injusta para un equipo que ha perdido tan pocos puntos en lo que lleva de liga. Pero en el fútbol solo prima la actualidad. El partido a partido que se está imponiendo en la competición tiene mucho de tópico pero algo de cierto. Las victorias pasadas sirven de poco y solo se aprecia el partido más reciente.
Todo esto puede condicionar al Tata Martino como entrenador del Barcelona y eso es lo que debió de pensar el argentino hace unos días, cuando el Camp Nou dedicó una sonora pitada a su equipo. Lo cierto es que el conjunto blaugrana pecó de falta de ambición. Y su juego, aproximadamente desde el minuto 40 de la primera parte, dejó mucho que desear. En el seno barcelonista, no se ha hecho caso de las señales de mal juego que se han dejado ver en momentos puntuales de la temporada. Pero, probablemente, la parroquia catalana no silbaba solo por eso. La gente del Barça sabe que en el Camp Nou no se pita por perder, sino por cómo se pierde.
Pongámonos en antecedentes. El Barça se encontró pronto con el primer gol, en un centro de Messi que remató Alexis en semifallo. La fortuna quiso que el balón se elevara de un modo circense por encima de Diego Alves, un gato con mechas. El curso del encuentro parecía de lo más tranquilo para el Barça. Cuajó 20 minutos en los que mostró sus virtudes: presión rápida arriba, recuperación fácil de balón y despliegue de los extremos.
Las ocasiones llegaban con cierta continuidad, el campo estaba húmedo y rápido, como les gusta a los barcelonistas, y sólo un par de estiradas del portero brasileño impedían que la ventaja blaugrana aumentara. En el Camp Nou, cuando se gana uno cero y se fallan un par de ocasiones claras, esta vez en respectivas arrancadas de Messi y remates de Alexis, se origina un tímido murmullo. La parroquia blaugrana ha visto muchos partidos que se han escapado por no cerrar el marcador cuando se tiene la oportunidad. A la memoria de muchos barcelonistas viene el gol de Tamudo que le privó de la liga al entonces equipo de Frank Rikjaard. El equipo del Tata parecía ser consciente de que con paciencia el gol de la tranquilidad llegaría.
Sin embargo, no fue así y el Barça mostró los mismos errores de toda la temporada. Llegada la mitad de la primera parte, el Barça empezó a tardar más en la recuperación. El Valencia encontró un filón por la banda derecha y Feghouli parecía dispuesto a retar a Jordi Alba a un vals vertiginoso. El Valencia aprovechó también la rapidez del campo y le duraban cada vez más las posesiones. Messi, que al principio, parecía destinado a marcar las diferencias, fue retrasando cada vez más su posición.
Señal inequívoca de que algo iba mal. Messi es letal pasados los tres cuartos de campo, pero si se retrasa, pierde capacidad para decidir los encuentros. Que Messi reciba el balón tan lejos del peligro es un lujo que ningún equipo debería permitirse. Lo puede hacer, porque el argentino es el mejor asistiendo, pasando e incluso organizando; pero es más peligroso cerca de las áreas. Para hacer todo ello y para marcar.
El Valencia se desplegó por los costados y apretó a un Barça que vio como su arreón inicial iba siendo sofocado. Xavi perdió peso en el partido, Cesc andaba desaparecido, Busquets se despistó en la salida de balón y Pedro y Alexis no conectaban con Messi a la hora de desequilibrar. El equipo se partía con facilidad y tenía que preocuparse de recuperar, en lugar de decidir cómo administrar las posesiones.
Y en un error de Busquets en la entrega, Parejo recuperó y cedió a un descarado Feghouli que una vez llegado a línea de fondo cedió atrás. Parejo, astuto y en mejor forma que nunca, siguió la jugada y batió con autoridad a Valdés. El meta blaugrana miró a un Jordi Alba afectado que había perdido la posición ante la acometida del francés. El gol del Camp Nou fue acogido con frialdad, la grada clamó con el mismo silencio que en el homenaje dedicado a Luis Aragonés.
Es curioso el caso de Feghouli, al que el público de Mestalla silba con regularidad. No es de extrañar, por tanto, que el francés rinda mucho más alejado de la capital del Turia. Y el otro día fue junto con Piatti el hombre más importante de los valencianistas. Hay que reconocer que Pizzi ha sabido reconstruir el ánimo de un jugador que andaba alicaído.
El partido llegó al descanso. Pero la reanudación albergó a un Barça igual de somnoliento que al final del primer envite.  El Valencia siguió poniendo en jaque a la defensa, especialmente en un error en la salida de Valdés y en la marca de Dani Alves. Piatti, el más pequeño de la liga, se elevó por encima de todos para hacer un gol que puso patas arriba la competición. El Camp Nou reaccionó y animó a su equipo. Dos minutos más tarde, el Barça, impulsado por Messi, empató el partido.
El argentino tenía ante sí la oportunidad de empatar el partido y acabar con su racha de 4 meses sin anotar en liga. El árbitro además, le había regalado el penalti.
Messi se frotó el pelo y se mostró impasible cuando Diego Alves se acercaba para intimidarle. El argentino lo ajustó a la escuadra y el portero ché no llegó. La grada respiró aliviada, aunque el espejismo duró poco.
La defensa del Barça mostró una fragilidad evidente, que hizo recordar a los partidos del Ajax y del Athletic de Bilbao; parecía un púgil herido, que poco tardó en desfondarse, dócil a la hora de besar la lona. El Valencia volvió a aparecer en la jugada siguiente ante un Barça despistado. Parejo jugó un partido espléndido. Feghouli fue un puñal por los costados y esta vez apareció Alcácer, que había pasado de perseguir sombras, en la primera parte, a ser la sombra perseguida. El centro del francés lo remató a gol el valenciano y la grada volvió a enmudecer.
Un halo de pesimismo cubrió el Camp Nou. El Barça tenía que volver a remar a contracorriente, pero no poseía ni los medios ni la actitud para hacerlo. Estaba aturdido y lento, muy lento en la circulación. Perdió varios balones en el centro que mostraron las debilidades de una zaga remolona a la hora de recular. El Valencia se replegaba con maestría y tenía armas para volver a herir a la retaguardia culé.
Messi, que seguía actuando veinte metros más atrás de lo que debiera, perdió un par de balones peligrosos en el centro. Las ocasiones no llegaban de forma fluida en ninguna de las áreas. El Barça volvió a evidenciar ciertas carencias en la circulación, su rival escupía los centros de los extremos culés con solvencia y sus contras inquietaban a la grada culé.
La salida al campo de Iniesta se tradujo con mayor velocidad en la circulación, y aunque solo él y Messi parecían capaces de desestabilizar la compleja muralla defensiva del Valencia. Solo una preciosa combinación entre Messi, Alves e Iniesta, al primer toque, levantó la expectación generalizada de los culés. Fue una doble pared en menos de dos segundos. Messi aceleró tras la dejada de tacón de Iniesta y nadie pudo seguirle, dribló a su último adversario pero su remate con la derecha fue repelido por Diego Alves. La parada con el pie del portero brasileño recordó a la de Casillas ante Robben en la final del Mundial. No hubo tiempo para más y se consumó la derrota blaugrana.
El partido tuvo dos fases. En la primera, el Barça demostró las virtudes que ha exhibido este año. Ha perdido en velocidad de circulación, en control de los partidos y en tiempo de posesión. Pero ha ganado en efectividad, velocidad en los extremos y en la aparición de los teóricos secundarios. Actores de reparto que están cada vez más acostumbrados a los primeros planos.
Sin embargo, tras el primer gol valencianista, se reabrieron viejas heridas en la plantilla blaugrana. Pierden la posición con facilidad, exponen una fragilidad defensiva impropia de un equipo que opta a todo y parece faltar un mediocampista; se echa de menos cada vez más a Thiago Alcántara. O eso o el Tata empieza a dar más protagonismo a la figura de Iniesta, en posible detrimento de Cesc Fábregas; pero es necesario que el técnico ha ga coincidir más a menudo a Xavi y Andrés.
Entre otras cosas, porque si Messi ha de hacer de Iniesta y Xavi, no siempre puede hacer también de Messi.

La grada del Camp Nou suele silbar más por las formas que por el contenido. Y la afición, probablemente injusta, es soberana, sobre su opinión no hay discusión posible. No sólo importa que se gane sino cómo se gane. Pero al menos hay que hacer una de las dos cosas.

Por Jorge Rodríguez Gascón.

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